Friday, May 25, 2012

Final de Copa

El águila y el fuego
  Yo quiero ver arder diecisiete banderas.
 Yo quiero ver fundirse diecisiete banderas
en una llamarada roja y gualda
 y el águila de Patmos, con su nimbo,
nacer de las cenizas, ave fénix,
abrir su envergadura de columna a columna
 y volar una y grande y libre.

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Wednesday, May 23, 2012

Efemérides agoreras
El lunes 21 de mayo me encontraba en Cádiz, en un acto conmemorativo de la Constitución de 1812, en el Oratorio de San Felipe Neri, lugar de nacimiento de La Pepa. El arzobispo de Sevilla, al clausurar el acto, que fue brillante, mencionó entre otras cosas que el año próximo se van conmemorar los cincuenta años del Concilio Vaticano II, y no sé por qué di en pensar que ciertas efemérides tienen algo de agorero. Y es que me vino a la mente el segundo centenario de la Revolución Francesa, que vino a coincidir con la caída del Muro de Berlín y la liquidación de la Revolución Rusa. La Revolución, uno de los dogmas de la Modernidad, resultaba indefendible, vistos los resultados de su último avatar, y entre los propios franceses no fueron pocos los que hicieron de ella juicios negativos. El Presidente Mitterrand salió del paso con una especie de Carnaval de luz y sonido y una Marsellesa con coreografía de Las Indias galantes.
 El segundo centenario de La Constitución del 1812, llamada La Pepa porque se proclamó el día de San José, llega en un momento en que la Constitución de 1978, que yo llamo La Nicolasa por haberse votado el día de San Nicolás, no goza lo que se dice de buena salud. Decía Carl Schmitt que un camello es un caballo hecho por un parlamento. Alguna vez he comparado a La Nicolasa
con un camello, cuya joroba, su título VIII, lleva todas las trazas de degenerar en tumor canceroso. También la he comparado con aquella machadiana “guitarra de mesón, que hoy suenas jota/ mañana petenera”, según quien sea el arriero que la descuelgue del clavo y la toquetee con sus sucias manos. También con el lecho de Procusto, en el que España sólo cabe si se le amputa un par de miembros. Precisamente en estos días, dos de esos miembros, en avanzado estado de gangrena, planean un golpe de efecto en la propia capital de la nación con ocasión de la final de la Copa del Rey. Ese desplante no es más que el remate espectacular de una larga serie de insolencias de los cabecillas separatistas, toleradas, consentidas o fomentadas por el Gobierno nacional de turno. Ya sé que hay excepciones en la clase política, pero esas excepciones tienen nombres y apellidos y se cuentan con los dedos de una mano. Dos de esas excepciones son hombres: Vidal-Quadras y Mayor Oreja, prueba de que hay muy buenos españoles en Cataluña y en Vascongadas, pero hoy quiero destacar a dos mujeres, que como ya he dicho alguna vez, demuestran tener lo que hoy les falta a la mayoría de los españoles, emasculados por los que Marías llamaba “los medios de confusión”. Hablo de Esperanza Aguirre y Rosa Díez. A Esperanza Aguirre se le han echado encima como fieras no ya sus adversarios de siempre, sino los medios de confusión en general y hasta sus compañeros de partido, como el pobre hombre que está a su frente en las Provincias Vascongadas. Y es que llueve sobre mojado, porque ha sido ella la que desde la mayoría parlamentaria ha dicho lo que la otra viene repitiendo desde su escaño solitario: que los impopulares e inevitables recortes tienen que empezar por las fementidas autonomías, sin hacer distinciones entre las históricas, a las que yo llamo histéricas, y las del café para todos, a las que llamo menopáusicas.

