Sunday, February 26, 2012

Evocación de Manuel Barrios



Evocación de Manuel Barrios

Puede decirse que mi vida pública literaria dio comienzo con mi ingreso en la Universidad. Aunque matriculado en Derecho, frecuentaba como oyente la Facultad de Filosofía y Letras y en particular las clases del joven catedrático de Lengua y Literatura don Francisco López Estrada. Don Francisco fundó una tertulia en el café Los Corales, de la calle Sierpes, tertulia de la que salió una efímera y exquisita revista, titulada Floresta de varia poesía. López Estrada reunió a jóvenes aspirantes a literatos de muy varia procedencia, y así fue cómo conocí a Manuel Barrios, alumno ya de cuarto de Derecho. No sé si estaba matriculado por libre, porque tanto él como un amigo que lo acompañaba, iban muy bien vestidos, y eso en aquellos tiempos indicaba que se disponía de un empleo y unos ingresos por lo menos. Es probable que ya trabajara para la radio, y lo que sí está claro es que su nombre fue cada vez sonando menos en las aulas y más en los micrófonos.

Al socaire de unas jornadas culturales bastante intensas promovidas por la jefatura nacional del SEU con lecturas en el Ateneo, conferencias en La Sociedad Económica, teatro leído en el aula magna de la Universidad (Alfonso Sastre) y representado en el Lope de Vega (Martín Recuerda, Pirandello), la radio no podía quedarse atrás y de sus contactos con la tuna universitaria surgió el espacio de humor Piruetas, que animaba Manuel Barrios y del que Perico Ruiz-Berdejo, colaborador entusiasta (como hoy lo es de la Fundación Blas Infante), saltaría a la jefatura local del SEU. No sé si mi memoria de espectador junta acontecimientos que se dieron separadamente, y eso Manolo Barrios, como protagonista, me puede corregir y rectificar. Al fin y al cabo, al marchar al extranjero, yo me desligué bastante del ambiente sevillano y radiofónico, pero bastantes años más tarde, viviendo ya en Suiza, tuve noticia con alegría del salto de calidad que Manolo Barrios dio con la publicación de su novela La espuela. Esta recuperación para la amena literatura de una persona que yo daba por perdida en el mundo de la radio, me produjo una gran satisfacción, en cuanto que además era uno de los tantos síntomas de un resurgimiento de la narrativa en Sevilla y de su reconocimiento en Barcelona. Y es que Barcelona era en aquellos años para los novelistas españoles e hispanoamericanos lo que Madrid para los matadores de toros: la cátedra donde confirmar la alternativa.

Mi contacto con Manolo Barrios lo reanudé cuando en uno de mis viajes a Sevilla me invitó a su tertulia radiofónica y por fin fue él, yo creo, quien hizo que se me nombrara “sevillano del año” por el renglón de literatura el año que me dieron el Premio Nacional.

Luego compartiría tribuna con él en homenajes a otros escritores sevillanos: a Alfonso Grosso en la Universidad; a Manuel Díez Crespo en el Ateneo… Ya había dado Manuel Barrios otro salto de calidad, cual fue pasar del periodismo de las ondas al de las rotativas, llegando a ser uno de los columnistas más combativos e informados de la prensa local. Pero era tal la calidad de sus columnas que, aun escribiendo en prensa de provincias, llegaría a tener un prestigio y una proyección, como también ocurriría con Antonio Burgos, a escala nacional. Yo le debo buena parte de los datos en los que me he apoyado para más de una polémica. Porque aunque hiciera el periodismo de moda, que es periodismo de opinión, él informaba y daba esos pormenores que sólo están al alcance de los observadores atentos y de los cronistas honrados. Pocos como él, tan comprometido con su tiempo, han sabido luego juzgarlo con pareja ecuanimidad.

(Texto enviado a los convocantes de un homenaje en Sevilla al que no pude asistir por viajar en aquellos días al extranjero)

Friday, February 24, 2012

La carta de Panero


Homenaje a Vicente Aleixandre en 1935. De izquierda a derecha y de arriba abajo: De pie: Miguel Hernández, Juan Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, José Fernández Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Leopoldo Panero. Sentados: Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Sentado en el suelo: Gerardo Diego.

Wednesday, February 15, 2012

Las crónicas del sochantre



Las crónicas del sochantre

Queimada. Una biografía. Una obra de teatro. Una edición de cuentos. Cunqueiro desanda el camino de Santiago para contar con una legión de seguidores en el sur.

Francisco Correal, sevilla | Actualizado 15.02.2012 - 08:44
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Participantes en el homenaje que se le tributó a Cunqueiro en el Lar Gallego: Enrique Becerra, Antonio Rivero Taravillo, Aquilino Duque, Fernando de Artacho, Eusebio León y Javier Compás, entre otros.

