Sunday, October 30, 2011

Buena pintura y buen cante



(El Canopo de Villa Adriana, visto por Pedro Serna)





El jueves 27 se inauguró en La Caja China, c. General Castaños, una exposición de Joaquín Sáenz, y el viernes 28, otra de Pedro Serna en la Sala Haurie, c. Guzmán el Bueno. Ni que se hubieran puesto de acuerdo dos pintores que tienen tanto en común. En homenaje a ambos, grandes aficionados, remito al lector al Museo Ramón Gaya, para que escuchen a Alicia Serna cante del bueno. (Entrada del jueves 13 de octubre)




(Otra vista del Canopo en 1975)

Wednesday, October 26, 2011

El futurismo y los toros




(ABC de Sevilla, 3 de agosto de 1977)


Sunday, October 23, 2011

Non in situ sed in Urbe


(In Urbe)











(In situ)

Friday, October 21, 2011

Thursday, October 20, 2011

Monday, October 17, 2011

Con otro enfoque


El próximo viernes, día 21 de octubre, me entrevista José Javier Esparza en su programa "Con otro enfoque" de Intereconomía, entre las 20.00 y las 20:30. Los que estén fuera de España y tengan Internet, pueden ir a Google y poner "intereconomía TV Con otro enfoque".

Saturday, October 15, 2011

Malos pensamientos


Al día siguiente de la boda en Dueñas coincidí con Curro en el Ateneo y, como venía solo, le pregunté: "¿Cómo es que Carmen no ha venido? Estará recuperándose del casorio." El me contestó, muy serio: "Es que ha tenido que ir a un funeral". Estuve a punto de decir: "¿Ya?", pero me hice en la boca la cruz que tenía que haberme hecho en la frente.

Friday, October 14, 2011

Piedra y destino de Isabel Roldán


Uno de los mitos de nuestro tiempo es Federico García Lorca. Bien saben los que me leen y entienden que para mí el mito tiene una alta acepción poética y espiritual. Lo malo de un mito es que degenere en tópico, y tal cosa acaece cuando se apodera de él la opinión pública y quienes la manipulan. Lo que pasa hoy con García Lorca pasó años atrás con José Antonio y no siempre fue fácil descubrir la verdad de los mitos bajo la hojarasca de los tópicos. Estos mitos nuestros tienen su origen en la tragedia, una tragedia que, sobre todo en el caso de Lorca, que es el que hoy nos interesa, proyecta su sombra y su fisonomía sobre todo lo que con él guarda alguna relación. Al morir Conchita en accidente de automóvil, me comentaba Romero Murube el sino trágico de esa familia, un sino que, aunque fuera de refilón, tocó a Isabel Roldán García, prima del poeta.

Isabel, que tenía los pómulos, los ojos y la boca del primo, era como aquella princesa de fábula que de un ensalmo quedó petrificada de cintura para abajo. Esa fue la parte que le tocó del sino trágico de la familia, un sino y una condición de los que ella sacó la materia de su arte. Isabel Roldán vivió, piedra y carne, entre las piedras que tallaba su marido, el escultor Eduardo Carretero. Yo la he visto así en Chinchón, entre bloques amarillentos de piedra de Colmenar, disponiendo un perol para el escultor y los canteros.

La media Isabel de carne era palpitante y aguda, como una madre de tragedia griega o de drama rural. La media Isabel de piedra sideraba con los ojos el paisaje; lo convertía en piedra. Así, tesela a tesela, fue creando un mundo de mosaico; fue pasando al mosaico la geografía rural de España, desde Sos del Rey Católico, barco de piedra bajo un cielo de ceniza, hasta Benamejí y su derrumbadero sobre el Genil. Su arte estuvo en combinar sus piedrecitas de suerte que las fachadas de cal y los tejados rojizos y los baluartes de arenisca y los campanarios de ladrillo estuvieran figurados con los materiales mismos que sirvieron para su edificación. Esto no era difícil, para ella se entiende, como no lo era reproducir en teselas fallas geológicas, crestas, tajos y carreteras adoquinadas, pero es que Isabel no se quedaba ahí, en la pura materia mineral, sino que atinaba con sus piedrecitas en los matices de un celaje, en la fronda cambiante de un olivar, en un lindero de almendros, en un claroscuro de cipreses.

La Fundación de los Nobles Oficios y las Bellas Artes de Chinchón editó en marzo de 1991 un Catálogo de los mosaicos de Isabel Roldán, precedido de bellas prosas firmadas por José Hierro, José Luis Fernández del Amo, Luis Rosales, Caballero Bonald y Manuel Alvar. José Hierro, que no hay que olvidar fue uno de los críticos de arte más rigurosos y certeros de lo que resulta cómodo despachar con el apelativo de generación de la berza o del páramo cultural, da una auténtica lección magistral sobre el arte del mosaico y su traducción por Isabel a la técnica del impresionismo. No se puede decir más en menos. Fernández del Amo y Rosales evocan, ante sus escenas de piedra, la voz y la guitarra de Isabel. Caballero Bonald rastrea los lugares de procedencia de las teselas y compone un bello mosaico de palabras preciosas. Alvar ve en ella la conjunción de Andalucía y Castilla, de lo morisco y lo cristiano en que Rávena y Granada se encuentran y se reconocen. Todos ellos supieron de su amistad; todos hablan de su arte con gran conocimiento de causa. En ellos está la memoria viva de Isabel; en todos su obra viva y en sus álamos de piedra nos parece oír aquella canción que en Granada, cuando Lorcas y Rosales eran jóvenes y nadie podía imaginar bodas de sangre, cantaba la prima Isabel acompañándose a la guitarra: A los álamos altos / los mueve el viento / y a los enamorados / el pensamiento,/ ¡ay, vida mía! / el pensamiento.