(Algo de lo que voy a leer esta tarde en el Real Círculo de Labradores de Sevilla en la presentación del libro de Jesús Laínz Desde Santurce a Bizancio )

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Sunday, May 20, 2012

Primer centenario

(Tal día como ayer, 19 de mayo de 2011, se cumplía el primer centenario de la muerte en Santander de don Marcelino Menéndez Pelayo. Con ese motivo tenía que haber aparecido, editado por Encuentro,un libro de homenaje titulado Genio y figura de Menéndez Pelayo, firmado por César Alonso de los Ríos, Ignacio Gracia Noriega y el que suscribe. Imponderables editoriales hacen que su aparición se dilate hasta septiembre, coincidiendo con los actos en memoria de don Marcelino que la Real Academia de la Historia programa en Santander. Reproduzco aquí la página que, en el segundo aniversario, le dedicó a don Marcelino la revista sevillana Bética en su número de mayo de 1914, y a continuación, la nota editorial del susodicho libro en imprenta.)
El 19 de mayo de 2012 se cumplen los cien años del fallecimiento en Santander de don Marcelino Menéndez Pelayo. El presente libro recoge las reflexiones que en tres escritores contemporáneos suscita esa efeméride que sin duda va a ser conmemorada dignamente en todos los ámbitos más excelsos de nuestra nación. Hay hombres que con su obra y su ejemplo redimen a su pueblo y lo dignifican. Entre los pueblos que se enorgullecen de haber tenido compatriotas de semejante envergadura, no está el español ciertamente solo ni es de esperar que se quede atrás a la hora de reconocerlo. Al hombre hay que juzgarlo por sus obras, y las de Menéndez Pelayo, que fue ante todo y sobre todo un historiador de las ideas, que estuvo en su día en la vanguardia y en la cima de la sabiduría europea, u occidental si se quiere, lo ponen a él muy por encima de las discusiones y los enfrentamientos de los polémicos años que siguieron a su muerte. Nadie como él valoró los momentos cenitales de la cultura española o deshizo los tópicos de un pesimismo resignado a la vez que señalaba con ojo certero y conocimiento de causa las circunstancias de la decadencia y del mal gobierno. Sus ideas las argumentó con la vehemencia y la pasión del convencido, pero con un respeto y una estimación por los que disentían de ellas que fueron en aumento con los años. Puede decirse que no hay gran prosista español que no se haya beneficiado de su magisterio, pues tenía el arte de exponer los temas en apariencia más áridos con una atractiva amenidad. Se ha dicho que si los españoles somos “hijos de algo” es gracias a Cervantes y a Velázquez. También a Menéndez Pelayo tenemos “algo” que agradecer en este capítulo.

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Esperpentos bantustánicos

Saturday, May 19, 2012

Molnar, un pensador no conformista
Alberto Buela (*)

 Thomas Molnar (1921-2010), nació en Budapest, capital de Hungría. A los cinco años su familia se trasladó a Transilvania, zona que pasó a Rumania por el tratado del Trianon. Durante la guerra estuvo detenido en el campo de concentración de Dachau como dirigente juvenil católico belga. Terminada la guerra escapa del comunismo húngaro y vive entre Bruselas y París hasta que en 1949 se radica en los Estados Unidos. Se transforma en un viajero constante por todo el mundo. Caído el régimen comunista en Hungría comienza vivir y a enseñar alternativamente en USA y en Budapest. Murió en Virginia. Molnar fue un “ensayista filosófico” que trabajó de profesor universitario en Columbia y Nueva York. La temática de sus escritos es amplia y variada, pero si hay algo que lo destaca es que puede ser definido como un pensador católico. Si bien húngaro de nacimiento, lo podemos asociar sin forzar la verdad a los autores que conformaron la “diáspora rumana” como Vintila Horia, Uscatescu, Mircea Eliade, Manoilescu, Emile Ciorán, pues pertenece a la misma familia de ideas. El no fue un erudito, un académico, un scholar, como no lo fueron algunos de los grandes filósofos católicos del siglo XX: Josep Pieper, Augusto del Noce, Michele Sciacca, Eugenio D´Ors, Leonardo Polo, Wagner de Reyna, René Girard, Gabriel Marcel et alii. Pero fue un hombre que meditó sobre los problemas de nuestro tiempo: la autoridad, la izquierda, la educación, el neopaganismo, el utopismo, la decadencia, la desacralización. Publicó cientos de artículos y medio centenar de libros, la mayoría en inglés, pero una docena en francés y, en su última época, otro tanto en su idioma natal.

