Friday, May 28, 2010

Lecciones de cosas

Miguel d'Ors tiene el arte de combinar lo prosaico con lo elegante. Viene a ser un T.S. Eliot sin quebraderos de cabeza. Pocos son los que como él hacen una crítica tan honda y tan diáfana de esta modernidad de nuestros pecados.

Thursday, May 27, 2010

Morante en Nimes


(Apunte de Pedro Serna)
23 de mayo de 2010

Wednesday, May 26, 2010

O cuartel o burdel

Mi amigo Ricardo Viejo, de Villaviciosa de Asturias, me descubrió en el último decenio del pasado siglo al colombiano Nicolás Gómez Dávila, a cuyos aforismos vuelvo siempre como a una fuente a beber y en los que siempre hay un hallazgo o una sorpresa. La última es de hoy y está en Escolios escogidos (y sistematizados y prologados por Juan Arana). Los Papeles del Sitio. Valencina, 2007. El aforismo que me sorprende es éste: Única alternativa en este fin de siglo: cuartel oriental - burdel occidental. Está tomado del libro Escolios a un texto implícito II. Instituto colombiano de cultura. Bogotá, 1977. Alguna vez he comentado un viaje a Madrid en que coincidí en el tren con don Francisco López Estrada y hablando de mis afinidades con Octavio Paz, él me dijo que eso era lo que Ortega llamaba "sinfronismos". Como a continuación se verá, no es Paz el único ultramarino de nuestra raza con el que yo pueda haber "sinfronizado".


Monday, May 24, 2010

Don Francisco López Estrada


Ha fallecido en Madrid don Francisco López Estrada. Su última carta fue para excusar su asistencia a un acto mío en Madrid en razón de su avanzada edad y de su soledad, agravada por la muerte de su esposa María Teresa, precedida de un proceso de la dolencia de Alzheimer. Es mucho lo que le debo y creo que lo mejor será reproducir aquí algo del reconocimiento de esa deuda en vida de él que pertenece a un libro colectivo en su homenaje. La instantánea está tomada en los Reales Alcázares de Sevilla el 20 de noviembre de 2001 con ocasión del CCL aniversario de la fundación de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Completan el grupo, con el que suscribe, el Excmo Sr don José María Alberich Sotomayor y el Excmo Sr don Eduardo Ybarra Hidalgo, Director a la sazón de la Academia.

López Estrada, criptonovelista

La festividad de Santo Tomás de Aquino de 1948 o 1949 se conmemoró con un acto académico en el paraninfo de la Universidad en el que se presentaba a la afición sevillana un joven catedrático de Literatura. Fue el más brillante de los tres oradores; no recuerdo sobre qué habló, acaso sobre el viaje de Ruy González de Clavijo al Gran Tamerlán, pero sí que recuerdo muy bien que dijo haber llegado de la Universidad de la Laguna, “avanzadilla cultural de España en el Atlántico”. El joven catedrático recién trasladado de Canarias se llamaba don Francisco López Estrada y era, como le gustaba decir, “catalán bilingüe”. Aunque yo estaba matriculado en Derecho, las dimensiones de la Universidad de entonces permitían el roce con otras Facultades, y el mío fue con la de Filosofía y Letras por más de un motivo. No sé cómo trabé conocimiento con don Francisco, a alguna de cuyas clases asistí de oyente. El caso es que muy pronto fui convocado por él a una tertulia literaria en el café Los Corales, a la que entre otros asistían Luis Romero Yáñez-Barnuevo, que simultaneaba el aprendizaje de la Literatura con el de la Música, y Manuel Barrios, que estudiaba cuarto de Derecho y lucía un abrigo beige muy bien cortado. De aquella tertulia salió una revista, fundada por don Francisco y titulada Floresta de varia poesía, y si se me apura, otra también, Aljibe, entre cuyos fundadores figuraban tres alumnos suyos: Bernardo Víctor Carande, Juan Collantes de Terán y Angel Medina de Lemus. Por él conocí a Romero Murube, para mí entonces nada más que un nombre de una “Sevilla oficial” que, ¡oh, adolescencia!, yo rechazaba rotundamente. La tarde que pasamos en la Casita del Moro, la vivienda que Joaquín se había labrado en el callejón de la Judería, me deshizo más de un prejuicio, pues de pronto me vi tocando con los dedos a la mítica generación del centenario de Góngora. Aquella tarde, que entraba dorada y verde desde los jardines del Alcázar, fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida literaria, una ocasión de oro a la que el discreto don Francisco me había introducido como el que no quiere la cosa. En la tertulia de Los Corales yo le había llevado tiempo atrás un soneto que yo creía perfecto, y él, con la máxima delicadeza, me vino a decir que aquello ya estaba dicho, nada menos que por Horacio y por Ronsard. Insistí yo en que por lo menos me dijera si en mí había madera de poeta y no hubo manera de conseguir que se pronunciara al respecto. Luego entendí que su respuesta fue, por ejemplo, aquella visita que hice de su mano a Romero Murube.

