Sunday, May 31, 2009


La plaza de toros y la Torre de los Ingleses
Los hispanoamericanos en general tienen a mi modo de ver dos grandes defectos, dos defectos que yo como español comprendo muy bien, pues son defectos muy españoles, y esos defectos son el atribuir los males de la patria a un poderoso enemigo extranjero y el de interrogarse continua o esporádicamente sobre la propia identidad. Ese poderoso enemigo exterior es el anglosajón, encarnado unas veces en la Gran Bretaña y otras en los Estados Unidos. Lo que los anglosajones han hecho es aprovecharse de esos defectos y sacar de ellos el mejor partido posible. Ahí están Gibraltar, las Malvinas y Guantánamo como botones de muestra. Yo no he oído nunca a ningún norteamericano dudar de su identidad, y en cuanto a los británicos, nadie los va a convencer de que se sientan europeos. Incluso los ingleses que se instalan en el Continente procuran seguir viviendo a la inglesa. Eso lo hemos visto en España en zonas mineras como Riotinto y otros puntos de la provincia de Huelva, por no hablar de enclaves gaditanos tan distintos como Gibraltar o Jerez de la Frontera. La compleja relación del hispano con el británico se puede resumir en aquel verso que Quintana le dispara a Nelson: Inglés te aborrecí, héroe te admiro. La presencia inglesa en Jerez, propiciada por los caballos y los vinos, es proverbial, y su caso más extremo es el de Las niñas del Altillo, las seven naughty nuns de las que sólo queda una y sobre las que lo sabemos todo gracias a la buena pluma de su sobrina Begoña García González-Gordon. Esas siete doncellas, de las que sólo una contrajo matrimonio, se pasaron la vida recluidas en una finca situada entonces a las afueras de Jerez donde tanto la casa como el jardín parecían haber volado desde Inglaterra como la Casa de la Virgen de Efeso a Loreto.
Otra ciudad que ha atraído al inglés tanto como Jerez ha sido Buenos Aires, en la que durante muchos años fue emblemático el Jockey Club, creado por Carlos Pellegrini a quien llamaban El Gringo, por ser hijo de padre francés y madre inglesa. Al Jockey Club debe la Argentina la mejora de la cría caballar y el fomento de los deportes relacionados con ella, pero es que además de sus hipódromos de Palermo y San Isidro, el Jockey Club era uno de los enclaves de la Belle Epoque en Buenos Aires, en cuyos muros colgaban cuadros de Van Loo, Goya, Monet, Sorolla, Anglada Camarasa, Fantin-Latour, etc. y cuya selecta biblioteca se enriqueció con, entre otras, la de don Emilio Castelar. En su Bibioteca hablaron los mejores oradores de la época, desde el conde Keyserling hasta Pemán, pasando por Américo Castro, Ramiro de Maeztu, Lugones, Sánchez Albornoz, Maritain, Pirandello, Capdevila y, única mujer, Victoria Ocampo. Argentina era entonces una de las naciones más ricas del mundo y el Jockey Club su salón de recepciones por el que desfilarían Teddy Roosevelt, Clemenceau, Marconi, el Príncipe de Gales, la Infanta Isabel La Chata, Santos Dumont, etc. Símbolo de la “Oligarquía”, la suntuosa sede del Jockey Club en Florida, entre Lavalle y Tucumán, fue asaltada e incendiada por los “descamisados” y “cabecitas negras” en 1953.
También fue asaltada la Torre de los Ingleses, en el barrio del Retiro, junto al puerto, pero cuando la guerra de las Malvinas. La Torre de los Ingleses fue erigida por los residentes británicos en 1910, con motivo del primer centenario de la Independencia, y es que la Argentina siempre tuvo un gran atractivo para los ingleses, empeñados en instalarse en ella por las buenas o por las malas. En los tiempos en que Cunninghame Graham recorría la Pampa, existían enclaves de lo que llamaban gentleshepherds o sea “caballeros ovejeros”. Tres años antes de la Independencia argentina y uno antes de la invasión napoleónica de la metrópoli, los ingleses trataron de apoderarse de Buenos Aires y, curiosamente, las tropas españolas al mando del francés don Santiago Liniers se hicieron fuertes en la nueva plaza de toros de perímetro octogonal levantada en los terrenos que luego ocuparía la plaza del Libertador San Martín. Esa derrota inglesa frente a una plaza de toros no deja de tener su gracia, y acaso fue por borrar el recuerdo de la gesta por lo que, al invertirse las alianzas y ser abolido el Virreinato, el coso fue demolido por las nuevas autoridades, que además abolieron las corridas de toros. La guinda la pusieron los ingleses casi un siglo después al levantar allí su Torre. No fue mal desquite.

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Friday, May 29, 2009

La diestra y la siniestra

Véase interesante artículo de Marcos Aguinis, premio Planeta 1969, en La Nación de Buenos Aires

