Tuesday, September 29, 2009

José Antonio Muñoz Rojas



El próximo 9 de octubre iba a cumplir los cien años José Antonio Muñoz Rojas y con seguridad que se le preparaba un resonante centenario. Si hay algo que rehuía José Antonio era los grandes eventos y muy en particular si se organizaban en su honor. Toda su vida fue una fuga, un quitarse de en medio, un "dejarse ir", un emboscamiento deliberado en un plano secundario, una observación entre bambalinas de todo cuanto acontecía en el gran teatro del mundo. Siempre estuvo entre los poetas de primera fila de España, él que nunca quiso ejercer de poeta. Su resistencia a publicar obra propia mientras vivió en Madrid desesperaba a los amigos que querían hacerlo académico, a él, que los únicos laureles que le interesaban eran los que pudiera ver crecer y pujar en los jardines de su Casería. De la existencia de esa obra nos enteramos cumplidamente en los años de su jubilación, gracias entre otras cosas a la capacidad de persuasión y a la amistad abnegada de su editor Manuel Borrás. Yo no lo conocí poéticamente hasta 1951 y personalmente hasta 1954, cuando, de paso yo para Cambridge, me proveyó de cartas para amigos suyos de allá que me fueron de gran provecho. Nuestra relación no se interrumpió nunca y en ella siempre fue más lo recibido que lo dado. Son infinitas las vivencias comunes y los buenos ratos que hemos pasado cuantos tuvimos la fortuna de que nos recibiera en su Casería. En su entorno no faltaron sinsabores, pero él nació de pie y la única queja que tuvo de su vida fue lo que ésta tardaba en llegar a su fin. Todos sus amigos hemos escrito algo sobre él y su obra con mayor o menor acierto, y yo voy a poner fin a estas líneas de urgencia evocando por segunda vez un verso de su paisano Pedro de Espinosa que pudo ser su cifra y su emblema: Con oro escribo y mucha Ceres leo.

Monday, September 28, 2009

Black is beautiful

La Casa Blanca retira de su página web una foto con las hijas de Zapatero

Friday, September 25, 2009

Las tres gracias




· Racismo infantil


Dos estudiantas norteamericanas, en España para su Junior year, toman un pisito en el que se encuentran muy a gusto. Va a verlas de vez en cuando una compatriota de raza negra. La dueña de la casa, que vive en otro piso del mismo edificio, les dice que la negra no venga más, porque su niño se asusta. Las jóvenes ponen el grito en el cielo; la señora les dice que bajen la voz, que el niño está dormido y lo van a despertar. Las inquilinas optan por dejar el piso y más tarde averiguan que el niño de la dueña tiene treinta años.




· El ama de cría


Un ama de cría acude a un anuncio en el diario y al presentarse le dice una señora que tiene que dar el pecho por un boquete en la pared. Ella se extraña, se resiste, quiere saber por qué, y le contestan que porque sí, y ella se niega y se despide. Al salir la llaman unas vecinas:


- Venga usté. ¿A que le han dicho que meta la teta por un agujero?


- Sí.


- Es que el que mama no es un niño, sino un hombre de treinta años.


