Thursday, April 28, 2011

La Maestranza a distancia


(Desde el pais que tiene a los toros por patrimonio inmaterial )

Ver YA

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Monday, April 25, 2011

Contrapropaganda abstencionista


Sólo un partido de masas puede echar a un partido de masas. Votar a un gropúsculo químicamente puro con ínfulas de partido bisagra es lavarse las manos en la palangana de Pilatos. Como vuelva a ganar el contubernio rosa-separatista gracias a las abstenciones y las subdivisiones nos vamos a enterar de verdad los católicos en primer lugar de lo que vale un peine. La alternativa al "mal menor" es el mal mayor o, dicho con palabras de Baldomero Ulianov (a) Lenin: Cuanto peor tanto mejor.

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Saturday, April 23, 2011

Arte moderno


La artista se llama Sally y tiene cinco años cumplidos. Más modernidad no cabe.

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Thursday, April 21, 2011

La sangre de Cristo


(Reproduzco mis reflexiones sobre la Pasión de Cristo al hilo del estreno de la película de Mel Gibson)

La sangre de Cristo

Mis contactos con la enseñanza religiosa fueron efímeros y no puedo por tanto alardear de traumas psicológicos. Nunca supe en primera persona de ejercicios espirituales, por ejemplo. Una idea tengo, sin embargo, y esa idea me permite decir que, al ver la película La pasión de Cristo de Mel Gibson, tengo la impresión de haber hecho de una vez y a la vejez todos los ejercicios espirituales que tenía que haber hecho en la niñez y en la juventud. Esa película dista mucho de ser complaciente y va dirigida a los cristianos en general y a los católicos muy en particular. Yo entiendo que a muchos de ellos les moleste el que se les recuerde que ser cristiano no es tan fácil y que la Eucaristía es un banquete, sí, pero seguido de un sacrificio. Hace muchos años, siendo yo estudiante en Inglaterra, mi amigo el poeta José Luis Tejada me envió una epístola en tercetos en la que decía, en directa alusión al presunto ambiente religioso en que me suponía inmerso: “líbrete Dios del viento de poniente / y de la Biblia azul con mermelada”. Movido de algo más que de curiosidad, asistí a alguna misa anglicana, cuya liturgia me pareció más elaborada que la católica - corría el curso de 1954-55 – pero no podía saber hasta qué punto el sacrificio se eclipsaba ante el banquete. Esto no lo supe hasta muchos años después, a comienzos de los 70, y quien me lo enseñó fue el entonces P. Jesús Aguirre, en una discusión pública, que la policía trató de reventar, con el P. Venancio Marcos. El P. Aguirre, vestido de yé-yé, con blazer azul marino y pantalón de campana, le contrapuso al P. Marcos, vestido por lo menos de clergyman, la noción de la misa como banquete, que él propugnaba, frente al concepto tradicional de la misa como sacrificio. Ya entonces empezaba Occidente a invertir sus valores, y a esa inversión no escaparían las iglesias cristianas, de suerte que ha sido en templos anglicanos o episcopalianos en los que he vuelto a asistir a las misas tridentinas de mi niñez y mi juventud, mientras en las iglesias católicas, por precepto postconciliar, la mesa del banquete sustituía al ara del sacrificio.