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Thursday, May 28, 2009

Sudamérica taurina


Colonia del Sacramento y la fiesta brava
En Colonia del Sacramento perdura, algo maltrecha, la única plaza de toros del Cono Sur, una plaza relativamente moderna, erigida a comienzos del siglo XX y en la que actuaron Ricardo Torres Bombita y su hermano Manolo, Bombita III. Esta plaza, de estructura metálica traída de Filadelfia o de Inglaterra, revestida de ladrillo según la moda mudéjar de los cosos finiseculares, formó parte, con el gran Frontón y el Casino, del conjunto recreativo concebido por el naviero argentino de origen dálmata Nicolás Mihanovich en los terrenos del Real de San Carlos. El Real de San Carlos se llamó así desde 1761 en que plantaron allá sus reales las tropas enviadas por el Virrey desde Buenos Aires para poner sitio a Colonia do Sacramento, fundada por los portugueses a finales del XVII. Fue su fundador el maestre de campo Manuel Lobo en 1680, pero a las pocas semanas el gobernador del Río de la Plata, José de Garro, expulsaba a los portugueses. Tres años después, la Colonia era devuelta a los portugueses hasta que en la Guerra de Sucesión corrió una suerte parecida a la de Gibraltar, plaza por cierto de la que Garro también había sido gobernador antes de pasar a Indias. Colonia cambió de manos varias veces a lo largo del siglo, hasta que el Tratado de San Ildefonso la adjudica definitivamente al Virreinato del Río de la Plata.
Decía Jesús Suevos que Inglaterra había logrado establecer en el Continente europeo tres cabezas de puente frente a las grandes potencias continentales, a saber, Holanda frente a Alemania, Portugal frente a España y Bélgica frente a Francia. Por el Tratado de Utrecht la Pérfida Albión no sólo se adueñaba de Gibraltar sino, por vasallo interpuesto, de Colonia del Sacramento. Colonia vino a desempeñar en Ultramar el mismo papel que Gibraltar desempeñaría en el estrecho: el de base de hostigamiento al Imperio español mediante el contrabando. Para hacer frente a esa amenaza, Felipe V mandó construir y fortificar la plaza de San Felipe y Santiago de Montevideo, cuyos primeros pobladores llegarían de Buenos Aires y de las Islas Canarias. Montevideo nació, pues, de Colonia, y puede decirse que también en Colonia estuvo el origen de la independencia de Uruguay. La pugna hispano-lusa con el trasfondo del contrabando continuó en el XIX entre Argentina y Brasil, complicándose además con el rosario de guerras civiles que siguió a la emancipación de la metrópolis, y la que volvió a sacar tajada fue una vez más la Gran Bretaña, que creó un país tampón entre argentinos y brasileños.
Colonia tiene una parte moderna de traza dieciochesca común a casi toda Hispanoamérica y una parte antigua, portuguesa, con una fortaleza rodeada de calles empedradas que resbalan hacia el barroso estuario. La cuidadosa restauración y la exuberante vegetación atraen continuamente visitantes, en su mayoría desde la gran ciudad más próxima, que es Buenos Aires, a unos 50 Kms. a la otra orilla de la inmensa ría. En el Real de San Carlos está la capilla del franciscano negro San Benito de Palermo, edificada por Pedro de Cevallos en 1761, durante el cuarto asedio a que fue sometida la Colonia portuguesa. Otros edificios son los que en torno a 1908 y 1909 erigió el empresario Mihanovich, todos en diversos estados de decadencia, y de los que vale la pena destacar la plaza de toros. La fiesta brava, abolida en la Argentina, se mantuvo en Uruguay hasta 1888, año en que la muerte por asta de toro de Punteret propició la promulgación de una ley que prohibía las corridas de toros con efecto a partir de 1890. Esa prohibición discurriría con lagunas, ya que los aficionados recurrirían a diversas artimañas para burlarla, incluso bajo la férula del formidable Batlle Ordóñez, uno de los enemigos más encarnizados de “la sangre de los toros y el humo de los altares”. De los toreros importantes que trabajaron en Montevideo antes de la primera prohibición, cabe destacar a Fernando El Gallo y a don Luis Mazzantini, procedente justamente de Montevideo cuando en marzo o abril de 1884 tomó la alternativa en la Maestranza sevillana de manos de Frascuelo.
La importancia de la plaza de Montevideo estribaba en que era ya la única que quedaba al sur del Trópico de Capricornio y, sobre todo, al alcance de Buenos Aires, donde la plaza de toros poligonal del Retiro había sido demolida en 1819.
Justamente en la afición argentina debió de pensar Mihanovich cuando tuvo la ocurrencia de levantar un coso en la orilla uruguaya del Río de la Plata, si es que no tuvo en cuenta la seducción de lo prohibido, puesto que a la vez construyó un Casino de juego y un Frontón en el que se cruzaban apuestas. El juego por cierto sigue estando prohibido en la ciudad de Buenos Aires, pero no en su provincia, así que al ludópata porteño le basta con cruzar el Riachuelo para ser feliz. Si se tiene en cuenta la cantidad de gallegos que viven en Buenos Aires, cabe suponer que en una posible corrida en Colonia del Sacramento, aunque sea a la portuguesa, no iban a faltar espectadores y el Buquebús iba a tener que habilitar transbordadores suplementarios. Si Nueva York es la ciudad el mundo con más gente que habla español, ¿por qué no habría de ser Buenos Aires la ciudad más taurina del planeta? Aunque el aficionado, a diferencia del ludópata, tenga que cruzar una vía de agua algo más ancha que el Riachuelo.

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Thursday, May 21, 2009

Un poeta cristero


Pertenece este poema al libro de versos titulado Si resistimos, uno de los dos poemarios distinguidos con accesit al Premio Adonais 2008, que mañana viernes 22 de mayo, a las 8 de la tarde, presentará el poeta José Julio Cabanillas en la sede de la Fundación de Cultura Andaluza, c./Salmedina, 3. Sevilla. Es su autor Alfredo Félix-Díaz, nacido en 1974 en la Ciudad de México.