Wednesday, September 23, 2009


Tiempo de Manolete

Hay una corrida de toros de la que conservo un recuerdo especial y es la que en la feria de Aracena de 1945 lidiaron Fermín Espinosa Armillita Chico, Paquito Casado y Angel Luis Bienvenida. Puede que lo especial de ese recuerdo esté en que fue aquélla la única ocasión en que vi actuar a los tres matadores. Casado, que aún era joven, se despidió de los toros aquella tarde; el veterano Armillita concluía si no me equivoco su última temporada en España, y Angel Luis, avecindado en Madrid, se prodigó poco en los ruedos andaluces. Años después coincidí con Casado en el desolladero de la Maestranza y le mencioné un quite por faroles muy espectacular, y él me contestó con su voz bronca y “rajada”, que aquellos faroles habían dado muy poca luz. También en la Maestranza coincidí con Angel Luis, pero en otras dependencias de la plaza, con motivo de una charla en la que se lamentó de no haber pisado nunca el albero del Baratillo vestido de luces. Hizo uso Angel Luis de la palabra en ausencia de su amigo Fernando Claramunt, retenido en Madrid por alguna dolencia, y habló como toreaba, con elegancia y simpatía. Mucho me hubiera gustado reanudar con él en Madrid la conversación iniciada en Sevilla, pero la muerte se me adelantó, aunque no tanto como para impedirle prologar Tiempo de Manolete[*], el libro de Claramunt sobre la España de 1939 a 1949, los años de doble trasguerra que Pío Moa llama “los años de hierro”.

No es fácil para un español resistirse a la tentación de ver en la corrida de toros una metáfora de la vida nacional. Política y toros tituló Pérez de Ayala uno de los libros en los que reunía sus dos grandes temas de meditación; Luis López Anglada tituló Plaza partida un poemario sobre la última guerra civil, y yo, más modestamente, cada vez que hay que echar un toro al corral y salen los cabestros, no puedo dejar de pensar en el fementido “Estado de las Autonomías”. Claramunt va en este libro más allá, pues además de poner la historia del toreo en esos años en paralelo con la historia de España, la pone con la historia de Europa y del mundo. Personajes de la escena mundial como Rommel o Churchill alternan con los que dominaron la escena española en esos años: Franco y Manolete. Rommel tiene muy poco de torero y, como dice el autor, “no pisó más arenas que las del desierto africano, pero lo hizo con torería”, ya que “reunía en su persona los máximos valores castrenses, aunados al señorío natural, a la elegancia y a la gracia frente al peligro”. En cuanto a Franco y Churchill, no sólo tenían en común su afición a la pintura, sino a la fiesta brava. Claramunt menciona el regalo que al finalizar la guerra mundial, se le hizo de la cabeza de un toro estoqueado por Manolete que tenía en la frente una gran mancha de pelo blanco en forma de V: la V de la Victoria que Sir Winston hacía con los dedos. El autor del regalo era un ganadero poco conocido, muy anglófilo él, que se llamaba don José Escobar Barrilaro. Escobar Barrilaro fue uno de los primeros suscriptores que tuvo la revista Aljibe, fundada en 1951 en Sevilla por un grupo de poetas universitarios. Uno de ellos era Antonio Gala, pupilo aquel curso del Sr. Escobar en una casa que tenía en la plaza de Rull, por la calle San Vicente. Yo sabía lo del toro con la V en el testuz, pero hasta ahora no me entero que su dueño era nuestro futuro suscriptor.

Este libro tan ameno y tan bien ilustrado no se reduce como puede verse al planeta taurino, sino que sus lances y sus anécdotas y sus semblanzas se combinan con la crónica de los momentos históricos y políticos que les sirven de contrapunto. La poesía se entrevera con la política; en la encrucijada de ambas está Dionisio Ridruejo, y está Pedro Laín, de quienes el autor se ocupa en términos parecidos a los de César Alonso de los Ríos en Yo tenía un camarada; la muerte de Miguel Hernández precede a la de Manolete, y la noble figura de éste aparece limpia de las infamias esas que ampara hoy la libertad de expresión. Es increíble lo que, a toro pasado, se ha podido decir sobre Manolete para, a través de él, denigrar una época. Desde las insinuaciones de hispanistas como Bennassar hasta bajezas en las que era maestro Umbral, que en unos versos execrables publicados en una prensa inmunda llega a decir que “enfermerías de herrumbre le clavaron/ el garfio criminal de la postguerra”.