En lo que al sacrificio se refiere, ha llegado a ser insoslayable el pensamiento de René Girard en el que justamente la Pasión de Cristo desempeña un papel fundamental. Y es que, según Girard, el Hijo del Hombre se constituye en víctima propiciatoria de una vez por todas, y es la evocación incruenta de ese sacrificio en la misa la que exime a la humanidad redimida de expiar sus pecados periódicamente en los cruentos rituales de las religiones primitivas. Hay quien sostiene que esto no es así, aun siguiendo el razonamiento de Girard, pero quien lo sostiene lo hace porque en primer lugar le niega a Cristo su condición de Mesías. Es triste en efecto que los hombres, incluso los que se tienen por cristianos, dejados de la mano de Dios, necesiten tener alguien que encarne todos los pecados de la época para odiarlo y exterminarlo si es posible. Antaño el judío, hoy el nazi, concitan el rechazo colectivo, por más que el nazi tenga ya sus antecedentes en el prusiano vencido de la Primera Guerra Mundial. El actor austriaco Eric von Stroheim hizo entonces carrera con el lema The man you would love to hate (“El hombre al que te encantaría odiar”). Dije bien “cristianos” y “dejados de la mano de Dios”, pues nadie que sea incapaz de dejar de odiar puede en justicia llamarse cristiano. La gran aportación del cristianismo es el perdón y es la caridad. El cristiano, para ser quien es y como es, no necesita o no necesitaría odiar al que no es como él o al que es todo lo contrario. El ateo, en cambio, tiene bula para odiar a quien esté de moda odiar, sea en los campos de fútbol o en las campañas electorales, y esa bula se la dio aquel personaje de Dostoyevski cuando dijo que si Dios no existe, todo está permitido. Dice con harta razón Francisco Bejarano que en la sociedad laica ya no hay pecadores, sino delincuentes. Un delincuente es un hombre que lleva a sus últimas consecuencias el precepto de la vida entendida como lucha permanente, sea de clases, de razas, de sexos, de intereses o de sucedáneos de la religión. El delincuente no tiene temor de Dios y tampoco debe de temer mucho a las leyes de una sociedad sin valores que proclama la neutralidad ética y se niega a distinguir entre el bien y el mal. Su mayor castigo es la impunidad de su transgresión, o lo difícil que le resulta que esa sociedad se dé por transgredida.

Uno de los méritos de Mel Gibson es el de haberse valido de la estética de esta sociedad dejada de la mano de Dios para devolverle la víctima expiatoria sin la que su vida carece de sentido, el Dios Hombre al que le encantaría odiar. Para ello se arriesga nada menos a que se le aplique aquel dicho antiguo de “a mal Cristo, mucha sangre” de nuestra imaginería barroca. Yo ví la película en vísperas de Semana Santa en un cine muy próximo al templo del Gran Poder, y hubo momentos en que me parecía estar contemplando la imagen de Juan de Mesa. La imaginería barroca no es muy complaciente, que digamos, y no nos sutiliza precisamente la muerte ni el sufrimiento, pero no por ello podemos decir que su Cristo sea un mal Cristo. Tampoco lo es uno que está en Colmar: el del Retablo de Issenheim, de Matías Grünewald, ante el que si quieren pueden meditar sobre la Pasión los europeos desmemoriados a quienes horroriza el film de Mel Gibson.

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Thursday, April 14, 2011

La magia del celuloide

Recién llegó la Antología ut supra, en la que hay de todo, como en botica, y entre lo bueno quiero destacar los versos que siguen, de Alberto GarcíaUlecia, poeta de Morón de la Frontera, doctor en leyes y en la "razón incorpórea" de Antonio Mairena. Nos dejó prematuramente.

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Wednesday, April 13, 2011

Primerísima reseña


Véase bitácora de Jesús Cotta
Véase también la de Alvaro Valverde
Y entrevista al poeta "Luque" en Europa Press

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Tuesday, April 12, 2011

Vísperas abrileñas



Del imperio de la ley a la república de la trampa

Soy el primero en celebrar que una parte importante de nuestras masas encefálicas decida, aunque sea con treinta años de retraso, darse por enterada de las consecuencias que en algunas regiones españolas tiene la chapuza constitucional del 78 en lo que a la lengua se refiere. Más vale tarde que nunca, pero la estrategia está mal planteada pues, a mi juicio, no es la lengua española o castellana la que está amenazada, sino los españolitos que tienen la desdicha de habitar en esas regiones y a los que se pretende encerrar en ghettos dialectales. No es que los demás españolitos sean más afortunados, excepción hecha de los que pertenezcan a familias cultas o pudientes que los manden a colegios de pago. Quiero decir que la cuestión regional no es más que una secuela de la cuestión nacional.

Una vez me sorprendió en Málaga la conmemoración del Día de la Constitución, en que la Santa Madre Iglesia festeja a San Nicolás, y todo lo que vi fue un par de automóviles erizados de banderas de la Segunda República. Esperaba yo un autobús y comenté en voz alta que vaya manera de conmemorar la Constitución, con una bandera anticonstitucional, y una joven señora me dijo con desprecio que en la Constitución cabe todo. En otro orden de cosas, que es el mismo, creo haber leído en un artículo de un profesor de derecho constitucional que, con la Constitución en la mano, Ibarreche tenía perfecto derecho a convocar un referéndum ilegal. No pasarían tantos años para que don Arturo Mas le diera la razón. Con la Constitución en la mano todo es posible en este cerrado de vacas locas que es el “Estado de las Autonomías”. De esta suerte, pocas ilusiones podemos hacernos con ella, hoy que el imperio de la ley es en realidad la república de la trampa. Recurrir al Supremo es como jugar a la ruleta, y acudir al Constitucional, exponerse a que sus miembros y miembras hagan una vez más con esta Constitución que llevamos en la mano un cartucho de pescado frito.