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El fervor que existe en Sevilla por Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) es uno de esos misterios que verifica la existencia de las meigas. La semana pasada un grupo de incondicionales -lectores y gastrónomos: el lucense es autor de La cocina cristiana de Occidente- se reunieron en el Lar Gallego de Gonzalo Bilbao para recordarlo y leerlo.

Aquilino Duque tenía que elegir: o el homenaje a Cunqueiro, que en dos ocasiones, sin que llegara a fructificar la ofrenda, lo invitó a comer a sus lares, o la presentación de la biografía poética de José Manuel Caballero Bonald, el libro Entreguerras en cuyo bautismo literario participó el poeta y editor Jacobo Cortines.

Los amistosos novillos de Duque a tan cualificados amigos tenía una coherencia literaria: Caballero Bonald y Cortines formaban parte del jurado que en 2007 le dio a Manuel Gregorio González el premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías por la obra Don Álvaro Cunqueiro juglar sombrío. El autor la escribió sin haber puesto los pies en Galicia igual que el sujeto de la biografía ambientó en Bretaña Las crónicas del sochantre (premio de la Crítica en 1959) sin haber pisado esa región francesa en la que Benito Moreno, juglar de El Larguero, estuvo varios años de lector de español.



El salón del Lar Gallego lo presidían retratos de seis presidentes autonómicos: los de la Xunta Fernández Albor, Fraga Iribarne, Pérez Touriño y Núñez Feijóo y los de la Junta Manuel Chaves y José Antonio Griñán. Galería de armonía y concordia en estos tiempos en los que el Madrid no quiere que el Barça juegue la final de la Copa del Rey en el Bernabéu o que los Sánchez Vicario se tiran los trastos y las raquetas a la cabeza.

La mesa la presidió Javier Compás, presidente del grupo literario Ademán, que leyó un texto enviado por teléfono móvil de Fernando Iwasaki. Si alguien sugiere en una cena bien regada con ribeiros de Ribadavia que va a proceder a la lectura de un relato, lo más normal es que produzca la hilaridad o el estupor de los comensales. Salvo que el relato sea Tristán García, una versión de Tristán e Isolda que leyó Antonio Rivero Taravillo del libro Las Historias Gallegas, recopilación de relatos que Álvaro Cunqueiro escribió para ser leídos en la radio.

El título de ese libro es el mismo del montaje que se presentó en el teatro Central. Unas historias gallegas con textos seleccionados por Manuel Gregorio González e interpretados por Fernando Mansilla. Una propuesta de La Suite. Cunqueiro nació un 28-F del año del 23-F. El fervor sevillano por su obra supera a autores gallegos más mediáticos: a Valle-Inclán, amigo de Juan Belmonte, padre literario de Max Extrella, personaje inspirado en el poeta sevillano Alejandro Sawa; a Camilo José Cela, Nobel de Literatura en 1989, pregonero del Verdeo en Arahal, de la feria del Libro de Castilleja; o a Gonzalo Torrente Ballester, inmortalizado por la cámara de Juantxu Rodríguez en esa foto de intercambio de bastones con Jorge Luis Borges en la terraza del hotel Doña María.

Cunqueiro se agiganta entre minorías. Néstor Luján escribió que Las crónicas del sochantre fue premiado pese a ser el libro menos vendido de los aspirantes al galardón. Un gaitero le puso colofón al enjundioso cenáculo.

Nota bene. Donde dice "Cunqueiro nació un 28-F del año del 23-F" debe decir "Cunqueiro murió, etc." Para que la velada fuera perfecta, coincidió con la fausta noticia de la absolución de la funcionaria municipal que hizo posible que el acto de homenaje a Foxá se celebrara bajo los luceros, como correspondía. Como oficiante en el acto y al tener noticia de su procesamiento, dije que sólo podría yo comparecer como testigo de descargo, pues gracias a ella tuvo el acto un eco local, provincial, regional y nacional que de lo contrario no hubiese tenido. Aquí paz y después gloria.