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Tuesday, May 19, 2009


Una vida entre cristales
Cuando murió Lasso de la Vega estaba yo en Madrid, y en la necrología urgente que redacté para Insula venía a decir que “el marqués de Villanova murió como vivió, en un fanal de vidrio”. Lasso de la Vega sufrió un infarto cuando franqueaba la puerta de cristales giratoria del antiguo Ateneo sevillano de la que, como le contaba Romero Murube por carta a José Luis Cano, “costó Dios y ayuda sacarlo”. En realidad, más que en un fanal de vidrio, en lo que Lasso había vivido era en una galería de espejos, y así tituló uno de los libros suyos más pregonados y misteriosos, tan misterioso que incluso se dudaba de su existencia, hasta que el pintor Xavier Valls le facilitó a Juan Manuel Bonet una de las copias caligrafiadas que el marqués había repartido entre sus amigos. Otra de esas copias era la que verosímilmente Joaquín Romero Murube le mostró a Joaquín Caro Romero cuando éste preparaba la Antología para Adonais.
Los versos de Lasso que yo llegué a conocer en vida de él fueron en libros que él mismo me prestó y que le devolví religiosamente en la última etapa de su vida. Sobre la vida y milagros de don Rafael se ha fantaseado a placer, empezando por José Luis Cano en su primera versión de la Antología de poetas andaluces contemporáneos. En esa Antología, que fue la primera noticia que tuve de él, trazaba José Luis una semblanza muy amena pero que el interesado rechazaría de plano como totalmente falsa. Decir que los años en que le tocó vivir a Lasso fueron difíciles es decir muy poco, y lo asombroso es cómo pudo aguantar el tipo en aquella Europa en llamas. González-Ruano se lo encuentra en Roma después del 36, como rejuvenecido tras su boda con una compositora judía, con dientes “recién adquiridos” y vestido con elegancia. Eugenio Montale, que lo frecuentó durante años en Florencia, lo encontraba pintoresco y lo evocó en un poema humorístico. También coincidió con él en Florencia María Zambrano, pero eso no debió de ser antes de 1950. Cansinos Asséns, que lo trata bastante mal, da una idea de cuáles eran sus medios de vida al exponer la protección que le dispensaban amigos pudientes como el chileno Joaquín Edwards Bello o el malagueño Alejandro MacKinlay. González-Ruano menciona que llevó “una bohemia atroz de más de veinte años durmiendo donde podía, comiendo dos o tres veces al mes, pero muy estirado y muy cosmopolita escribiendo poesías en francés y siempre con una sortija de oro, que jamás vendió, con el escudo de los Lasso de la Vega y una corona de marqués de la que salía un cisne: el cisne heráldico de la casa de Cisneros, según él decía.” Para mí fue más que nada un personaje de novela y como tal lo aproveché en uno que reunía rasgos suyos y del marqués de Cuevas, director de un famoso ballet de los años 40 y 50. También he referido anécdotas pintorescas de escenas presenciadas por mí u oídas a Romero Murube, como cuando un día en uno de los patios de la Universidad recién trasladada a la Fábrica de Tabacos, le preguntó a una atractiva jovencita que trataba de escribir versos: “¿Conoce usted mi poesía, señorita?” Y ella salió del paso contestándole: “Sí, de referencias”. En los tiempos gloriosos de Mediodía estaban los poetas del grupo en una taberna de la Macarena y al poner el montañés las cañas sobre el mostrador, exclamó Alejandro Collantes de Terán: “¡Ya está esto como la candelería de un paso de palio!” Rafael Porlán tenía unas tías en Jaén según las cuales las almas subían al Cielo en racimos, como cuelgas de chacina. “¿Qué van ustedes a querer de tapa?”, preguntó el montañés. Rafael Lasso, muy atildado y más bien famélico, apuntó muy discreto señalando a los jamones que colgaban del techo: “A mí no me importaría probar unas lonchitas de esas almas a punto de emprender el vuelo”. Una mañana que fui a ver a Joaquín al Alcázar, estaba Lasso en un sillón del despacho hojeando el periódico, que pronto dejó a un lado. “No le has hecho hoy mucho caso al periódico”. “Es que ya lo leí antes en la barbería”. “¿Y para qué vas tú a la barbería?” “A que me afeiten la cabeza”. “Pues habrá que verte cuando te la enjabonen, que estarás como esos marmolillos de los parques, todo coronado de rizos blancos”. De pronto se oyeron unos estertores; yo me volví y vi a Lasso que roncaba traspuesto en el sillón. Al ver mi cara de sorpresa, Joaquín sonrió y me dijo: “Es mi cadáver predilecto. Todos los días se me muere un poco para irme acostumbrando”. “¿Eh, qué, qué pasa?”, despertaba el difunto con un sobresalto, y Joaquín proseguía sin inmutarse. “Me tiene encargado que cuando se muera del todo, le ponga en el gramófono la Quinta de Beethoven.” “La Quinta no, la Pastoral”, rectificó el falso moribundo.
Lo pintoresco y lo anecdótico de este aristócrata tronado que iba de gran señor por la vida de bohemia puede oscurecer la única verdad que se disimulaba en una vida de apariencias y, como dicen los franceses, “castillos en España”. Esa verdad era la de la poesía. Y esa poesía no tenía nada de “castillo en España”, de castillo de naipes, sino que llegó a ser la galería de cristal en la que transcurrió su vida imaginaria sin roce apenas con los horrores de la vida real. Tal vez sea la suya una de las mejores definiciones del creacionismo, uno de los ismos en los que intervino, y sobre el que tanta prosa divagatoria se prodigó en su momento, y es cuando dice que la misión de la poesía no es describir ni reproducir la realidad, sino crearla a partir de elementos reales, inventarla con imágenes, y que eso y no otra cosa es lo que Platón proclama cuando en el Phaidon dice por boca de Sócrates que el verdadero poeta no ha de hacer discursos en verso, sino crear ficciones, construir mitos. El mito que Lasso se construyó fue esa galería encristalada, pero antes de instalarse en ella, Lasso de la Vega había merodeado por todas las vanguardias y creado múltiples ficciones, arreglándoselas para resultar siempre ameno cuando no deslumbrante. Lasso llegó a la poesía cuando el Modernismo se iba y tentaba aún “con sus fúnebres ramos” de agonía, y transitó con pie firme entre nocturnas fantasmagorías, madrugadas de arrabal, salones amarillos, hastíos dominicales. En todos sus asuntos rindió tributo a la gran poesía de la época centrada en París, llegando incluso a escribir en la lengua de Apollinaire, y se preguntó cuál de todas sus vidas había sido la cierta. Ya puede imaginarse la respuesta que le dieron los espejos de que se rodeó. Su imagen repetida en una puerta giratoria fue lo último que vio antes de morir, su imagen repetida en un cristal hecho añicos.