Si el efímero patriotismo futbolístico tuviera alguna continuidad y alguna consistencia, hoy estarían, no las masas encefálicas, sino las “masas rojas”, clamando por la suspensión de las “autonomías” en las regiones donde con toda impunidad se incumple la Constitución. Tampoco sería mala cosa suspender de empleo y sueldo a toda la clase política, cosa que no vendría nada mal para conjurar la crisis que amenaza. Ni Gobierno ni Oposición, cada día más intercambiables, están por la labor de salvar a la patria, ¡oh, anatema!; antes bien, dan la impresión de que conspiran contra ella. Uno y otra, incluso cuando trocaban los papeles, nos han traído a la presente situación, y ya ni se preocupan de guardar las formas ni de sostener las máscaras. Por cierto, ¿qué quería decir Spengler con aquello de que “caerán las máscaras de los interregnos parlamentarios”?

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Sunday, April 10, 2011

Religiones de un mundo sin religión

Friday, April 08, 2011

Prólogo al Diván meridional

(Vista de Ecija)

El diván de la memoria

Dos cosas hay que no se perdonan en el mundo de hoy: tener memoria y escribir bien. En ambas materias es maestro Manuel Díez Crespo, y por espacio de varios años tuvimos los sevillanos el privilegio de recibir, con puntualidad semanal, sus lecciones magistrales a través de un diario de gran difusión en Andalucía. La sección de Díez Crespo se titulaba Diván meridional, y pocas veces la nostalgia de Sevilla ha dado pie a reflexiones de mayor riqueza y hondura. Era tan nuevo, tan fresco, tan vibrante, tan alegre lo que Díez Crespo nos contaba, que su lectura dominical era un modo más de festejar el día del Señor y daba fuerzas para empezar con brío la semana. Al titular su sección, Díez Crespo pensó sin duda en el Diván occidental de Goethe, en el que Lorca pensó también sin duda al titular su Diván del Tamarit. Ambos divanes, el de Lorca y el de Goethe, son sendos poemarios, inspirado éste en las modas turcas del XVIII, aquél en las nostalgias nazaríes de la huerta granadina. Sólo un poeta como Manuel Díez Crespo podía apoyarse en esos antecedentes para titular un recuadro dominical que con harta frecuencia, más que una crónica de la semana o una homilía laica, contenía un primoroso poema en prosa. Porque, ¿qué otra cosa que un poema en prosa es esa crónica sobre la Alfalfa, lugar sagrado de este poeta de estirpe leonesa que abrió los ojos a la luz del sol en Ecija?
No es mal sitio Ecija para ver la luz primera, pues si el sol no tiene fuerza en Ecija no la tiene en ninguna otra parte. Esa fuerza solar que Díez Crespo debe al lugar de su nacimiento es lo que le permite captar como pocos los siete colores del espectro y toda esa infinidad de matices y tornasoles que ofrece Andalucía al que la mira con amor o la evoca con melancolía. Se evoca lo ausente o lo lejano o, dicho con palabras ilustres, “se canta lo que se pierde”, y en ambos casos, en el de la ausencia y en el de la lejanía, es imprescindible la memoria. La memoria es cosa de poetas, es decir, de vates, y ser vate, no lo olvidemos, es ser capaz de hacer vaticinios. No es que el vate lea el futuro; el vate, si es honrado, es más modesto y se limita a leer el pasado. Por no leer adecuadamente el pasado se ha quedado con las témporas al aire más de un falso vate, más de un falso profeta de nuestro tiempo. A ejemplos ilustres me remito; a vates que ejercieron su divino oficio y se equivocaron de vaticinio. No se me dirá que no acertó Alberti a pesar suyo cuando escribió del 18 de julio de 1936 este verso lapidario: Dieciocho de julio. Nueva Era. No se me dirá que no se equivocó a pesar suyo también Neruda al poner al frente de una de sus invectivas antinorteamericanas del Canto general esta cita bíblica: Y tú, Cafarnaúm, que hasta los cielos te has levantado, hasta los abismos serás abajada.