 

 Bernanos: his political thought and prophecy. 1960. • The decline of the intellectual. 1961. • The future of education.1961. • The two faces of American foreign policy. 1962. • Africa; a political travelogue. 1965. • L'Afrique du Sud. 1966. • South West Africa; the last pioneer country. 1966. • Spotlight on South West Africa. 1966. • Utopia, the perennial heresy. 1967. • Ecumenism or new reformation?. 1968. • Sartre: ideologue of our time. 1968. • The counter-revolution. 1969. • La gauche vue d'en face. 1970. • The American dilemma, a consideration of United States leadership in world. 1971. • Nationalism in the space age.1971. • God and the knowledge of reality. 1973. • L'Animal politique :essai. 1974. • Authority and its enemies. 1976. • Le socialisme sans visage: l'avènement du tiers modèle. 1976. • Dialogues and ideologues. 1977. • Christian humanism: a critique of the secular city and its ideology. 1978. • Le modèle dèfigurè: l'Amèrique de Tocqueville á Carter. 1978. • Politics and the state: the Catholic view. 1980. • Theists and atheists: a typology of non-belief. 1980. • Le Dieu immanent: la grande tentation de la pensée allemande. 1982. • Tiers-Monde: idéologie, réalité. 1982. • L'éclipse du sacré: discours et réponses. 1986. • The pagan temptation. 1987. • Twin powers: politics and the sacred. 1988. • The Church, pilgrim of centuries. 1990. • L'Europe entre parenthéses. 1990. • Philosophical grounds. 1991. • L´Américanologie. 1991 • The emerging Atlantic culture. 1994. • Du mal moderne. 1996 • Archetypes of thought. 1996. • Filozófusok istene. 1996. • Return to philosophy. 1996. • A Magyar Szent Korona és a szentkorona-tan az ezredfordulón (editada por Tóth Zoltán József) • Századvégi mérleg : válogatott írások. 1999. • A pogány kísértés. 2000. • Igazság és történelem. 2000. • Bennünk lakik-e az Isten?. 2002. • Válogatás a Magyar Nemzet nek és az asztalfióknak írt publicisztikákból. 2002. • A beszélő Isten. 2003. • A jobb és a bal: tanulmányok. 2004. Obras en castellano (hasta donde sabemos) La autoridad y sus enemigos, Ed. Epesa, Madrid, 1977 La izquierda en la encrucijada, unión editorial, Madrid, 1970 El socialismo sin rostro La decadencia del intelectual Utopismo. La herejía perenne (se puede descargar en: http://ibookia.com/ebooks/eam/ebook_view.php?ebooks_books_id=5350 ) La Iglesia peregrina de los siglos, Ed. Gladius, BsAs., 1968