Tan falso fue por otra parte lo de las banderas en Méjico como lo de que fuese el torero del Régimen. De él dijo Indalecio Prieto que era el primer español después de Hernán Cortés que no había hecho el ridículo en Méjico y yo dije y repito que él hizo bueno aquello de que “ser español es una de las pocas cosas serias que cabe ser en el mundo.” Manolete lo mismo se veía en Méjico con españoles de la emigración que subía al palco real en España a cumplimentar al Caudillo con sus compañeros de terna. En cuanto a éste, no le faltaba la razón a Luis Miguel Dominguín cuando, en la corrida de Beneficencia del 19 de septiembre de 1946 en Madrid, hizo este brindis: “Excelencia, voy a brindar la muerte de este toro a quien de verdad tiene la mejor muleta de España”.


[*] Fernando Claramunt López. Tiempo de Manolete. Egastorre Libros. Arganda del Rey, 2007

Monday, September 21, 2009

1808


En 1908, es decir, diez años después del Desastre en que culminó el siglo XIX, don Manuel Gómez Imaz, director que fue de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, publicaba un libro titulado La Sevilla de 1808, que era una lamentación por el desperdicio que aquel siglo malhadado hizo del esfuerzo heroico de la Guerra de la Independencia. Según él, el germen de todos los males estaba en la Constitución de 1812, en cuyo seno se alojó “la hidra de la discordia”. Por esa figura retórica había que entender que los constituyentes de Cádiz, que sólo se representaban a ellos mismos, acabaron adoptando los principios mismos que Napoleón traía en la punta de sus bayonetas, pero que él mismo puso en hibernación mientras estuvo en el poder.
El descrédito del socialismo en su versión extrema y la impotencia de la socialdemocracia en la actual crisis de la economía mundial, hacen que se desconfíe del intervencionismo estatal y se vuelvan los ojos a lo mismo que provocó la actual crisis, que es el capitalismo sin trabas. Ese capitalismo liberal, sin más trabas que algunos aranceles tribales, fue el que campó a sus anchas en España durante todo el siglo XIX. En cuanto a la desconfianza en el intervencionismo, si está justificada es porque mal puede intervenir en la economía algo que ha dejado de existir como el Estado. La inexistencia o inoperancia del Estado es una consecuencia de la crisis de la nación, concepto calificado de “discutido y discutible” por los propios titulares del también llamado “Estado residual”. Todos sabemos que los únicos regímenes que han hecho algo positivo para que el capital y el trabajo, en lugar de enfrentarse, junten sus fuerzas en beneficio de la producción y el desarrollo han sido dos regímenes que se han tomado el Estado muy en serio y en los que éste se ha sentido legitimado para crear riqueza y dar trabajo. Y es que el Estado se toma en serio cuando se toma en serio a la nación, una nación cuya existencia se limitó a refrendar la Constitución de 1812, a los cuatro años de que los españoles empezaran a derramar su sangre por ella. Y, todo hay que decirlo, por su indigno monarca.

Sunday, September 20, 2009

Tango, política y mal gusto

http://www.youtube.com/watch?v=jildNDPHPQo



Escribe Alberto Buela(*)