Estas garrafales equivocaciones se perdonan y olvidan con una sospechosa facilidad; lo que hoy no se perdona ni olvida es el vaticinio que se apoya con firmeza en la memoria. Para hacer memoria Díez Crespo no tiene más que tenderse en su diván, permítaseme la freudiana bisemia, y cada una de sus crónicas es una feliz evocación y un vehemente recordatorio. Díez Crespo ha vivido la Historia y la recuerda con pelos y señales, y por eso su voz les agua la fiesta a los que medran con el olvido y la mentira. Díez Crespo vivió con pasión unos años trágicos y heroicos, y los vivió en la proximidad de grandes nombres de nuestras letras o de nuestras vidas como fueron Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Luis Rosales, Manuel Halcón o Pedro Gamero del Castillo. Díez Crespo tiene recuerdos de sobra para escribir las memorias más amenas de los años 30 y 40 de nuestro siglo, unas memorias en las que quedarían maltrechos muchos tópicos y muchos camelos que hoy se despachan por dogmas de fe.
De esas memorias pendientes de Díez Crespo es su Diván un anticipo sustancioso. La mera lectura del índice abre de par en par el apetito de la inteligencia. Díez Crespo escribe de memoria y es su técnica la de esos grandes charlistas que, como Ramón Gómez de la Serna, abren una maleta y empiezan a sacar de ella artículos sorprendentes. No en vano es Ramón uno de los maestros de Díez Crespo y por algo la crónica que le dedica nos dice más sobre él que muchos libros gordos que se le hayan dedicado. Díez Crespo nos hace sentirnos a sus lectores contemporáneos de sus contemporáneos, es decir, el Ramón, el Ortega, el Unamuno, el Gallo, el Xènius, el Belmonte, el Cossío, el Zuloaga, el Machado de que nos habla están vivos entre nosotros y tenemos la impresión de que están contestando a muchas de nuestras preguntas. Díez Crespo nos mete así en tertulias prestigiosas con personajes que nos parece conocer de toda la vida. Con alguno de ellos nos lleva incluso a los toros, como es el caso de esa tarde sevillana del 38 en que Díez Crespo y Jorge Guillén tienen la inmensa fortuna de asistir en la Maestranza a la presentación de un novillero llamado Pepe Luis Vázquez. No hace falta haber gozado con el toreo de Pepe Luis ni con la conversación de don Jorge para gozar esta crónica de Díez Crespo en la que vemos al torero levantar unos brazos de ángel, brazos de celestiales reflejos y oímos al poeta decir: Ardor, cornetines suenan… mientras levanta a su vez los brazos al cielo. En esta crónica están, claros como el agua, el enigma de la poesía de Guillén, el misterio del toreo de Pepe Luis.
Díez Crespo ha tenido la suerte de vivir con pasión unos años apasionanates y nosotros la suerte de leer lo que él de esos años recuerda. Quienes tenemos además la suerte de contarnos entre sus amigos, sabemos que Díez Crespo escribe como habla. Es frecuente en la vida literaria el escritor que piensa una cosa, dice otra y escribe otra; en Díez Crespo existe una identidad total entre escritura, habla y pensamiento, y ésa es la gran piedra de toque de su estilo. En Díez Crespo no hay trampa ni cartón, y si contara la cuarta parte de lo que calla, mandaría a la Trapa a más de un charlatán y a más de un grafómano. Yo veo a Díez Crespo y estoy oyendo su voz, como oigo la de Ortega o la de Santa Teresa; oir la voz de un amigo acompaña y alegra, y la voz de Díez Crespo es la voz además de un hombre que, ni aun en medio de sus más vehementes arrebatos, pierde su sentido del humor. Alguna vez he escrito que el humor es el mejor conservante de la literatura; que una prosa escrita con humor, con buen humor, siempre está fresca, máxime cuando ese humor es humor blanco, ese humor que, cuando Díez Crespo publicaba versos en Vértice, en Jerarquía, en Escorial, renovaban sus amigos Tono y Mihura en La ametralladora y en La Codorniz.