 Algunos autores de “la izquierda caviar” lo han sindicado como “reaccionario ilustrado”, y en realidad fue, como el colombiano Gómez Dávila, un reaccionario por ser “reactivo”, al statu quo político y cultural reinante en Occidente. Lo cual es un signo de vitalidad intelectual. Y así criticó desde siempre al pensamiento políticamente correcto como “el mal moderno”. Cómo será su carácter reactivo que en 1986 mantiene una serie de charlas con un muy buen pensador neopagano como Alain de Benoist( L'éclipse du sacré: discours et réponses) y al año siguiente saca su extraordinario libro The pagan temptation, en donde pulveriza al neopaganismo contemporáneo. Y así sostiene que la desacralización y secularización de la civilización occidental nace de un proceso de intelectuación con la racionalización progresiva de la cultura cristiana que ocultó la sacralidad de la vida. Ésta es buscada, entonces, en experiencias exóticas: vuelta al paganismo, religiones orientales, sectas, etc. En cuanto al neopaganismo, ha renunciado a la antigua pietas romana. Esto es. Lo sagrado que deber ser venerado, pues no tiene nada que venerar como sagrado, y es absolutamente subjetivista, pues desconoce la existencia de un Dios personal. Carece del sentido del pecado, pues éste significa separación de Dios y sus mandatos. Padece el encanto del naturalismo con el culto del cuerpo a través del ejercicio, las dietas, el jogging y los baños de sol, como “nuevos bárbaros que se relajan en las playas”, al decir de Albert Camus. En definitiva, el neopaganismo ha situado todos los bienes en esta tierra y se ha quedado sin defensa ante la muerte. Y termina citando a Chesterton en Ortodoxia: “La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano antiguo, se ha convertido en el gigantesco secreto del cristiano”. A pesar de haber vivido sesenta años de su vida en yanquilandia y conocer al dedillo el pensamiento no conformista norteamericano (Russell Kirk, Paul Gottfried, Frederik Wilhelmsen), siempre sintió una difícil disconformidad con el espíritu de esa gran nación, pues su carácter vétero testamentario no logra expresar con claridad su pertenencia a la genuina tradición occidental. Para que aprecien su estilo, aquellos que no lo han leído, en uno de sus últimos reportajes sobre crisis espiritual, mundialismo y Europa, refiriéndose a lo sagrado respondió:
 « Le sacré n'est pas divin dans le sens "substantiel" du mot ; il médiatise le divin, il l'active en quelque sorte. D'abord, le sacré change d'une religion à l'autre, il attire et ordonne d'autres groupes humains (Chartres a été bâtie sur un lieu déjà sacré pour les druides, mais ces sacrés superposés n'expriment pas la même "sacralité"). Le sacré nous révèle la présence divine, cependant le lieu, le temps, les objets, les actes sacralisateurs varient.» « Lo sagrado no es lo divino en el sientido sustancial de la palabra ; él mediatiza lo divino, de alguna manera, él lo activa. Antes que nada, lo sagrado cambia de una religión a otra, él atrae y ordena otros grupos humanos (La catedral de Chartres ha sido construida sobre un lugar ya antes sagrado para los druidas, pero estas sacralidades superpuesas no expresan la misma « sacralidad »).
Lo sacro nos muestra la presencia divina, sin embargo el lugar, el tiempo, los objetos, los actos de sacralización varian ». Desde la filosofía, en una expresión más dura, más racional, más reflexiva y menos plástica que la utilizada brillantemente por Molnar se dice que : En primer lugar, que lo sagrado como su nombre lo indica pertenece al orden de « las cosas separadas », y que por eso, lo sagrado se vincula directamente a Dios. Que está en relación con lo profano (pro fanum) a aquello que está antes o delante de lo sagrado. Que por ello lo sagrado rompe con la homogeneidad del mundo. Muestra que el mundo no es homogéneo. El templum no se ara, no se le saca utilidad a « esa tierra ». En lo sacro, lo sagrado, sacer, sacré, sacred, la presencia de Dios se hace palpable, localizable. Por todo esto, los sagrado se manifiesta en la acción sagrada, actio sacra, que son las ceremonias donde « se celebra » a Dios. La celebración del misterio eucarístico en el mundo cristiano-católico es la acción sacra por excelencia. Todo esto Thomas Molnar lo expresó así : lo sagrado no es lo divino sino que mediatíza lo divino. Revela la presencia divina aún cuando varien el lugar, el tiempo, los objetos y los actos de sacralización. Como muestra basta un botón, éste, para ver la profundidad de su pensamiento y la lozanía de su expresión.


 (*) buela.alberto@gmail.com Arkegueta, aprendiz constante, mejor que filósofo www.disenso.org