Thursday, October 13, 2011

Lances de mesa

Allá por 1970 pasé unos días en Madrid para presentar un libro. Fue un viaje memorable, entre otras cosas por un par de lances de mesa, llamémosles así, que me pasmaron bastante. Bien es verdad que llevaba algún tiempo alejado de los hábitos españoles y puede que eso contribuyera a mi perplejidad. Al día siguiente de la presentación, que fue multitudinaria y en el Hotel Suecia, llamé a uno de los asistentes, Dionisio Ridruejo, con quien apenas había podido hablar en el acto. Me citó a comer al día siguiente en su casa diciéndome: “Vente mañana sobre la una y así tenemos tiempo de charlar antes”. A la una o un poquito antes, según mi mala costumbre, del día convenido, llamaba yo a la puerta del piso de la calle Ibiza. Salió Dionisio a abrirme y me hizo pasar, según costumbre, a su despacho. El piso de Dionisio era un “piso tranvía”, como decía Fernando Quiñones, es decir, un corredor largo en forma de L al que se abrían las habitaciones, la primera de las cuales a mano derecha según se entraba era el estudio de Dionisio donde detrás de una gran mesa de ministro atestada de libros y papeles se sentaba él. Siempre hablábamos de lo divino y lo humano y siempre me daba una lección magistral. Aquella vez el tema creo que fue el sentido del tiempo en Juan Benet, autor que yo le confesé duro de pelar. Lo cierto es que hablando hablando debió de perder la noción del tiempo, porque la puerta de cristales se abrió y volvió a cerrarse y yo empezaba a tener apetito, pero Dionisio, que apenas hizo una seña de espera con la mano, seguía con su tema. La puerta volvió a abrirse y a cerrarse, y esta vez Dionisio, mirando su reloj, me dijo: “Bueno. No es que yo te quiera echar, pero mi mujer piensa que ya es hora de que se coma en esta casa…” No sé si dije algo así como: “Perdona, es que…”, porque él cuando me acompañaba a la puerta, me dijo: “Si quieres, vamos a comer por ahí…” “No, no; de ningún modo. Ya te esperan. No faltaría más”. En realidad, era yo el que se sentía culpable, porque cualquiera que a Dionisio lo conociera a fondo, lo último que le podía echar en cara era la descortesía. En cambio su capacidad de despiste no se limitaba ni mucho menos a la
política.



Almorcé donde pude; me fui a la fonda a echar una siesta y al caer la tarde me encaminé a la Dehesa de la Villa, a casa de Fernando Quiñones que también me había organizado una cena con “fantasmas del pasado”, es decir, con algunos elementos de su “discipulado” como el escritor Eduardo Tijeras y el músico Castañeda. Fui recibido con grandes fiestas como de costumbre y grandes alabanzas al libro rojo de Mao, coqueluche aquellos días de la joven intelectualidad madrileña. A Nadia no la vi, porque estaba acostada con una fuerte jaqueca. Fernando me mostró una paletilla de Trevélez, que para abrir boca no estaba mal. En la televisión retransmitían un partido desde Sevilla entre la selección española y la de la Unión Soviética que para colmo quedó en tablas o ganaron los soviéticos. Yo esperaba en vano la victoria española y los otros daban cuenta de la paletilla, de la que Fernando me pasaba de vez en cuando una lonchita. Por fin, se acabó el partido, se acabó la paletilla, se esfumaron los fantasmas y en vista de que yo me quedaba con hambre y no lo disimulaba, me propuso Fernando bajar a un bar a tomar café. Yo estaba furioso y dije que no quería tomar café, que lo que yo quería era tomar un taxi. Por fin tomé el taxi y cené un pepito de ternera y una cerveza en un bar de Marqués de Cubas, donde estaba mi pensión.