En las perplejidades del fin de carrera, fue él quien me animó a que pidiera una beca del Consejo Británico. Seguí su consejo y así fue como logré entrar en la Universidad de Cambridge, otro hito en mi vida. Desde entonces, con un breve paréntesis, mi vida transcurrió fuera y lejos de Sevilla, pero siempre nos veíamos a cada visita y de un modo u otro nos manteníamos en contacto. Siempre nos hablábamos de usted, pues la buena crianza de aquellos tiempos hacía que los catedráticos se hicieran respetar respetando. El tratamiento me lo apeó él una noche que vino con su mujer a cenar a mi casa romana.

No es éste el lugar de hablar de laCursiva

ingente obra filológica del profesor López Estrada, pero sí de decir algo de su vocación secreta de creador literario. En más de una revista de la época hay algún relato suyo. Hace años, me comentaba Gimferrer en Barcelona que le habían hablado de una novela inédita de López Estrada. No supo decirme mucho más, pero yo me acordé de una de aquellas tertulias en la Casita del Moro, con José Luis Cano, con José María de Cossío, con Dámaso Alonso, con Jorge Guillén, con Gerardo Diego, en que López Estrada, movilizado en su Cataluña natal, refirió la extraña sensación colectiva de estar fuera del tiempo y del espacio, cuando las autoridades del bando derrotado habían huído y aún no habían tomado posesión las del bando vencedor. Eso duró unos días, y él decía que describir esos días podía ser un buen asunto para una novela. Anímese usted, don Francisco, le digo ahora si no se lo dije entonces.

Saturday, May 22, 2010

Meye Maier



(Honfleur, Normandía)



(Las Arenas desde Portugalete)


A Meye Maier
¡Las niñas bien de calcetines blancos
en aquellos veranos de trasguerra!
En los jardines de Alderdi Eder
el plumón verde de los tamariscos.
El cine de los martes y domingos
en el Teatro Principal. El Náutico
empavesado a punto de zarpar.
El obsesivo “son de la marimba”.
Los catalejos en los miradores.
Las sirenas pidiendo práctico.
El alto puente del trasbordador
y abajo, las traineras, como galgos marinos.
Entre los barcos que limpiaban fondos
y las parrillas para asar sardinas,
arco iris de escamas y de agua
salada y sucia de petróleo y coque.
El misterioso rayo verde
que nadie nunca llegó a ver
encendía en el fondo de la ría
la falsa aurora de los altos hornos.
En el andén del tren eléctrico
pescaderas de faldas de mahón,
y allende el agua, bajo las acacias,
las niñas bien de calcetines blancos.
Negrita
(Entreluces. Renacimiento. Sevilla, 2009)