Hace tres años escribimos un artículo titulado ¿El renacer del tango? en donde sosteníamos que el renacer es posible. Hoy queremos ocuparnos de cómo el mal gusto ha invadido el tango.
Pero primero tenemos que definir qué entendemos por gusto. Los antiguos decían que la belleza era splendor veri, esplendor de la verdad. El esplendor es el fulgor de luz que emana de la cosa bella y la verdad es lo que brilla. La obra de arte es aquello a través de lo cual brilla la verdad. Y una cosa es bella no porque me agrade, dice el filósofo Kant, sino que me agrada porque es bella. ¿Y cómo capto esta belleza? A través del juicio del gusto. ¿Y cómo consolido este juicio? Cuando me voy educando en la belleza, de lo contrario prima el mal gusto o la vulgaridad. Es por eso que los griegos, los romanos, los medievales y hasta los renacentistas educaron siempre a través de los arquetipos bellos y virtuosos como los héroes, los santos y los sabios.
Es un lugar común y no menos cierto que desde hace una docena de años el tango comenzó a renacer. Esto es un hecho verificable que cualquiera puede comprobar recorriendo la multiplicación de las milongas, las orquestas, los cantantes y los bailarines que son los cuatro elementos indispensables para la realización plena del género musical: tango.
Solo faltan multiplicarse los canales de TV (existe sólo uno) y las radios (son dos o tres) en Buenos Aires.
El desarrollo histórico del tango ha sido estudiado por innumerables investigadores que lo han hecho en forma acabada. De estos estudios (Ferrer, Barcia, Gobello, García Giménez, del Priore, etc.) podemos establecer las siguientes etapas:
a) su nacimiento campero y orillero: “nació en los Corrales Viejos/ allá por el año 80 / hijo fue de la milonga /y de un taita de arrabal”.
b) etapa del tango criollo donde Gardel, Saborido, Gobbi, Arolas consolidan el género.
c) todos están de acuerdo que con Pascual Contursi se inaugura la etapa de plenitud del tango.
d) la revolución libertadora de 1955 lo prohíbe como manifestación masiva y comienza una larga etapa de decadencia con la primacía del mal gusto.
e) Es a partir del gran espectáculo en París (1982): trottoirs de Buenos Aires, con un cantor no gritón como Goyeneche, una pareja de baile no acrobática como Gloria y Eduardo, y una orquesta sobria, el tango comienza lentamente su renacer. A lo que hay que sumar el impulso europeo de Piazzola con el tango para escuchar.

Pero ¿por qué decayó el tango desde el 55 al 81?
En primer lugar existe una razón política fundamental, como muy bien estudió mi amigo y bailarín eximio Atilio Verón, la llamada revolución libertadora lo prohibió como espectáculo multitudinario. No querían ver a las masas juntas, querían el pueblo suelto, porque el pueblo seguía siendo peronista, y Perón era el enemigo odiado y execrado. En una palabra, era el Diablo para los generales golpistas y los gorilas.

El segundo elemento que juega en la decadencia del tango es la introducción del rock norteamericano promocionado y difundido a diestra y siniestra por todos los mass media de la época. Se inaugura la influencia directa, caído el peronismo, de los Estados Unidos sobre nuestra juventud a través de la música y de la comida. Junto al rock aparece la hamburguesa.


El tercer elemento fundamental en este arrastre decadente del tango es: el mal gusto. Y este mal gusto estuvo vinculado desde siempre a la televisión. Primero fue la Familia Gesa en el canal 7 con Virginia Luque y cuanta cachirulada se le podía sumar. Y luego, grandes valores del tango con Silvio Soldán que no dejó vulgaridad por realizar. Vulgaridad, chabacanería y kitsch que continúa hoy mismo realizando, ahora para la televisión de un gobernador “raro” como el de San Luis o para canal 26 de cable. Una vulgaridad irreductible al desaliento.

Y así, el pueblo argentino, fue sometido treinta años, dos generaciones, a la prepotencia del mal gusto en todo lo que hace al tango. Orquestas con mil variaciones sobre las piezas que las hacía imbailables, cantores que a los gritos buscaban impresionar, recordemos a Sosa, Dumas, Lavié, Rinaldi et alii y bailarines acrobáticos como Copes y tantos otros, que nadie podía seguir.
Frente a esta avalancha del mal gusto, en forma silenciosa, sin decirlo, pero haciéndolo, hoy ninguna milonga pasa un tango de Sosa, Dumas, Lavié, Rinaldi y esa pléyade de cantores-espectáculo, porque no llevan el ritmo de la danza ni el tiempo de la música.

Es cierto que durante ese período, el de la decadencia, hubo excepciones en cantores como Goyeneche o Floreal Ruíz, en orquestas como la de Pugliese o Trolio, en bailarines como Virulazo o Gavito y en programas como La Botica del Angel de Vergara Lehumann, pero no podían sobreponerse a la ola gigantesca del mal gusto encarnada por Silvio Soldán y sus ramplones invitados, promocionados masivamente por la televisión.