El que sí me dio la cena fue un gastrónomo profesional y nada menos que en el Jockey, uno de los mejores restaurantes del Madrid de la época. A este sujeto lo había conocido poco antes en Roma a través de su ex cónyuge y los dos vinieron a cenar a nuestra casa trasteverina. Cuando Eugenio Montes me dijo de él que era “el brazo derecho de López Rodó”, yo le dije: “Oiga usted, López Rodó debe de ser el gigante Briareo, porque ya he perdido la cuenta de sus brazos derechos; el último que yo recuerde, Fabián Estapé”. Pues bien, este “brazo derecho” estuvo amenísimo durante toda la cena y contó anécdotas de altos personajes dando a entender que entraba en El Pardo como Pedro por su casa y que todos los planes de desarrollo se los sacaba él de la manga a razón de uno por fin de semana. Cuando la pareja se despidió, caímos en la cuenta de que él lo único que había probado era un sorbito de café. Luego supe consternado que, con aquella pinta de Charlie McCarthy, el muñeco enchisterado del ventrílocuo norteamericano Edgar Bergen, era socio honorario del Cordon Bleu y caballero del Tastevin nada menos. Seguro que aquella noche se fue como moro en Ramadán a su restaurante favorito frente al Palacio Altemps. Al saberme en Madrid, Charlie McCarthy – llamémosle así – se apresuró a corresponder a la invitación romana a la vez que me daba una lección de mundanidad. Los otros comensales eran una joven angelical que bebía las palabras del anfitrión con un candor que aún no sé si era auténtico y una joven pareja, de la que el marido, sin haber estado nunca en Roma, había confeccionado una maqueta de la ciudad en la que no faltaba un detalle. Charlie, mientras saludaba con familiaridad a cuantos llegaban a otras mesas – Pitita Ridruejo, los marqueses de Villaverde y qué sé yo – pidió de aperitivo un cocktail de Champagne. No recuerdo qué pedimos los demás, que no teníamos tanta soltura.Charlie apenas se llevó el cocktail a su boca de alcancía, hizo seña al camarero y le dio a entender que no estaba a su gusto; el camarero se apresuró a cambiárselo por otro; tomó un sorbo, puso cara de circunstancias, tomó un segundo sorbo y llamó al camarero para decirle que tampoco éste era de su agrado y que debía de ser que el champagne aquel – Moët Chandon, Veuve Clicquot o lo que fuera – perdía calidad al venir en botellín, que le trajera una botella entera, cosa que hizo el camarero, que esta vez preparó el cocktail delante de él y con mucha ceremonia. La elección de manjares fue otro número y por fin se decantó por un consommé ruso para empezar y no sé qué otra virguería como entrée mientras hacía una seña a Bartolomé March de que se acercara para susurrarle alguna importante confidencia en el oído.






Aquella misma tarde había estado yo en casa del escultor granadino Eduardo Carretero, casado con Isabel Roldán García, y mientras charlábamos había en el centro de la mesa un cuenco con aceite y pimentón en el que mojábamos un coscorrón de pan. A Eduardo lo había conocido en Chinchón o en Colmenar en una cantera donde compartimos con la cuadrilla de sus ayudantes un suculento perol al aire libre entre bloques de piedra y esculturas a medio hacer. Isabel, una Frieda Kahlo ibérica, era prima de Federico y estaba paralizada de cintura para abajo y las piedras con que trabajaba eran teselas de mosaico. No recuerdo muy bien lo que comimos aquel día al sol de Castilla, entre otras cosas porque todo me lo borra el regusto del aceite aquel de la tarde en que luego me darían la cena en Jockey.






(Eduardo Carretero, viudo de Isabelita, falleció hace poco en Chinchón a la edad de 91 años. Dios lo tenga a su vera).





Monday, October 10, 2011

Ridruejo desde Roma


A fines de 1974 o comienzos de 1975, viviendo yo en Roma, se me pidió de Madrid una aportación a un homenaje colectivo a Dionisio Ridruejo, que aún vivía. Mandé lo que sigue:

Dionisio Ridruejo, maestro de libertad

Entre las muchas lecciones que he recibido y que aún espero recibir de Dionisio Ridruejo destaca por fuerza la lección de la libertad. En él y por él, en su palabra y en su vida, he aprendido que la libertad es cosa del espíritu y no, como ahora se pregona, de los instintos. Una es la libertad pura y simple; otra es puro y simple libertinaje, y ésta es una distinción que quiero recalcar aun a riesgo de ofrecer un blanco fácil a los papanatas del humor negro. La libertad es cosa de minorías selectas; el libertinaje lo es de minorías abyectas. Un liberal es una persona decente; un libertario o, mejor dicho, un libertino, es parte de la canalla, de esa canalla que con sus excesos provoca y explica tantos liberticidios, y conste que por “canalla” entiendo menos al “pobre desheredado de la cultura”, como dijera Machado, que al gran financiero o al cineasta surrealistoide que no tiene otra ley ni otra moral que la de dar rienda suelta a sus peores instintos.

Un liberal no puede ciertamente contemplar con optimismo los tiempos que corren; tan mala es para la libertad la inflación como la carestía. En los años en que el producto escaseaba en el mercado nacional, sabíamos muchos que se podía encontrar a un precio justo en casa de Dionisio; ahora que el mercado mundial lo inundan toda suerte de sucedáneos y adulteraciones, sepan los que en algo tengan aún la libertad que en casa de Dionisio puede hallarse aún el producto genuino.


Roma, enero de 1975





Thursday, October 06, 2011

Tornabodas ducales







Monday, October 03, 2011

Otra reseña

(La Gaceta, lunes 3 de octubre de 2011)


Véase Rayos y truenos donde hay algún que otro comentario pintoresco.