He hablado de vehementes arrebatos, pues la charla de Díez Crespo no es una mera evocación superficial del pasado, sino una reflexión intemporal en la que, como en el verso de Eliot, pasado y futuro están contenidos en el presente. En este presente vive él, en esta dimensión honda del presente donde son pocos los que están; porque la mayoría ocupa un estrato somero, que es el que más se ve, pero es también el que antes arrastran los aluviones de la Historia. Díez Crespo sabe por viejo que la Historia no perdona a los que pecan contra ella como tampoco perdona la Naturaleza a los que la agreden. El vio muy claro cuando era muy joven algo que ahora están viendo muchos ancianitos a los que ha hecho falta que cayera el Muro de Berlín para que se les cayeran las escamas de los ojos. Eso de ver y hablar claro cuando hay que hablar oscuro y pensar tenebrosamente es algo que tampoco perdonan los grafómanos y los charlatanes que se resisten a encerrarse en la Trapa.
Es lógico que a esa tropa de currinches se le alborote el plumaje cuando Díez Crespo lanza sus soflamas contra cierta España "vieja y tahur, zaragatera y triste". Díez Crespo sabe que esa España no cambia por mucho que se vista de seda y que no quiera reconocer la actualidad de versos y prosas críticos, como los citados, que datan de tres cuartos de siglo. Una España a la que esos versos sigan siendo aplicables no admite poetas que se los recuerden. La consecuencia es que la firma de Díez Crespo no la vemos en las columnas de los diarios ni en los escaparates de las librerías, y así es cómo el gran público ignora la existencia de una España superior e intrahistórica cuyo mejor portavoz es hoy por hoy el autor del Diván meridional.
Manuel Díez Crespo es, pues, un escritor para pocos, y esos pocos, esos happy few entre los que nos contamos, tenemos acceso a él gracias a que, del mismo modo que hay escritores para pocos, hay editores para pocos. Cuando escribo estas líneas - Roma, septiembre, 1991 - está a punto de inaugurarse en el castillo de Belgiojoso, junto a Pavía, la tercera feria de los pequeños editores italianos bajo el lema de machadiana resonancia de Parole nel tempo, “palabras en el tiempo”, y a ese respecto se ha escrito que en tiempos pasados, cuando la política envolvía la cultura, “pequeño” equivalía a “democrático”. El pequeño editor era entonces un rebelde frente a la política cultural del Estado y frente a la cultura impuesta por los grandes editores comerciales. Muchos de esos pequeños editores se harían con el tiempo grandes editores sin abdicar por ello de su democratismo. Lo que pasa es que la democracia ha tenido tanto éxito que no hay burócrata ni empresario de la cultura que no se enjuague la boca con su nombre varias veces al día. Y esto se lo pone muy difícil al pequeño editor, que por muy demócrata que sea, nunca lo será tanto como los grandes empresarios y los grandes burócratas.
Manuel Díez Crespo ha escrito en su larga vida poemas muy bellos, pero tal vez el más bello de todos sea el índice del Diván meridional. Yo leo: Los hijos de Polichinela, Noche serena, El sueño de la cucaña, ¡Ay, mi Rocío!, Verano: selecta nevería… y esas solas palabras, cifra de unos mensajes sorprendentes, ya de por sí me llevan la imaginación al napolitano barrio de Santa Lucía, al compás de un convento, a un cine de verano en el Prado de San Sebastián … Ojo, que no estoy contando el argumento de esos artículos, cuyo descubrimiento es un privilegio que reservo al que leyere; sólo digo lo que a mí, que escribo de memoria y sin tenerlos por delante, me sugieren esos felices encabezamientos: Los magos del mundo moderno, ¿Qué fue de las dos carátulas?, Volvamos al Paleolítico, Nuestras feroces preferencias, Vuelve el tango, ¿Parlamento sí, Parlamento no?, El fantasma de la Opera, Resurrección de Don Tancredo, Quevedo en Doñana, La revolución de lo eterno…Y etc. y etc. Entre las líneas de Díez Crespo entrevemos a Unamuno y a Jovellanos y a Montesquieu y a Pirandello, personajes todos que, como en la célebre obra de este último, parecen haber encontrado en Manuel Díez Crespo el autor que andaban buscando. Porque es como si, en cada una de sus glosas, Manuel Díez Crespo nos llevara al teatro, a ese teatro imaginario que pone en pie su prosa y en el que está rigurosamente prohibida la entrada a los que Lorca llamaba antofagastas y lamelibranquios.