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Feria del Libro en Sevilla


Mañana miércoles día 20 de mayo, entre las seis y las ocho e la tarde, firmaré ejemplares de Los consulados del Más Allá y de Entreluces, y a las nueve intervendré en una mesa redonda sobre el poeta ultraísta Rafael Lasso de la Vega, de quien reproduzco un fragmento de su fabuloso y misterioso libro Galería de espejos.



Un espejo es una Musa Cursiva
bajo el dintel de la memoria

Varios espejos son las nueves Musas
mirándose las unas a las otras

Dos espejos frente a frente
se repiten continuamente
a lo largo de un corredor
que no acaba jamás

Y una Galería de espejos
es el Juicio final

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Friday, May 15, 2009

Cine argentino



No es la primera vez que digo que, siendo como soy gran aficionado al cine, las películas de estreno me interesan aun menos que las novedades editoriales, sobre todo si vienen acompañadas de un premio importante. Ya sé que no tengo más remedio que perderme alguna que otra cosa que valga la pena, pero la vida de un lector o de un espectador, sobre todo si lo que quiere es cultivarse y distraerse, no da abasto para consumir la inmensa oferta de la industria cultural. Cada cual pierde el tiempo a su gusto y lo último que yo haría sería perderlo con el cine español, que es el que me cae más cerca. Me refiero, claro está, al cine español de ahora, aunque debo confesar que algo de eso me pasaba cuando era joven con el cine español de antaño, en blanco y negro. De ese cine, sin embargo, hay películas que han quedado y que ahora, al cabo de los años, veo con inusitado placer. Mucho hemos de degenerar si al cabo de los años cabe decir lo mismo de alguna película de ahora. Celebro coincidir con los dos únicos Ministros de Cultura del régimen actual dignos de ostentar esa cartera, a saber, Jorge Semprún y César Antonio Molina, que no tardarían en chocar con el mundo del celuloide. En el mundo hispánico, tampoco Méjico es ya lo que un día fue, pero en cambio Argentina está por fortuna a años luz del tenebroso y brumoso cine de Torres Nilsson y hay cintas ante las que, como diría el tango, no ha habido más remedio que hocicar. Una de ellas es Las nueve reinas; otra El hijo de la novia.
A mí me gustó Las nueve reinas y me habría gustado aun más de no ser por el estrambótico final, que es un final para personas inteligentes, entre las que lamentablemente no me siento incluido. Si lo que el director pretendía era confundir al espectador, en mi caso lo logró con creces, haciéndome la ociosa aclaración de que la trepidante intriga no era más que una tomadura de pelo. Yo no entendí nada, pero lo peor es que toda aquella pedantería pseudopirandelliana en la que ninguno de los personajes resulta lo que parecía y además no aclara lo que es, echa por tierra la verosimilitud del espléndido guión. El joven Marías empezó su carrera de narrador con un relato que se llamaba Los dominios del lobo en el que se encadenan una serie de historias a cual más intrigante y verosímil hasta que al final el lector descubre con sorpresa que todo no es más que el guión de una película. En este caso el narrador procedió con una inteligencia de novela policíaca en la que las pistas falsas se entrecruzan en el nudo de la acción, no en su desenlace.
Otra excelente cinta es El hijo de la novia, en la que todo es simpático menos una cosa, el protagonista, encarnado por ese buen profesional que es Ricardo Darín. Darín, digámoslo suavemente, tiene un físico de antihéroe y los papeles que le van son los de chorro, como dicen por allá, o chorizo, como decimos por acá. En Las nueve reinas hace su papel con todas sus consecuencias, pero en El hijo de la novia se nos mete además a moralista. Ya sabemos que del 68 para acá son los golfos los que expiden certificados de buena conducta, y a esta regla no supo sustraerse el director de una película tan bien ambientada y tan simpática en su planteamiento y en el tratamiento de los personajes. De una manera muy sutil y sin ningún trazo grueso, se aborda una cuestión de doctrina en la que se hace mangas y capirotes del derecho canónico. Este sujeto, divorciado con hija compartida y joven amante, tiene a su mamá con Alzheimer en una residencia de ancianos. Su anciano padre viene de vez en cuando por el restaurante que dirige y le trae mascarpone para el tiramisù. Un buen día, el viejito le confiesa al hijo que quiere darle a la mami la satisfacción que por cuestión de principios no le quiso dar cuarenta y cuatro años atrás: la de casarse por la Iglesia. El hijo quiere quitarle aquel disparate de la cabeza, pero el buen señor insiste y van al párroco; después de acordar el coste de la ceremonia que es más bien astronómico, se plantea la consulta con el obispo, el cual deniega la autorización, dado que la contrayente no está en condiciones de dar su consentimiento. Como el matrimonio es un contrato, además de un sacramento, es imprescindible la libre decisión de los contrayentes. Esto da pie a que el hijo de la novia le largue un sermón al cura sobre la indisolubilidad del matrimonio del que él es víctima desde hace diez años y que la Iglesia lleva dos mil años infligiéndole. También alega con toda razón que si cuando la bautizaron no hizo falta su consentimiento, por qué es que ahora le hace falta para casarse.
Yo no sé si los cineastas estos han caído en que tampoco a los suicidas les pregunta el cura su opinión cuando les da los santos óleos, ni si tienen tan olvidado el catecismo que ignoran que la Iglesia pasa por todo con tal de salvar un alma, y que son justamente las ovejas descarriadas las que busca con más empeño. Ya sé que hay curas y obispos para todos los gustos, pero tal como lo ve un católico normal, cualquier eclesiástico como Dios manda se alegraría de poder santificar la unión de dos personas que hasta ese momento han vivido en concubinato, es decir, en pecado. Vaya usted a saber qué ha movido en el fondo al viejo anarquista o lo que sea a tener con su pobre mujer un detalle que de rechazo lo beneficia a él, no sea cosa de que eso de la salvación del alma vaya a ser verdad después de todo.
Claro está que sin este despropósito la película no habría podido acabar como acaba, con la pantomima que montan en el asilo el hijo de los novios y otro desaprensivo y con la que todos quedan contentos y la novia tan feliz como si las bendiciones y el altar fueran auténticos. Muchos estudiosos de La Celestina – lo explica muy bien Enrique Baltanás- no se explican cómo es que Calixto no hubiera pedido la mano de Melibea a su padre, como era lógico, en lugar de llegar a ella saltando la tapia del huerto y recurriendo a los oficios de una alcahueta. Y es que sin ese absurdo, no habría habido tragicomedia. Algo de eso cabría decir también a propósito de esa película tan entretenida que es El hijo de la novia.