Thursday, May 20, 2010

Valle de los Caídos


Véase ARRIBA

Wednesday, May 19, 2010

Sunday, May 16, 2010

La Cartuja de Jerez en la Feria de Sevilla


Mi dilecta amiga y colega, la Excma. Sra. doña Enriqueta Vila tiene la gentileza de obsequiarme con un ejemplar del facsímil de la revista La Feria de Sevilla 1946-1949, que fundó y dirigió su progenitor, don Enrique Vila, uno de los grandes periodistas de la Sevilla de su tiempo. Los cuatro números correspondientes a esos años, que son los que se recogen en esa publicación con el sello de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, fueron presentados en el museo de horrores o sala del crimen - léase exposición de carteles anticonvencionales - de esa regia institución. Es un tesoro, y en él están todas las grandes firmas de una época inolvidable. Esas firmas no se limitaban a Sevilla - ya en el primer número hay un trabajo de don Eugenio d'Ors - ni a los consagrados, y eso me proporciona la grata sorpresa de esta página dedicada a la Cartuja de Jerez, de un joven poeta jerezano: Juan Valencia. Juan Valencia pertenecía a la misma promoción que José Luis Acquaroni y José Manuel Caballero Bonald cuyos nombres ya sonaban y tenían para los que éramos más jóvenes ese prestigio que confieren la lejanía y unos años más de edad. De todos ellos era Juan Valencia el primero en publicar libro de versos, Relox de primavera, libro que él ya repudiaba pero que los demás le envidiábamos por el gusto con que estaba editado sobre todo. Todos ellos estaban además envueltos en un halo luciferino de aventura y anticonvencionalismo. Juan estaba emparentado con Pilar Paz y tenía un hermano, Antonio, con fama de buen cantador de flamenco. En Cambridge conocí a un chico llamado Bill Affleck, que me mostró unos poemas algo decadentes escritos en español y muy influidos por Aleixandre; uno de ellos estaba dedicado a Juan Valencia. Juan Valencia se había casado por entonces con la menor de las hermanas Formica Corsi, Margarita, que ya había tenido una turbulenta experiencia matrimonial con un hijo del arquitecto don Juan Talavera, y ambos vivían en Málaga, donde él colaboró bastante en la revista Caracola. Yo no lo conocí hasta poco antes de su muerte, ya a mediados de los 80, en Córdoba, a donde habíamos acudido a homenajear a Pablo García Baena.

Thursday, May 13, 2010

Un chiste macabro

En un mundo en el que, como si tal cosa, se derriban aviones de pasajeros, se vuelan restaurantes, se incendian escuelas, se asesina a mansalva y se secuestra y se tortura física y moralmente, existe una entidad, llamada Amnistía Internacional, que se desvela, se desvive y se despepita la pobre para que los autores de esos desmanes, siempre y cuando estén animados de ciertos móviles políticos, no sean ejecutados ni torturados ni encarcelados, sino tratados como sujetos por excelencia de derechos humanos, de esos mismos derechos a los que sus víctimas no han sido dignas de tener derecho. Evidentemente, Amnistía Internacional no se fundó para condenar el delito, sino para proteger al delincuente. Amnistía Internacional es una cosa así como la Sociedad Protectora de Animales, y a nadie se le ocurriría acudir a esta benemérita institución a curarse del mordisco de un perro o de la coz de un burro. Un delincuente es, o era, un sujeto que se pone fuera de la ley, fuera de todo derecho, pro una vez la ley le echa el guante, queda sometido a ella, queda bajo su imperio, al menos en los Estados de Derecho, y ha de expiar su quebrantamiento, su incumplimiento, y a la vez queda bajo su protección en lo que a garantías procesales se refiere.

Puede que mis ideas jurídicas estén algo anticuadas. De todos modos, lo que acabo de decir acaso en algunos países se tenga todavía en cuenta en el caso de los delitos comunes, pero dudo mucho de que resulte ya de recibo en el caso de los delitos políticos. En el caso de los delitos políticos - y conste que me estoy refiriendo exclusivamente a los delitos de sangre - tiene hoy en día menos importancia el castigo del delincuente que su protección jurídica, protección que se plasma en indultos, sobreseimientos y “reinserciones” a granel. Este brusco desequilibrio entre el castigo y la protección, a favor de la protección, por supuesto, sólo puede significar jurídicamente una cosa, y es que el Estado de Derecho no está tan seguro de su buen derecho como los delincuentes políticos del suyo; en el plano moral es consecuencia de un indiferentismo a ultranza que hace consistir la justicia en la equiparación absoluta del bien y del mal, indiferentismo en el que incurren incluso ministros de la Santa Madre Iglesia, muy propensos a olvidar lo que San Juan dice de los tibios. Esto por no hablar de otros ministros del Señor que se enfundan con un celo sospechoso la toga de abogados del Diablo. El resultado en cualquier caso es que la noción del delito punible deja paso a la del delito premiable.