El pueblo argentino asistió como convidado de piedra, al menos por dos generaciones, al vaciamiento del tango y sus sentidos.

Hoy casi llegando el centenario, a medio siglo de su prohibición masiva, asistimos al renacer del tango. Jóvenes cantores que no cantan a los gritos sino melodiosamente y letras no lloronas, noveles orquestas que no imitan pero que tampoco caen en “ocurrencias” más o menos novedosas, como todas las variaciones infinitas de los Stampone, Garello, Federico, Baffa, Berlingieri o Libertella. Bailarines que no se disfrazan de tangueros haciendo las mil piruetas de acróbata berreta, sino que bailan “al piso”como Gavito o del Pibe Sarandí. En fin, todo un renacer. Claro que desplazar al mal gusto, a la cachirulada, que tiene medios materiales y hace medio siglo que está instalada es más difícil que mear en un frasquito como diría un reo. Pero, no obstante, las figuras van saliendo y el tango se está volviendo a plantear y a presentar como un todo: orquesta, cantor, bailarines y ambiente.

Cómo será la prepotencia de la vulgaridad que acaba de ganar una pareja nipona el campeonato mundial de tango salón en un final de treinta parejas la mayoría argentinas. Y qué fue lo que se destacó en los japoneses: la elegancia, el buen gusto en el vestir frente a los ropas chillonas y la ramplonería de la vestimenta de las parejas argentinas: bailarines con zapatos de charol blanco y bailarinas lentejuelas de oropel. La colonización cultural del mal gusto en el tango argentino ha creado toda una industria de la vestimenta cachirula, que lamentablemente los turistas extranjeros compran e importan sin criterio.


Vemos como persisten, no se jubilan ni se retiran, los falsos y ordinarios espectáculos de tango para “la gilada”, o sea, los turistas.
Hay mucho dinero en juego alentando y medrando con la vulgaridad. Léase: Señor Tango en Barracas o Bocatango. Es que el carácter de prosaico, de mal gusto, de kitsch, de vulgar, de ramplón se le ha metido hasta el tuétano, hasta el orillo. Eliminar esto, es la tarea fundamental de este renacer tanguero. Esto es lo que propuso en plena decadencia (el 7 de octubre de 1969) Jorge Luis Borges, con quien disentimos políticamente, pero no podemos dejar de reconocer que, si algo fue: “fue un parapeto a la mediocridad” en el tiempo que le tocó vivir. Y allí afirma con su clásica ironía borgeana: “este tango que se toca ahora es demasiado científico”. Había perdido su carácter de genuino, era una impostura vulgar.

Escribimos esperanzados en que este renacer del tango deje de lado, rápidamente, lo prosaico y pueda reconstruir en un sano equilibrio las cuatro patas en que se debe apoyar todo tango genuino: orquesta, cantor, bailarines y milonga, o sea, música armoniosa, cantor acorde, bailarines a ritmo y ambiente apropiado.
Cualquiera de ellas que falte o que se sobre estime, hace que esa gran mesa que es el tango y en la que, de una u otra manera, comemos todos los argentinos, se desequilibre.

Post Scriptum:
Hay un escritor argentino, Ricardo Piglia, quien enseña en la universidad de Princeton hace muchos años literatura y seminarios sobre tango, donde sostiene expresamente: “El tango tiene, como tienen los grandes géneros, un comienzo y un final muy claros. Ya sabemos que el primer tango fue “Mi noche triste” de 1917, y yo digo un poco en broma y un poco en serio que el último es “La última curda”, de 1956. Después de ese tango lo que se hizo fue otra cosa, porque se perdió la idea de situación dramática que sostiene y controla toda la argumentación poética, y empezó ese sistema de asociación libre, de surrealismo un poco berreta del violín con el gorrión y la caspa con el corazón”. (La Nación, suplemento ADN, Bs.As. 19/4/08, p. 7).