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Wednesday, May 13, 2009

Amores y amoríos

Interesante estudio de Enrique Baltanás sobre La Celestina

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Tuesday, May 12, 2009

La ciudad del libro
Puede decirse que en cada cuadra de Buenos Aires hay una librería, y el negocio del libro debe de ser rentable. Las hay suntuosas y espectaculares, como la del Ateneo en la Avenida de Santa Fe, y antiguas y bohemias, como El Túnel de la Avenida de Mayo. Para colmo, el 23 de abril daba comienzo la Feria del Libro, ubicada en La Rural, o sea, en los palacios y los terrenos de las grandes exposiciones agropecuarias surgidos en los felices tiempos de las vacas gordas, cuando la Argentina figuraba entre las potencias más ricas del planeta. También hay que mencionar los puestos de baratillos, como los de la Feria dominical del barrio de San Telmo. Yo sospecho que esta exuberante floración de hojas impresas tiene bastante que ver con el clima creado por Domingo Faustino Sarmiento en su ambicioso empeño de educación nacional. Lo que más nos llamó siempre la atención de los escritores argentinos, sobre todo en la madre patria, donde tanto analfabeto se dedica a la literatura, es la vastedad de lecturas que traslucían sus escritos. Por más que no se dignaran darle el Nobel, Borges figura junto a Paz entre los clásicos de nuestras letras en el siglo XX.
En este espacio urbano tuve la ocurrencia de presentar un libro propio, muy a sabiendas de que presentar un libro en Buenos Aires es llevar naranjas a Valencia. La simpática acogida de unos amigos de amigos me allanó el camino a semejante audacia y todo quedó entre amigos, una docena justa como en la Última Cena. No creo que fuera más numeroso el público que en el vetusto hemiciclo de bancos de madera del Conservatorio gaditano Manuel de Falla, probablemente heredado de la Cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina, asistió a la lectura poética que allá a comienzos de los 50 dimos una mañana de domingo Antonio Gala, Bernardo V Carande y yo. Ya conté en otro lugar, en Mano en candela, cómo este viaje lo hicimos los tres desde Sevilla invitados por Fernando Quiñones y cómo al llegar pudimos comprobar que todos los gastos corrían por nuestra cuenta y que, en la jubilosa recepción que se nos hizo y en las tabernas que recorrimos, se habló de todo menos de aquella lectura poética en la que cifrábamos nuestro salto a la gloria y a la fama.
Una sensación análoga tuve cuando el amigo de mi amigo, el profesor Alberto Buela, nos citó en su oficina del Ministerio del Interior. Alberto Buela es lo que se dice o se decía un buen hueso de taba. No encuentro mejor definición para este pensador que alardea de gaucho pues, como se sabe, el juego de las tabas es o era uno de los pasatiempos preferidos de los habitantes de la Pampa. Alberto Buela va por la vida de provocador, como con toda la razón del mundo afirma el prologuista de su libro Pensamiento de ruptura. Sus provocaciones están perfectamente razonadas y documentadas. Si hay un pensador que conozca a sus clásicos, ése es Buela, y ese conocimiento es lo que le permite refutar con autoridad los lugares comunes de la Modernidad y burlarse de ellos con desconcertantes paradojas. Sin embargo, como es incapaz de separar el pensamiento de la vida cotidiana, de la realidad y de su entorno, Buela se complace en personificar el aspecto bárbaro y castizo de la realidad argentina. Esta realidad está magistralmente descrita en el Facundo y contada y cantada en el Martín Fierro, y ese aspecto que Buela tan sabiamente cultiva viene a ser lo que Abel Posse llama “la perversa seducción de la barbarie”. Buela maneja el lazo y las bolas y el cuchillo con la misma soltura que la pluma y somete a sus visitantes al ritual del mate, cuya bombilla viene a ser algo así como la pipa de la paz. Debo decir que mi primera impresión al verme frente a él fue la misma de Borges ante “el hombre de la esquina rosada”.