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Wednesday, May 16, 2012

Jovellanos en Sevilla

                                            Jovellanos en Sevilla
  
Son ya tantas las veces que he ido a Gijón invitado por el Ateneo Jovellanos que no puedo acordarme de cuál fue la primera, que es cuando conocí a José Luis Martínez. Es de justicia decir que mi desembarco en Asturias fue en Oviedo, en la Tribuna Ciudadana que dirigía Juan Benito, y que el muñidor fue el entonces cronista oficial de Llanes José Ignacio Gracia Noriega. Desde entonces puede decirse que fui un asiduo visitante de Asturias y, quitando una vez que fui a Llanes como jardinero consorte y otra que vine de Betanzos a comer con Gracia Noriega en Casa Consuelo, a dos pasos por cierto de Puerto de Vega, donde Jovellanos rindió viaje para siempre, mi destino más frecuente fue Gijón y mi anfitrión José Luis Martínez. 
José Luis Martínez pertenece a la rara especie de los lectores de amena literatura, para lo cual no hay que estudiar ninguna carrera específica. Los estudios de José Luis fueron de Comercio, pero tuvo la suerte o el instinto de entrar a trabajar en una librería ovetense sita en la calle Uría, la Librería Colón, una librería de aquellas de la época del “páramo cultural” en las que los ingenios locales alternaban con los nacionales en animadas tertulias.  Los asturianos Angel González y Paco Ignacio Taibo, entre otros, conversaban con el gallego Torrente Ballester y con el vasco Celaya, por no citar más que unos nombres, nombres significativos, pues todos ellos tenían vara alta en el dichoso “páramo”.  A tres de ellos los traté en la España de entonces y de los  tres, ya difuntos, guardo un grato recuerdo personal y con alguno, como Torrente, tengo motivos de agradecimiento.  Además, en años en que pasaba más tiempo fuera de España, coincidí en Lisboa con Torrente y en Roma con Celaya.  A Taibo en cambio lo conocí en Méjico, en un almuerzo en el que su gentil esposa me dio a probar un queso curado al calor de los volcanes.  La cocinera, indígena por supuesto, se esmeró aquel día.  Eran vísperas de elecciones y los comensales, progresistas todos, más uno de los hijos, que parecía algo trotskista, comentaban que mientras ellos votaban a los candidatos de izquierda, la cocinera en cambio votaba al PAN, el partido de las derechas.  Yo traté de sacarlos de su perplejidad y de tranquilizar su conciencia diciendo que en la vida no se está a la derecha ni a la izquierda, sino arriba o abajo. 
Con esa iniciación entre libros, nada más natural para José Luis Martínez que en los viajes a los que lo obligaba su profesión de personaje de Arthur Miller, su olfato lo guiara a las tertulias literarias de los cafés y las librerías de la piel de toro, empezando por la cornisa cantábrica y extendiéndose a toda la península.   Editor, patrono de instituciones importantes, enlace entre Ateneos, creador de premios, patrocinador de concursos, José Luis Martínez ha sido protagonista de tantas iniciativas culturales y artísticas que justifican con creces la lluvia de medallas de oro y de plata no sólo de España y de Portugal, sino de la América española y del propio Vaticano. Andalucía no podía quedarse atrás, y le rendiría homenaje con la Fiambrera de Plata del Ateneo de Córdoba, pero sería el Centro Asturiano de Madrid el que pusiera la guinda con su Manzana de Oro, robada desde luego por Hércules del Jardín de las Hespérides.
Hoy viene a Sevilla a hablarles a sus paisanos in Urbe de otro paisano ilustre que con Sevilla tuvo mucho que ver, don Gaspar Melchor de Jovellanos.  Sevilla fue su primer destino profesional. Contaba veinticuatro años y traía el nombramiento de alcalde de cuadra, o sea de alcalde de la Sala del Crimen.  El clima sevillano debió de hacerle gravosa la peluca con que entonces se tocaban los magistrados de la Real Audiencia y prescindió de ella, menos vistosa que su frondosa cabellera.  Este episodio me hace pensar en un contemporáneo suyo, Jacobo Casanova, a quien su abuela, al mandarlo a Padua, le encasquetó una peluca rubia que se daba bocados con su tez morena y de la que no tardaron en desembarazarlo.  Esta circunstancia no deja de tener su significado, pues la peluca era un estorbo para todo aquel que, como los personajes citados, acabara aireando su cabeza con las ideas de la Ilustración.  Así lo entendió el conde de Aranda, que desde entonces suprimió la peluca en el atuendo de los magistrados.  En Sevilla dio también sus primeros pasos Jovellanos como dramaturgo, al leer su comedia El delincuente honrado en la tertulia del Asistente Olavide en los Reales Alcázares.
Muchos años después, en 1808, volvía Jovellanos a Sevilla en circunstancias dramáticas, como individuo de la Junta Central, al trasladarse ésta desde Aranjuez ante el avance de las tropas invasoras.  Al comienzo de los sucesos, convalecía en Jadraque de las penalidades de aquellos años, cuando recibió un correo de Murat nombrándolo ministro del rey José en unión de sus amigos Azanza, Urquijo, Cabarrús y Mazarredo.  Una carta de Azanza le contaba los sucesos de Bayona y le daba cuenta del buen talante con que Carlos y Fernando habían cedido la corona a Napoleón para que éste la pusiera en las sienes de su hermano.  Por mucho que simpatizara con los proyectos y las ideas de sus ilustrados amigos, en cuya defensa se había dejado la salud y la libertad, se negó en redondo a aceptar el ofrecimiento, alegando que “aun cuando la defensa de la patria fuese tan desesperada como ellos se pensaban, sería siempre la causa del honor y la lealtad, y a la que a todo trance debía de preciarse de seguir un buen español”.  Ya a raíz de la batalla de Bailén había escrito: “Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa de mi patria”. Es en Sevilla donde empieza a redactar sus cartas a Lord Holland  en las que, con su Memoria de defensa de la Junta Central, se explaya sobre la “desenfrenada libertad de imprimir”, causa de los desmanes de la Revolución Francesa; sobre la “opinión pública”, de la que no tenía mejor opinión que Feijóo de la “voz del pueblo”, así como sobre los proyectos constitucionales que se debaten en Cádiz, donde espera el momento de emprender su azaroso viaje por mar a Galicia y Asturias.  Partidario de un parlamento bicameral a la inglesa y a la americana, pero también de que la representación  sea por estamentos, teme que “la manía democrática del sistema unicameral” haga que sólo se convoque a esa abstracción igualitaria que llamamos “pueblo”, con lo que la Constitución declinaría hacia la democracia, “cosa que no sólo todo buen español, sino todo hombre de bien, debe mirar con horror.”