(*) filósofo, o mejor arkegueta, eterno comenzante
alberto.buela@gmail.com

Saturday, September 19, 2009

Friday, September 18, 2009

Pepe Robledo

A comienzos de septiembre falleció en Higuera de la Sierra mi amigo Pepe Robledo, todo un personaje. No hace tanto fuimos a visitarlo mi hermano y yo a la casa donde vivía, es decir, donde se pasaba la vida y aguardaba la muerte sentado a una mesa de camilla empalmando pitillos y con una especie de biberón por delante lleno de aguardiente. Una vez un radiólogo les hizo un reconocimiento a él y a Otilio, el hijo del secretario del Ayuntamiento, otro gran cliente de la Caldera, es decir, de la fábrica local de anises y aguardientes, y diagnosticó que sus hígados estaban tan sanos y frescos como los de un recién nacido. Yo me inspiré en Pepe y sus anécdotas en una obra de teatro a medio camino entre Valle-Inclán y los Quintero que titulé Puebla de las Tinieblas. Era una mezcla curiosa de anacoreta y libertino, y no sé si era más divertido lo que él contaba que lo que se contaba de él. Mordaz y fabulador, tenía hecha una radiografía completa de todos sus convecinos con los que apenas se trataba y a algunos de los cuales dedicaba mortíferos epigramas y caricaturizaba con apodos ingeniosos. Era misántropo pero nada misógino. Se acostó una noche como de costumbre después de tomarse sus biberones de anís y a la mañana siguiente lo encontró ya frío su asistenta colombiana. Cuando yo lo visité me dio quejas de la anterior, que era del pueblo, y a quien llamaba la Gondolera por el estilo con que agarraba el palo de la fregona. Su muerte acaeció en plena semana de fiestas locales y solemnidades religiosas con que culminaba la novena de la ermita del Cristo, y a ellas vino a sumarse su funeral en la parroquia, al que siguió una misa por su primo Francisco Girón, el cura, el organizador del festival taurino en beneficio de la Cabalgata de los Reyes Magos, que aquella misma tarde se celebraba con la participación de José Luis Paradas, Ortega Cano, Espartaco, Pepe Luis hijo, el Litri hijo, entre otros. Como al parecer Higuera tiene tarifa plana con las alturas, tal vez porque su alcalde actual hace milagros con la informática, se ha podido saber que al llegar Pepe Robledo al Empíreo y salir su primo a recibirlo, lo primero que le dijo fue: “¡Hombre, Pepe, cómo eres! ¡Mira que irte a morir el día del festival para chafármelo!” Reproduzco a continuación algo que escribí sobre él en otra obra inédita.