De sobra sé que en materia de delitos políticos no es lícito generalizar, y que un presunto delito político es más o menos grave, es más o menos delito según se contemple a la luz del derecho o a la luz de la jurisprudencia de Nuremberg. La jurisprudencia de Nuremberg no fue más que el acto final de una guerra en la que, como suele ocurrir en estos casos, los vencedores castigaron a los vencidos haciendo tabla rasa de toda ciencia jurídica pasada, presente y por venir. Por muy antijurídico que fuera el que los jueces tipificaran sobre la marcha unos delitos que no estaban tipificados en ninguna ley, también es verdad que la fuente del derecho es muchas veces la fuerza, y que en aquella ocasión la fuerza la tenían quienes hicieron mangas y capirotes del derecho para dar una semblanza jurídica a un sencillo acto de guerra. Como saben muy bien los polemólogos, son incontables las ocasiones en la historia de la humanidad en que los vencedores pasan a cuchillo a los vencidos; la novedad de Nuremberg estuvo en hacer que ese acuchillamiento sentara jurisprudencia, y así fue cómo se introdujo la ley del embudo en el derecho penal internacional. Ya existía la jurisprudencia de Nuremberg, por lo menos in fieri, cuando se arrojaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, pero como ya existía la ley del embudo, nadie calificó de genocidio esos actos de guerra. Y es que en Nuremberg, más que los delitos en sí de los vencidos, lo que se castigó fue los móviles ideológicos de esos delitos; se castigó y se proscribió a perpetuidad una ideología, la fascista, que Benedetto Croce calificó de enfermedad moral juntamente por cierto con el marxismo. Aun admitiendo que fascismo y marxismo sean las únicas enfermedades morales en el terreno político, que no lo son, lo cierto es que una enfermedad moral no se la proscribe legalmente, sino se la trata o se la mitiga. Me aclaro. Enfermedades morales son también la piromanía y la homosexualidad, pero el que las padece no puede ser un proscrito por el mero hecho de padecerlas, sino por cometer delitos que puedan o no tener su origen en su condición patológica. Mientras el mundo exista habrá racistas, comunistas, maniáticos, fanáticos, etc., etc., y lo que la sociedad tiene que hacer con sus leyes es evitar que “se realicen” en el crimen. Lo que no puede hacer es prohibirles ni impedirles ser lo que fatalmente son. A la democracia liberal, que también puede llegar a ser una enfermedad moral, no se la puede proscribir por el mero hecho de que en 1945 un demócrata borrara del mapa dos ciudades japonesas.

A mí me parece muy mal que los alemanes metieran en campos de concentración a los judíos como me parece muy mal que los cubanos metan en campos de concentración a los homosexuales, pero por mal que todo ello me parezca, en el mundo seguirá habiendo simpatizantes del nacionalsocialismo y del marxismo-leninismo, y eso no lo puede impedir ni reprimir ningún código ni ningún tribunal ni ningún Estado; lo que sí pueden y deben impedir, y castigar, es que los simpatizantes de esas ideologías, o de otras cualesquiera, o de ninguna, atenten contra la vida del prójimo o contra la paz del territorio, que es como se dice “orden público” en alemán.

Alguna vez he dicho, y lo repito ahora, que nuestra civilización acusa síntomas alarmantes de senilidad, pues del mismo modo que el anciano olvida dónde dejó las gafas hace media hora pero conserva una memoria fotográfica de lo ocurrido en su niñez, nosotros acreditamos una memoria de elefante para delitos ocurridos hace medio siglo y en cambio amnistiamos, es decir, olvidamos los perpetrados hace veinticuatro horas. He aquí por qué, Amnistía Internacional, criatura senil de la jurisprudencia de Nuremberg, no se opone ni tiene por qué oponerse a la caza de nazis octogenarios o nonagenarios o muertos incluso, pues ni en los cementerios están a salvo, como pudo verse en el escándalo por la visita de Reagan al cementerio de guerra alemán de Bitburg, y en cambio se desoreja y se descuerna por aliviar la suerte o poner en libertad a delincuentes políticos convictos y confesos que están en la flor de la edad y dispuestos a seguir matando por sus ideas en cuanto salgan a la calle. A seguir matando sin cuartel. Amnistía Internacional no hace más que pedir cuartel para los que hacen la guerra sin cuartel. Amnistía Internacional es un chiste macabro.