Monday, February 13, 2012

Greguerías cesaropapistas


  • Un camello es un caballo hecho por un Parlamento. (Carl Schmitt)



  • A veces la mitra funciona como apagavelas de la inteligencia. (Josef Ratzinger)

Thursday, February 09, 2012

Entre la olla del caldo y la Santa Compaña


Entre la olla del caldo y la Santa Compaña
Durante la primera mitad del decenio de 1970 vivía yo en Roma, desde donde empecé a colaborar en la revista Destino, en la que me vi alternando nada menos que con plumas tan bien cortadas como las de Pla y Jiménez Lozano (“cristiano impaciente” a la sazón) y con otras que no lo eran tanto. Entre las bien cortadas estaba la de Alvaro Cunqueiro. Mi idilio con Destino culminó con la publicación de El mono azul, novela escrita a matacaballo para el gran premio de la casa, el Nadal, que por fin no se me concedió, posiblemente porque la última frase de esa novela decía y dice: “Para ellos por lo menos volvía a reír la primavera”. Corría el año de 1974. La novela tuvo tanto eco que me permitió al año siguiente alzarme con el Premio Nacional de Literatura, un premio que siempre se llamó “Cervantes” y que aquel año dieron en llamar “José Antonio Primo de Rivera”. Los que por razones indudablemente políticas habían introducido ese cambio hicieron con ello un acto de justicia poética, y es que sospecho que el premio se me dio, aparte de otras consideraciones, porque esa frase final no arredró al jurado madrileño como arredró posiblemente al barcelonés. Esta sospecha la abona el hecho de que, al consultar la decisión de optar al premio nacional con el editor Vergés, éste me dijo que le parecía bien… “pero no lo que cuelga, ¿eh?”, es decir el nombre con el que se sustituía el de Cervantes en la convocatoria. A lo que voy es que a aquellas alturas, el azul mahón de las camisas fundacionales de la revista estaba bastante desteñido, y aunque mi camisa política siempre fue blanca, no siempre fue como una seda mi colaboración en sus páginas. Uno de los presuntos “camisas viejas” de la primera hora era Alvaro Cunqueiro, y alguna simpatía me debía de tener cuando, en la cena de entrega de los Premios Nacionales en el madrileño Palacio de Congresos, se me acercó un señor, creo que José Vicente Puente, para transmitirme de su parte una invitación a comer en Galicia. No alguna, sino mucha simpatía me debía de tener Cunqueiro para concederme su máximo galardón, que era naturalmente el gastronómico. Poco tiempo después, cuando andaba metido en los trabajos de Doñana, el entonces director de la reserva biológica Javier Castroviejo me trajo a su padre, el también camisa desteñida José María, quien me reiteró la invitación sumándose a ella. Ambos murieron sin que yo pudiera honrarla y no sé sin saber ellos que mis cocinas españolas predilectas son la gallega y la portuguesa.
Ultimamente he recogido en un librito las conferencias de un seminario impartido en la Universidad San Pablo CEU de Madrid sobre el tema Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra, con idea de deshacer el tópico ese del “páramo cultural”, y debo decir que los gallegos - representados por Valle-Inclán, Fernández Flórez y Vicente Risco - se quedan con la parte del león. A Cunqueiro lo tenía en cartera, porque meterlo en esa tanda hubiera sido abusivo, pero el cese del rector Sánchez Saus impuso al seminario una solución de continuidad, y me tuve que privar de hablar de él y de su obra del mismo modo que me había privado irremediablemente de sentarme a su mesa.
La tesis de esas lecciones mías se pueden resumir en las palabras que Néstor Luján, otro de los grandes gastrónomos de Destino, tanto que llegó a contraer matrimonio con la hija del dueño del Agut d’Aviñó, de Barcelona, le dedicó a Las crónicas del sochantre, Premio de la Crítica en 1959:
Nos atrevemos a decir que, de todas las obras que entraron en consideración del jurado que concede este premio – compuesto por los críticos literarios más importantes de España - , era este libro el menos vendido, el más absolutamente desconocido, el que iba más contra corriente de la moda narrativa del momento, tan social y espesa, tan respetable.
El denominador común de los escritores españoles de que me ocupé era justamente el antedicho, el de ir contra corriente de la moda, y quitando a un madrileño, aunque pasado por agua, Ramón Gómez de la Serna, todos los demás daba la casualidad de que eran periféricos. Si llego a meter a Cunqueiro, habría tenido que poner “letras gallegas” donde ponía “letras españolas”, y dejar fuera a Andalucía, las Islas Baleares y las Provincias Vascongadas. Y es que Cunqueiro habría acabado con el cuadro. Cuando Cunqueiro hacía de las suyas, aún no sabíamos nada o sabíamos muy poco de fabuladores tan insólitos como Italo Calvino o Gabriel García Márquez, con quienes Luján lo llegaría a equiparar, junto con Borges, del que sí sabíamos bastante. También menos de un año antes de que Cunqueiro ganara el Premio de la Crítica, aparecía en Italia El Gatopardo, con cuyo autor equiparaba Luys Santa Marina a su amigo y camarada Lorenzo Villalonga.