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Monday, May 11, 2009

La deuda y los complejos

3. La deuda y los complejos
Ya en 1829, los países de lo que aún no se llamaba “América Latina” estaban entrampados hasta las cejas. Al concluir las guerras napoleónicas, los banqueros que las habían financiado no tuvieron más remedio que bajar los altos tipos de interés de los empréstitos de guerra. La ocasión de volverlos a subir no se hizo esperar, y se la dieron los nuevos países americanos que se sacudían el yugo de las Coronas ibéricas. Los banqueros de la City - Rothschild, Baring, Barclay, Goldschmidt - financiaron las guerras de independencia y en tales términos que los que dependían políticamente de Lisboa o de Madrid pasaron a depender económicamente de la City de Londres. Cuáles no serían los intereses que para pagarlos hubo que contraer nuevos empréstitos y el primero que se prestó fue Rothschild, que se adelantó a Baring en respaldar un nuevo empréstito brasileño. La operación, cifrada en 800 000 libras esterlinas, se llevó a cabo en la City en 1829. (Para más detalles, véase The first Latin American debt crisis, de Frank Griffith Dawson. Yale University Press). Eso explica, entre otras cosas, que muchos países - si no todos - tuvieran desde su nacimiento en su Presupuesto respectivo una partida titulada “Deuda inglesa”.
No sé en cuántos casos esa “deuda inglesa” llegó a amortizarse, si es que se amortizó en alguno. Lo que sé es que esa deuda, si aún subsiste, no tuvo más remedio que subsumirse en el astronómico endeudamiento contraído en el decenio de 1970, por el que “América Latina” realizaba la hazaña de alinearse con el llamado Tercer Mundo.
¿Infundió ese endeudamiento en “América Latina” un complejo tercermundista? Dicho de otro modo: ¿Hasta qué punto el peso de la deuda externa coadyuvó al repliegue cultural de esos países hacia su prehistoria? Porque el alineamiento económico de esas repúblicas con el Tercer Mundo parecía ir acompañado de un intento de alineamiento cultural. Y ese intento, sublimación de un complejo de inferioridad, tuvo su manifestación más llamativa en la hostilidad de ciertos sectores a la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento.
Lo peor de un complejo de inferioridad es que sea gratuito, y el de Hispanoamérica frente a Europa y Estados Unidos ciertamente lo es, aunque no lo sea en lo político y en lo económico. Hispanoamérica no tiene nada que ver cultural y socialmente con el Tercer Mundo a menos que renuncie a cinco siglos de historia y se reduzca a unas épocas en las que no puede aspirar ya a otra cosa que a ser una curiosidad antropológica y etnográfica. Este retroceso cultural no es privativo de Hispanoamérica, sino que ésta lo comparte con la mayoría de los países europeos, empezando por la madre patria, donde hay minorías retrógradas para todos los gustos. De donde sí que es privativa esa tendencia, vamos a llamarla tercermundista, es del mundo culturalmente desarrollado; el Tercer Mundo, el pobre, tiene bastante con tratar de sobrevivir. En Europa y en Estados Unidos existen minorías con vocación tercermundista que no se diferenciarían en nada de los indios del Amazonas o de los bosquimanos de Australia si se decidieran a prescindir del automóvil, la nevera, el tocadiscos y el cheque mensual. Otras minorías hay también, menos extremosas, que ponen igual empeño en sustituir la historia por el folklore. Y si esto lo hacen incluso muchos españoles, ¿por qué no lo han de hacer los criollos, que al fin y al cabo no son más que españoles pasados por agua? Un criollo típico es el rioplatense, y del argentino se dice por vía de chiste que es un español que se cree inglés y resulta que es italiano. El caso es que el criollo, argentino o no, ha concebido su historia y su identidad como rechazo y negación de su identidad y su historia verdaderas, que son las de España y su empresa ultramarina.
Tanto es así, que en tiempos de la “deuda inglesa”, el criollo recibía una formación europea al ciento por ciento. En Uruguay, para no ir más lejos, ese país que Foxá definía como “los Estados Pontificios de la Masonería”, los aspirantes a abogados o funcionarios, que eran todos los uruguayos, estudiaban a fondo la Historia, el pensamiento y las instituciones de una Europa de la que España quedaba excluída. La admiración por los grandes países europeos llegaba al extremo de que al nacer un niño se le imponía con frecuencia como nombre el apellido de cualquiera de los grandes hombres del Viejo Continente, y así más de un ciudadano de la República Oriental iba por la vida llamándose Nelson Pérez, Tirpitz Rodríguez, Bismarck Fernández o Churchilito Gómez. Todo eso pasó, creo, a la historia, y ahora en cambio, en estos tiempos de “deuda externa”, me figuro que al uruguayo se le enseña a identificarse con un continente sin bautizar y con unas culturas, como la incaica o la azteca, con las que tiene tanto que ver como el egipcio actual con el Egipto de los faraones.
Entre ambas deudas, la inglesa y la externa, por las que cabe caracterizar las orientaciones culturales aludidas; entre ambas deudas, repito, existe un hueco que es justamente el que intentó cubrir el que fuera Instituto de Cultura Hispánica. La madre patria quiso hacer realidad muchos años de retórica estéril y, si lo logró o no, que lo digan muchos criollos insignes, empezando por Vargas Llosa y Onetti, que gracias a ese Instituto pusieron pie en el Continente donde levantó el vuelo el ángel de su fama. Ese Instituto no les negó a los americanos lo que creyeran ser; sólo vino a recordarles que nada de lo que creían ser significaba nada si olvidaban lo más importante que eran.
Entre la prehistoria y la utopía, América tiene una realidad, y esa realidad es la lengua que se habla y la tradición espiritual a la que se pertenece. Los Estados Unidos son potentes y grandes porque nunca han dejado de tenerlo presente. Si al sur del Río Grande se hubiera hecho igual, otro gallo le cantaría a la América española. Lo que estas naciones son, en lo bueno y en lo malo, a España se lo deben, y esa deuda, que es una deuda con la cultura, con la propia cultura, es mucho más importante que la deuda económica que tienen con la civilización o, si se prefiere, con la Modernidad.
Esa deuda es además recíproca, porque el peso que España pueda tener en Europa y en el mundo no lo tiene por su cuarteada piel de toro, sino por la realidad de medio Continente que habla su lengua y conserva sus monumentos civiles y religiosos. España no puede renunciar a América porque es renunciar a lo mejor de ella misma, y América no hace más que renegar de sí misma cuando reniega de España. Decir español hoy en el mundo es decir muy poco, como lo es decir mejicano o decir chileno o decir paraguayo. En 1492 entró el Nuevo Mundo en la Historia de España y España en una Historia digna de ese nombre. Antes de esa fecha la Historia de España es la triste crónica de una península invadida y fragmentada. Antes de esa fecha, América no es historia, sino antropología, y no hay que olvidar que los primeros antropólogos del Continente se llamaron fray Diego de Landa y fray Bernardino de Sahagún. Hoy, en el mundo, un chileno que dice que es mapuche no es más que una curiosidad antropológica, como un español que diga que sólo habla vascuence es una curiosidad lingüística. La única manera que peninsulares y ultramarinos tenemos de ir por el mundo y por la vida como algo más que curiosidades, es como miembros de una de las realidades históricas más innegables de hoy y que, pese a quien pese, se llama y se seguirá llamando la Hispanidad. De lo contrario, seremos en todo caso objetos de estudio; nunca sujetos de la Historia.