Nos queda la Esperanza


Vean y oigan y entérense

Lingúística parlamentaria

Véase El Asno de Rotterdam

Wednesday, May 12, 2010

Las verdades del porquero


Editing

Papeleta para la RAE. Editing: Barbarismo eufemístico con el que se designa la censura "politicorrecta". Véase Libertad Digital

Tuesday, May 11, 2010

Monday, May 10, 2010

UNA REMEMBRANZA DE INTERÉS

Fernando Savater: Mira por dónde
Por Pío Moa
Los progres que uno ha conocido coinciden por lo común con el retrato que Javier Cercas, el de Soldados de Salamina, pinta de sí mismo: gente llena de neuras, depres, alternancias de indignación y autocompasión, de cinismo y sensiblería… Dados los ingredientes de su manutención intelectual, parece bastante lógico.
Pero algunos estómagos privilegiados pueden con todo. Savater, caso poco común, traga desde los tópicos más tópicos del anticlericalismo o el antifranquismo a las drogas, desde la liberación sexual o la pornografía a la garrulería volteriana o el pacifismo… ¡Y todo le sienta bien, al tío! Su autobiografía, Mira por dónde, deja, a ratos, la impresión de un eufórico chisgarabís encantado de haberse conocido y no lejano de la felicidad perfecta. Y como dista tanto de ser bobo, el lector queda con la sospecha de si no acompañará sus raciones de progresismo con algún antídoto secreto. El antídoto que en los tiempos remotos del franquismo permitía a los progres mantener una pasable autoestima era la descalificación sumaria de aquel régimen, sobre el cual descargaban todas las culpas, hasta por los disparates o las ineptitudes puramente particulares de los antifranquistas. Por no ir más lejos, así han explicado algunos críticos las deprimentes memorias, tan personales, de Jesús Pardo: “Con un régimen semejante, ¿cómo quieren ustedes que no fuésemos unos completos idiotas?” vienen a decir, los pobres.Savater no llega tan lejos, pero a veces ha aludido a la ferocidad de una dictadura que incluso llegó a encarcelarlo a él, pese a no ser de los más subversivos. O refiere la muerte del estudiante Enrique Ruano, caído por el hueco de la escalera de su casa, se dijo que empujado por la policía: “Entonces no era infrecuente este tipo de accidentes fatales, en comisarías o durante los interrogatorios. Creo sencillamente que, de un modo u otro, lo mataron”. Esto no concuerda con sus previas apreciaciones sobre el carácter de la policía, y en realidad esos “accidentes” eran sumamente infrecuentes. Yo no recuerdo ahora mismo ningún otro caso, aunque pudo haberlo, aparte del bastante anterior de Julián Grimau. Su excepcionalidad y la poca relevancia política de Ruano vuelven improbable la tesis del asesinato. También la estancia de Savater en la cárcel, contada por él mismo, ilustra bastante sobre el panorama. Le detuvieron con un centenar más de estudiantes, durante un estado de excepción, y los aglomeraron en unas pocas celdas disponibles en la DGS madrileña. De allí pasaban a prestar declaración. “Uno de los primeros en subir fue José Mari Mohedano (…) al que bajaron luego en no muy buen estado: le habían zurrado (…) Pero José Mari no perdió por eso el entusiasmo subversivo y procuraba aliviar las magulladuras cantándonos coplillas revolucionarias cubanas”. Cuando le llegó el turno, “me interrogaron sin crueldad”. Al volver a la celda, los grises, como se llamaba a los equivalentes de la policía nacional, “se interesaron solícitos por mi estado: ¿qué te han hecho esos? ¿Te han zurrado? Les transmití un parte médico absolutamente tranquilizador”. Ya en la cárcel de Carabanchel, la situación “tampoco carecía de cierto encanto sombrío”. El caso de un joven que se había prostituido le provoca este comentario: “En la cárcel se castiga, pero no se reeduca al adolescente: más bien se les sella para siempre con la impronta de la marginación y la ilegalidad”. En parte es cierto, sólo en parte, y también lo es que no hace falta ir a la cárcel para