Una de las promesas incumplidas de mi padre fue la de mandarme interno a Villafranca de los Barros. Luego, por lo oído, esa promesa casi me parece una amenaza. A mis hermanos sí que los llevaron, por lo menos hasta la sala de visitas, en un viaje que mis padres hicieron con ellos, donde fueron recibidos por uno de los padres jesuitas. Fue mi madre la que puso fin a la entrevista diciendo que aquellos niños no habían cometido ningún delito como para meterlos en semejante encierro.
El internado de Villafranca de los Barros tenía por lo visto cierto prestigio en todo el suroeste y a él mandaban sus retoños las familias pudientes. Cuando la República expulsó a la Compañía de Jesús y se incautó de sus centros docentes, los reverendos padres trasladaron sus actividades a Estremoz, y en esa bella ciudad portuguesa cumplieron pedagógica condena muchachos de Aracena, como Pablito Rincón; de Sevilla, como Rodrigo Betancourt; de Almendralejo, como el marqués de la Encomienda, o de Higuera, como Pepe Robledo.
Pepe Robledo era tan malo que los reverendos padres le llamaban “El Bolchevique”. Se escapó tres veces: una de Estremoz y dos de Villafranca. La vez que se escapó de Estremoz fue a parar a Borba. Las escapadas de Villafranca finalizaron en sendos cortijos de sendos amigos: una por La Albuera y otra por los Santos de Maimona. “El Bolchevique” iba siempre hecho un dandy y además se las arreglaba para no canjear por vales del internado todo su dinero; lo que lograba retener lo guardaba en el azogue de un espejo y de él se valía para sus mil fechorías, tales como favorecer la fuga de su hermano Juan, dos años mayor que él, al que proveyó de fondos para el viaje. Juan abordó el ómnibus de
La Estellesa, pero como no tenía bastante dinero para llegar a Sevilla, hubo de apearse en Santa Olalla, donde tenían una finca. Al echársele de menos, las sospechas recayeron en su hermanito “El Bolchevique”, que se cerró en banda. Los inquisidores lo sitiaron por hambre, a ver si así hablaba, pero él, en un descuido, atracó a un camarero mariquita encargado de transportar los panecillos al comedor amenazándolo con una pistola detonadora. Coco, que así le decían al camarero, por poco se muere del susto y Pepe se apoderó de todos los bollitos que pudo. Los reverendos padres estaban por un lado preocupados y por otro maravillados. (“Este niño no puede estar tanto tiempo sin probar bocado…Va a enfermar…") Pero el niño no enfermaba, que bien que zampaba bollos a robaguita, hasta que por fin Juan fue habido en la finca de Santa Olalla, a donde vino a buscarlo su padre en el Hispano-Suiza y lo restituyó al internado.

Thursday, September 17, 2009

Dos semanas de vacaciones


El miércoles 16 de septiembre, un día de llovizna otoñal tras unos días de veranillo de San Miguel, lo que allá llaman Indian Summer, nos despedíamos de los bosques y las praderas de Pennsylvania con una visita a la casa museo de Pearl Sydenstricker Buck en Green Hills Farm, la propiedad de 60 acres, algo más de 24 hectáreas, que se compró en 1934 al tiempo de unirse en matrimonio con su editor Richard Walsh. Pearl S. Buck, hija de misionero presbiteriano, pasó en China la primera mitad de su vida - cuarenta años - y dedicó los cuarenta restantes a redimir de la pobreza y la miseria a huerfanitos asiáticos de los que cuidaba personalmente y tenía alojados en su finca de Pennsylvania que en sus últimos años transformó en una Fundación. Al mismo tiempo fue autora de éxito y en 1938 recibía el premio Nobel. No vamos aquí a descubrir su ingente obra. Baste mencionar su primer gran éxito The good earth, de la que se hizo una memorable película con Paul Muni de protagonista. Son incontables los trofeos, las condecoraciones, los diplomas, los vestidos, los objetos valiosos de varios continentes seleccionados con un gusto exquisito en una casa que ya sería acogedora por los libros de sus estanterías, que se remontan a una antigua edición de Dickens encuadernada en azul de la que Pearl nunca se separó desde su adolescencia. Cn ser mucho y bueno lo que en la casa hay, nada hay de rancio o recargado, por la luminosa sencillez oriental con que están distribuidos los espacios. En su cruzada por los niños pobres del tercer mundo no hubo puerta por alta que fuera a la que no llamara, y fueron varios los Presidentes de su gran país los que la escucharon con atención. Uno de ellos, Richard Nixon, la quiso incorporar a su séquito cuando viajó a China para normalizar relaciones con este país al concluir la guerra del Vietnam, pero las autoridades de Pekín le denegaron el visado alegando lo mal que ella había tratado al régimen en sus escritos. Detrás de la denegación había sin embargo algo más personal, y es que, cuando aún vivía en China y colaboraba en los periódicos de Shanghai, existía una rivalidad entre dos grandes actrices y Pearl tomó partido por una de ellas, cosa que nunca le perdonaría su rival, convertida por su matrimonio con el Gran Timonel en la primera dama de la Revolución.