(Del libro inédito La era argentina)

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Sunday, May 10, 2009

Liturgia poética

Enrique Barrero Rodríguez, además de poeta y profesor de Derecho mercantil, es un hombre de fe, de una fe envidiable, de la que brotan 35 sonetos que le edita Cajasur en Córdoba. Todos son impecables y alguno de ellos "de Lope", como se decía en el Siglo de Oro. El Indice del opúsculo, ordenado según el primer endecasílabo de cada soneto, da la impresión de ser un poema en sí. Véase una muestra parcial:

Mi lucha, mi verdad, mi Dios cercano
Escucha esta oración. La llevo escrita
Hoy pronuncio en sigilo el nombre tuyo
¿Cuándo solos tú y yo? ¿Cuántas estrellas
De tanto bracear por este río
Yo no nací siquiera. Me naciste
Mira el campo, Señor. Ha despertado...

Y así hasta el verso XXXV. Haga el lector la prueba.

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Wednesday, May 06, 2009

Arriba: La España de Franco y la Shoa (II)


Las partes del mundo
Fernando Villalón dividía el mundo en dos partes: Sevilla y Cádiz. Otros lo dividen en cuatro: países desarrollados, países subdesarrollados, Japón y Argentina. En cuanto a la Argentina, yo la dividiría en dos partes, a saber: Buenos Aires y todo lo demás. De Buenos Aires lo primero que hay que decir es que el nombre lo tiene muy bien puesto. Fue Pedro de Mendoza quien la bautizó en 1536, veinte años después de que Juan de Solís descubriera el Río de la Plata, y fue Juan de Garay quien la confirmó en 1580. El fuerte de Santa María del Buen Aire que levantó Mendoza duró poco. Mendoza murió en el tornaviaje a España y el fuerte fue demolido. Garay, llegado del Perú, ya había fundado Santa Fe siete años antes y su refundación, con el nombre de Puerto de Santa María de los Buenos Aires, fue duradera. A los bonaerenses se les conoce también por porteños o portuenses, y portuenses son también los naturales de la población gaditana del Puerto de Santa María. Si Cádiz se compara con La Habana, yo compararía al Puerto de Santa María con Buenos Aires, pero pensando en el siglo XVIII, en lo que ambos puertos fueron en el siglo XVIII, cuando la ciudad del Plata tenía muy poco que ver con lo que llegaría a ser en la segunda mitad del XIX.
Es en esa época cuando Buenos Aires deja de ser una gran aldea colonial y se transforma en una de las ciudades más espectaculares de Occidente. Hace años, a raíz de mi primera salida al extranjero, cambiaba impresiones con señores que también habían viajado, pero algo más que yo, y uno de ellos comentaba que en América había dos grandes ciudades a cuál más hermosa, una, obra de la naturaleza, Rio de Janeiro, y otra obra del hombre, Buenos Aires. De la época española queda en pie el Cabildo, semejante al de cualquier otra ciudad del país en la que lo español y lo indígena puedan tener mayor presencia. El Cabildo es una edificación dieciochesca de dos plantas con arcadas y torreón central, una arquitectura sobria como de hacienda andaluza o de ermita rural, patente también en alguna iglesia como la de Nuestra Señora del Pilar, junto al cementerio de La Recoleta, toda encalada por fuera y con retablos barrocos en su interior. Todo lo demás es europeo y fruto, más que de la inmigración, de la orientación franco-británica de las clases pudientes en una época en que la ciudad representa la civilización y la pampa la barbarie. Ese antagonismo viene de atrás, de las guerras civiles que siguen a la Independencia, no menos guerra civil que las otras, las que los caudillos rurales combaten entre ellos y contra los presidentes ilustrados. Hasta la segunda mitad del siglo no prevalece la ciudad, es decir, la civilización y el europeísmo, sobre lo indígena y lo castizo. Tampoco estos conceptos rurales se pueden confundir, y su hostilidad bien que aflora en el Martín Fierro. El indio es el que sale peor parado, no sólo frente al gaucho, casi tan bárbaro como él, sino frente al Ejército regular de los criollos bonaerenses. Estos, los Rivadavia, los Sarmiento, los Mitre, los Roca, quieren un país de blancos a imagen y semejanza de los países europeos a los que han viajado y que los han seducido, y hacen hincapié en la instrucción pública y la apertura a las inversiones extranjeras. La enseñanza en la Argentina siempre fue ejemplar y las maestras de escuela una institución. Ahora son ellas las primeras en quejarse de la degradación de la enseñanza. En la excursión desde Salta por la Quebrada de Humahuaca coincidimos con unas señoras mayores de porte europeo que resultaron ser unas maestras jubiladas residentes en La Plata. Las capitaneaba una más joven, de unos cincuenta años, atractiva y autoritaria y que varias veces llamó a su marido por el celular. También estaba jubilada, pero su amor a la pedagogía la mantenía en activo y no sólo nos pintó con trazos sombríos el estado de su profesión, sino que nos hizo patente su animadversión a la capital federal, y eso que no puede decirse que La Plata, a dos pasos de Buenos Aires y capital de la provincia, sea un reducto de lo bárbaro y lo castizo.
No es lo mismo visitar un lugar que vivir en él. A mí me pasa con la Argentina lo mismo que con los otros países hispanoamericanos que conozco, y la provincia me atrae tanto como la capital, por mucho antagonismo o contraste que haya entre ellas. Con Buenos Aires en Argentina pasa algo así como con Andalucía en España, que es por ellas por lo que se conoce desde fuera a las naciones respectivas. Recientemente me llega la publicidad de una “Taberna vasca” que han abierto en Milán en cuyo decorado no hay más que carteles de toros, cuadros flamencos, guitarras, castañuelas y demás artículos de la España cañí, con una concesión a la cifra gastronómica de España: la paella valenciana. Del mismo modo, desde lejos se eclipsa y se ofusca la inmensidad y la variedad de la Argentina en la reverberación solar de Buenos Aires. Las definiciones festivas del argentino sólo le cuadran al bonaerense. Así, cuando se dice que los mejicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos, o que un argentino es un italiano que se cree inglés y resulta que es español, a quien se alude es al porteño. Una amiga mejicana me comenta que ella no entiende el lenguaje de los argentinos; lo que probablemente no entenderá es, no ya el lunfardo, sino la mera entonación porteña. Entre la segunda mitad del XIX y la primera del XX, la Argentina ha sido la tierra de promisión para los pueblos de Europa y el Oriente Medio, empezando por el pueblo que siempre anduvo errante en busca de la tierra prometida. Sin embargo, el inmigrante que más ha marcado a Buenos Aires es el italiano, y yo estoy en que a él se debe la manera en que el castellano suena en una ciudad tan maravillosa. Yo, que me he pasado media vida entre España e Italia, he vivido en Buenos Aires el milagro de sentirme en las dos naciones a la vez.