Si evoco los tiempos en que “Cunqueiro hacía de las suyas” no me refiero exclusivamente a sus tareas literarias, sino a las periodísticas y en este ramo a las picarescas. Los grandes escritores gallegos forman una “santa compaña” en la que ellos mismos, transfigurados en fuegos fatuos, desfilan disimulándose entre sus propias criaturas de ficción. El anecdotario de un Cela o de un Valle vale por cualquiera de sus fabulaciones, como en el caso del último demostró Gómez de la Serna. En líneas generales, los de la generación a los que la guerra pilló en plena forma, casi todos pasaron, como sus colegas catalanes, del nacionalismo a la inasequibilidad al desaliento para recaer en el vicio de juventud unos, y otros en cosas tan pintorescas como el “anarco-carlismo” de Masoliver en el reino de Aragón y Castroviejo en el de Galicia. Castroviejo, “señor de Tirán” como le llamaba Cunqueiro, Guarda Mayor de la Sierra de los Ancares con derecho a uniforme, Cronista Mayor del Albariño, lo mismo hablaba con los cuervos que mantenía en una alberca de su huerta una familia de sirenas que sólo se dejaban ver con luna nueva y siempre y cuando no estuvieran amamantando a sus “filliños”. Padre de familia numerosa después de un noviazgo en el que estuvo a punto de correr la suerte de Leandro ante Hero, no bebió en su naufragio frente a Moaña ni la milésima parte del líquido que haría a sus conocidos cambiarle el segundo apellido, Blanco Cicerón, en Tinto-Cicerón. Una de las muchas travesuras báquicas con su amigo Cunqueiro fue la de venderle a un catalán un tranvía de Vigo. A Cunqueiro le retiraron el carnet de Prensa en fecha tan remota como 1943, hecho al que se agarran como lapas los que reivindican a estos escritores a la luz de la memoria senil, por mal nombre “memoria histórica”, haciéndolos antifranquistas intrauterinos. La verdad del cuento es que Cunqueiro se comprometió con la Embajada de la Francia de Vichy a escribir una serie de artículos sobre el país vecino. Percibió un adelanto de 8000 pesetas – una fortuna entonces – y pusieron a su disposición un auto con mecánico, al que Cunqueiro ordenó dirigirse a Mondoñedo, donde sin la menor duda cumplió con Francia gastándose el anticipo en homenajear a Pantagruel. La Embajada protestó ante las autoridades, que sancionaron al desahogado foliculario, retirándole el carnet de Prensa, lo que no le impidió, pasado el enfado oficial, llegar a ser director de El Faro de Vigo. Falange Española en cambio no consiguió darlo de baja en sus filas por la sencilla razón de que, contra todas las apariencias, Cunqueiro nunca se dio de alta en ellas. También se cuenta que, no sé si en El mismo Faro de Vigo o en Arriba, desapareció de la noche a la mañana todo el papel del almacén, que Cunqueiro había vendido a escondidas a un quídam, el cual tomó posesión de los rollos con más facilidad que el catalán del tranvía.
Es muy posible que mis preferencias culinarias guarden estrecha relación con mi afición a la poesía galaico-portuguesa, esa poesía que Cunqueiro cultivó cuando daba sus primeros pasos por los montes y las chimeneas de Galicia. En esa poesía dialectal está la clave de la prosa castellana de tantos escritores gallegos, desde Fernández Flórez hasta Eugenio Montes, contertulios en su más tierna juventud como se sabe de Martín Codax y de Gil Vicente. Pero aparte de lo atractiva que resulte esa poesía y esa cocina para un andaluz, hay, digamos, entre Galicia y Andalucía una cierta afinidad electiva, que diría Goethe. No es ya que nos hayamos inventado nosotros nuestro Argantonio como ellos su Breogán; es que además suevos y vándalos llegamos juntos a la península y ya éramos católicos cuando llegaron los visigodos. Luego su rey Miro y nuestro príncipe Hermenegildo quisieron coger en tenaza al arriano Leovigildo y no pudo ser, pese a la ayuda bizantina. Por otra parte, y esto es ya muy personal, una de las cosas que más me gustan de Buenos Aires es que me tomen por gayego.
En una cosa tengo que llevarle la contraria a Cunqueiro, y es que de la ondulación melódica de la prosodia gallega, y no de una presunta afición a la norma jurídica, como él sostiene, deben de venir “esos movimientos dialécticos típicos de la mente del gallego aún ahora, el racionalismo y el escepticismo, el buscarle cien rostros a las cosas, el gusto por el parrafeo, por la discusión demorada, y aun el trasacuerdo, y la retranca, y una cierta desconfianza, cuya alabanza se halla en dos dichos populares: A confianza mata ao galego, o Un pouco de caldo limpo e un pouco de desconfianza, nunca lle fizeron mal a ninguén …”

Monday, February 06, 2012

Cena gallega