prostituirse: el viejo negocio ha alcanzado en estos años últimos una dimensión realmente gigantesca. Luego, “apareció por la enfermería Marcelino Camacho, al enterarse de que allí había dos estudiantes (…) (el otro era un chaval que no pasó por la galería, quizá por algún tipo de recomendación de las que tan útiles resultan en esos casos). Camacho estuvo muy amable y nos trajo naranjas; daba la impresión de moverse por Carabanchel como si fuera el alcaide. Hablamos un poco de la situación, de la necesaria alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura y nos dio noticias alentadoras sobre la revolución en marcha, porque según él se estaban sublevando zonas de Vallecas”.Savater estuvo un mes en la cárcel, que desde luego tenía muy poco en común con el Gulag o las prisiones cubanas, cuyos creadores tanto encandilaban a Mohedano y a casi toda la oposición antifranquista. No obstante, y dramatizando un poco, asegura: “una vez se ha estado en la cárcel nunca se sale ya del todo”. El libro Savater describe bastante bien a aquella oposición. Como señala muy adecuadamente, los antifranquistas reales, incluso con actividad moderada, eran escasos. La mayoría de los antifranquistas lo son post Franco, y “se dedicaban entonces al periodismo, a sus carreras, a sus obras de arte, a sus amores y negocios… por lo que no tenían tiempo para hacer política más que en la estricta intimidad. ¡Bien hubieran querido luchar subversivamente, desde luego, pero el resto de sus ocupaciones les impidieron el heroísmo, incluso de cuarta categoría”. La oposición tampoco exigía, por lo común, una dosis excesiva de heroísmo: “Decía Tierno Galván que el franquismo era un totalitarismo suavizado por el incumplimiento generalizado de las leyes; también resultó ser un régimen policial aliviado por la incuria de los funcionarios represivos (…) En el fondo, creo que les daba igual (a los funcionarios) y con razón. Con una oposición militante como la nuestra, el régimen podría haber durado mil años”. Exagera un tanto Savater cuando, después de esa descripción, afirma: “El franquismo lo fuimos liquidando poco a poco quienes no nos resignamos del todo a su tiranía, como se comprobó al día siguiente de la muerte del dictador”. Lo que se comprobó fue el fracaso de una “democracia orgánica” en la que ya casi nadie creía dentro del régimen, y la lógica evolución del mismo, que la oposición intentó, sin éxito, convertir en “ruptura”.Como buen progre, Savater flirteó un tiempo con los nacionalismos balcanizantes y cercanos al terrorismo. Por fortuna se desengañó pronto, y con el tiempo pasó a convertirse en un azote del nacionalismo vasco, al cual aplica sin miramientos su aguijoneante y también privilegiada pluma, con una valentía tan poco usual como inesperada. El movimiento creciente de oposición a los fanáticos de Arana y de la épica del tiro por la espalda debe mucho a la argumentación y el ejemplo práctico de Savater. Un día, caminando por San Sebastián, iba él preguntándose: “¿Qué diablos pinto yo aquí, donde no puedo ni pasearme tranquilo sin custodia policial? ¿Por qué no me largo de una buena vez a un sitio más seguro y me dedico a cosas más propias de mi edad, más serenas —incluso más respetables— y menos arriesgadas? En esas estaba cuando al paso, rápida y trémula, se me acercó una señora mayor, es decir, de mi edad. Frené educadamente, claro, y ella me dijo con un suspiro: “¡Ay, profesor, mientras le veamos a usted pasear por San Sebastián sabremos que no nos han dejado solos!”. Aunque una autobiografía es una exposición, más o menos aguda o sincera, de la propia personalidad, prefiero no entrar en esos vericuetos. El ser humano resulta demasiado complicado para su propia capacidad de comprensión. Quiero decir que aunque nos pasamos la vida juzgando al prójimo, siempre se nos escapan elementos de juicio importantes. Y no digamos cuando nos juzgamos a nosotros mismos.