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Saturday, May 02, 2009

No te rías de un colla
Fortunato Ramos
No te rías de un colla que bajó del cerro,
que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas,
sus habales yertos;
no te rías de un colla, si lo ves callado,
si lo ves zopenco,
si lo ves dormido. No te rías de un colla,
si al cruzar la calle lo ves correteando
igual que una llama, igual que un guanaco,
asustao el runa como asno bien chúcaro,
poncho con sombrero, debajo del brazo.
No sobres al colla, si un día de sol
lo ves abrigado con ropa de lana, transpirando entero;
ten presente, amigo, que él vino del cerro,
donde hay mucho frío, donde el viento helado
rajeteó sus manos y partió su callo.
No te rías de un colla, si lo ves comiendo
su mote cocido, su carne de avío,
allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río;
menos si lo ves coquiando por su Pachamama.
Él bajó del cerro a vender sus cueros,
a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina;
y es tan precavido, que trajo su plata,
y hasta su comida, y no te pide nada.
No te rías de un colla que está en la frontera
pa'l lao de La Quiaca o allá en las alturas del Abra del Zenta;
ten presente, amigo, que él será el primero
en parar las patas cuando alguien se atreva
a violar la Patria.
No te burles de un colla, que si vas pa'l cerro,
te abrirá las puertas de su triste casa,
tomarás su chicha, te dará su poncho,
y junto a sus guaguas,
comerás un tulpo y a cambio de nada.
No te rías de un colla que busca el silencio,
que en medio de lajas cultiva sus habas
y allá, en las alturas, en donde no hay nada,
¡así sobrevive con su Pachamama!

Fortunato Ramos Costumbres, poemas y regionalismos (2003)

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Los dos mundos del Nuevo Mundo
Una tarde de domingo de 1951 estaba yo con un compañero de la Milicia Naval Universitaria sentado en la terraza de un café en la plaza de San Juan de Dios de Cádiz, posiblemente la del “Novelty”. Era nuestra primera salida del cuartel y la primera vez que pisaba las calles de la ciudad, a la que habíamos llegado en tranvía desde San Fernando. Se nos acercó un niño y, dirigiéndose a mí, me preguntó si quería que me recitara una poesía. Le dije que cuál. Y él me contestó:
- El Piyayo, de José Carlos de Luna o Cádiz de Juan Pedro Domecq.
- Pues dime eso de Cádiz.
El chiquillo me recitó de carretilla una especie de décima que me encantó y de la que se me quedaron los dos versos finales: Cádiz, cadencia porteña/ ritmo de bandoneón. Han pasado muchos años y han sido vanas mis pesquisas por rastrear esa composición. Y es una pena, porque tal vez los versos que olvidé expliquen el sentido de los que recuerdo. Es casi un lugar común comparar a Cádiz con La Habana, así que lo que a mí me sorprendió, y eso que no tenía más que veinte años, fue que el jerezano bodeguero y ganadero, al cantar a Cádiz, pensara en cambio en Buenos Aires.
De recordarme este lejano episodio se ocuparían muchos años después un par de niños que se me acercaron junto a la verja de la iglesia de Humahuaca, población indígena de la provincia de Jujuy, al noroeste argentino.
- ¿Quiere que le recite un poema? – dijo el más pequeño.
- Venga.
No sé qué me emocionó más, si el poema o la manera de decirlo. Empezó el pequeño y en los últimos versos lo ayudó el más grande.
- ¿Y quién es el autor?
- Fortunato Ramos – dijo el más pequeño.
Le di una moneda a cada uno y el grande le dio la mano al chico como felicitándolo.
Fortunato Ramos es por así decir el poeta de la comarca. Es o fue un maestro nacional que se pasó la vida en aquellas escuelitas de alta montaña y toda su obra versa sobre la condición, la vida, el paisaje y las costumbres del indígena. Su mundo está tan lejos de Buenos Aires como de Cádiz y en cambio dista muy poco del de Yucatán o Nuevo Méjico o de cualquier otro lugar de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
Los inditos que me recitaron los versos del maestrescuela es muy posible que recibieran en escuelas como la de Fortunato un tipo de educación parecido a la que los niños españoles recibían hace más de medio siglo. Este tipo de educación ya pasó a la historia en las urbes civilizadas, donde pibes de su edad con fácil acceso al “paco”, o desecho de cocaína, forman bandas que no tienen escrúpulos, al amparo de una legislación permisiva, en asaltar a mano armada a los que tengan la desgracia de que el camión se les averíe en el “conurbano”. Lo dicho del “conurbano” de Buenos Aires vale para ciertos barrios de Sevilla para no ir más lejos. No quiero seguir con las comparaciones, porque la madre patria iba a salir perdiendo. A Jesucristo no es que se le rece mucho y hablar buen español no está demasiado bien visto. ¡Si el Poeta de la Raza levantara la cabeza!

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Friday, May 01, 2009

Las obsexas del PP, el Papa y el ex obispo paraguayo