(Leído en el acto de homenaje a Díez Crespo celebrado ayer en el Colegio de Santa María, de Sevilla, por iniciativa de don Joaquín Egea)

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Wednesday, April 06, 2011

Homenaje a Manuel Díez Crespo



Mañana jueves 7 y a las 7 de la tarde en el Colegio de Santa María, Avenida de Jerez, frente a la antigua Venta de Antequera, se tributará un homenaje al poeta sevillano Manuel Díez Crespo en el que he de intervenir para hablar de su maravilloso libro Diván meridional

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Monday, April 04, 2011

Semana Santa en Sevilla

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Sunday, April 03, 2011

Mi primera antología



Ensimismamiento

Una de las preguntas más enigmáticas que se haya hecho jamás un poeta es aquella de Hölderlin: “¿Para qué poetas en tiempos de miseria?” ¿De qué miseria hablaba Hölderlin? ¿De miseria material o de miseria moral? Para un poeta son míseros los tiempos con los que se halla en desacuerdo, lo que vale a decir que para el poeta todos los tiempos son míseros. En los tiempos que vivimos, la miseria material por lo menos no se nota, pero la miseria moral la notamos por lo menos los contados mortales que nos obstinamos en permanecer erguidos. Permanecer erguido no es fácil en unos tiempos en los que, como en la fábula de Orwell, cuatro patas cuentan más que dos. Antes por unos motivos, ahora por otros, el poeta choca siempre con su entorno social, pero cuando el poeta cultiva otros géneros además del verso, tiende a dispersarse en ellos, sobre todo en aquellos en los que cree que puede reaccionar con más eficacia. Hay tiempos, pues, en los que la poesía hay que buscarla, como en el siglo XVIII, en los artículos de fondo y en los relatos licenciosos, que en eso consistió preferentemente la poesía en aquel siglo. Lo malo es que cuando se abusa de esos géneros y se los despacha por poesía, el poeta lírico, un sí es no es romántico, se desanima, se desgana y pierde afición. Son malos momentos por los que se pasa y de los que se acaba saliendo gracias a ese milagro que no se descarta nunca. Ese milagro se produce cuando toca fondo el ensimismamiento. Ensimismarse es difícil, entre otras cosas porque al poeta se lo estorba su innato espíritu de contradicción. La misma grey que reprochaba al poeta su ensimismamiento en los tiempos del “compromiso”, se lo recomienda con vehemencia en estos tiempos de conformismo. La grey nunca quiso voces discordantes, ni entonces ni ahora.
La mejor manera de no discordar, de no desentonar, es pues ensimismarse. Pero basta que la grey lo vea con buenos ojos para que el poeta, si es que es egregio, se niegue a meterse dentro de sí mismo. En lo que a mí respecta, siempre he dicho que la poesía es mi punto de partida y mi punto de llegada; que de ella vengo y a ella voy. A través de ella he aspirado a ser una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo: un portador de valores eternos. Sólo así puede el poeta, o el que por tal se tiene, conservar su verticalidad, mantener su jerarquía, sobrenadar en la miseria moral de unos tiempos de prosperidad que Hölderlin no hubiera imaginado ni en el más febril de sus delirios.
Frente a los que sostienen que son los pueblos los que hacen la historia, yo creo que la historia la hacen los pocos que con su obra, su ejemplo y su sacrificio redimen y justifican a los pueblos. El pueblo no es bueno ni es malo; el pueblo se comporta de un modo o de otro según se le ponga como modelo el hidalgo o el pícaro. La miseria de los tiempos que corren se manifiesta no sólo en la degradación del pensamiento, sino en el encanallamiento de la palabra. Y ahí es justamente donde yo veo la misión redentora del poeta, porque es la palabra del poeta la que siempre queda frente a la palabrería olvidadiza de los que al pueblo lo degradan y lo encanallan.
Ahora bien, para decir esa palabra, el poeta tiene que hacer oídos sordos a los ecos de su tiempo, y eso sólo lo va a lograr ensimismándose. Hay unos versos de Luis Cernuda que constituyen mi más frecuente oración mental: Y en la hora nocturna / divinamente solo / sube su canto puro a las estrellas. Porque es en las estrellas, en los astros, donde, dicho sea con otras palabras que también recuerdo con frecuencia, cantan los números su canción exacta.

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