Friday, May 07, 2010

La tragedia de Don Pelayo

Escribe don Luis Suárez Avila




En mi casa, de toda la vida, ha habido una fotografía de la visita Alfonso XIII a las cuevas-cantera de El Puerto, acompañado de un personaje que siempre me llamó la atención. Era Don Pelayo Quintero Atauri. En mi casa pude leer su Compendio de la Historia de Cádiz y un Catálogo de documentos históricos gaditanos, además de tal o cual artículo sobre arqueología, turismo e historia. Para mí que Don Pelayo era gaditano. Pero me he enterado que era de Uclés. En estos días se le está festejando en su pueblo natal. Don Pelayo estudió Derecho en Madrid, Dibujo en la Escuela de Bellas Artes y la carrera de Archivero Anticuario Bibliotecario, que después se llamaría Licenciatura en Historia. Mi ignorancia ha sido no saber que Don Pelayo, cuando llega a Cádiz, en 1904, tenía ya una larga y nutrida trayectoria como arqueólogo e historiador. En Cádiz, es Delegado de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. Académico de la Real de Bellas Artes, Vocal de la Comisión de Monumentos, Cónsul de Colombia, etc., etc. En 1880, de forma fortuita, se halló en Cádiz, en Punta de Vaca, el impresionante sarcófago antropoide, masculino, que indicaba a las claras la presencia fenicia en esta zona. Don Pelayo siempre soñó con encontrar el sarcófago femenino. Porque mantenía que obras de esta importancia eran encargadas por el matrimonio para su muerte. Don Pelayo murió en 1947. En 1980, el 26 de septiembre, en unas obras de excavación para construir unos cimientos, se halló el sarcófago femenino. Pero no en cualquier lugar, sino precisamente donde estuvo la casa de Don Pelayo, en la calle Ruiz de Alda, debajo de donde tenía la cama, donde dormía y soñaba con su Dulcinea gaditana. Esa fue su tragedia. En 1988, en el patio del Palazo Grassi, en la Plaza de San Samuel de Venecia, ante la Dama de Cádiz, allí expuesta, en la exposición I Fenici, oí esta historia trágica de boca de Sabatino Moscati. ¿Qué habría hecho Don Pelayo para merecer esto? No parece sino que alguna flamenca de Cádiz, Rosa La Papera misma, lo hubiera engafado cantándole aquello de “No te deseo más castigo/ que estés durmiendo con otra/ y estés soñando conmigo.



Wednesday, May 05, 2010

Parecidos



No. No es Octavio Paz. Es Peter Finch.

El Movimiento y el Cambio

Tuesday, May 04, 2010

Más Cataluña


Escribe Enrique García-Máiquez en Diario de Sevilla

Sunday, May 02, 2010

Rabos de pasas para la memoria histórica


II República
Razón tienes, diosa mí­a, cuando me dices que la República - ¡tan deseada!, yo confieso haberla deseado sinceramente-- nos ha defraudado un poco. La cuestión de Cataluña, sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy por sorprendido, porque el mismo dí­a que supe el golpe de mano de los catalanes, lo dije: «Los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la lleven». Y en efecto, contra esta República, donde no faltan hombres de buena fe, milita Cataluña. Creo con don Miguel de Unamuno que el Estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y, en lo tocante a Enseñanza, algo verdaderamente intolerable. Creo, sin embargo, que todaví­a cabe una reacción en favor de España, que no conceda a Cataluña sino lo justo: una moderada autonomí­a, y nada más. Ortega Gasset ha dicho a mi juicio algo muy atinado sobre la psicologí­a del catalanismo; Sánchez Román ha estudiado muy bien el aspecto jurí­dico de la cuestión. Veremos. Yo todaví­a no he perdido todas las esperanzas. (Antonio Machado: Cartas a Pilar. Edición de Giancarlo Depretis. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1994, pp. 259-260.)