Ya se sabe que en Cádiz, al promulgarse La Pepa, acabarían prevaleciendo los que Jovellanos llamaba “fogosos políticos, deslumbrados por su mismo celo…que destruyen para edificar de nuevo”  imbuidos de “las ideas de Juan Jacobo y de Mably, y aun [de] las de Locke, Harrington y Sidney”.  También muchos años más tarde, en 1978, de los siete sabios que, como diría Quevedo, engendraron a escote a La Nicolasa, el único que pareció acordarse de Jovellanos fue don Manuel Fraga, que llegaría a sugerir una Constitución a la inglesa, no escrita, y consistente en la adaptación a los nuevos tiempos de las aun vigentes Leyes Fundamentales.   ¿Qué habría dicho Jovellanos si se entera de que con el tiempo, algo tan permanente como la Patria, supeditada a un sistema político transitorio por naturaleza (lo que él por cierto llamaba “superchería democrática”) iba a ser definida como un “concepto discutido y discutible”?

En fin, no sé si se me habré excedido en hablar de Jovellanos, pero confieso que todo lo que de él se diga siempre sabrá a poco, y ya que nuestra clase política lo ignora, pues nada hay que moleste tanto a la partitocracia como el patriotismo, quiero dar de antemano las gracias a José Luis Martínez  por haberlo escogido como asunto de su conferencia de la que todos, estoy seguro, vamos a aprender mucho y bueno sobre un español tan grande como don Gaspar del que muchos de ustedes están orgullosos de ser paisanos y otros como yo de ser compatriotas.  

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Friday, May 11, 2012

La Rosa y la Esperanza

Dos señoras que tienen lo que no tienen sus colegas masculinos: el valor de llamar a las cosas por su nombre y de poner el dedo en la llaga.

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Thursday, May 10, 2012

Lo único que importa


De todos los géneros que actualmente se cultivan en lengua española, debo decir que es la poesía lírica la que, en mi opinión, se lleva la palma. Se escribe desde luego mucha poesía a ambas orillas del Mare Tenebrosum, pero también es cierto que muchos despachan por poesía algo parecido a lo que suele hoy despacharse por música. Muchos jóvenes poetas, o no tan jóvenes, hacen lo que saben, pero hay algunos que saben lo que hacen. Uno de ellos es el jerezano Raúl Pizarro, nacido en 1973, maestro nacional, maestrescuela o como ahora se diga.  Véase que no hablo a humo de pajas.

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Wednesday, May 09, 2012

Memento mori

Véase lo que escribe Enrique García-Máiquez ,y suscribe quien se aplica el cuento y respira por la herida, sobre Pobres Premios en el Diario de Sevilla


Pobres premios

Enrique / García-Máiquez | Actualizado 09.05.2012 - 01:00
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NO por el último Cardenal, sino por los golpes reiterados. Los premios literarios se están convirtiendo en una rama de la geriatría o de los cuidados paliativos. ¿Por qué, para recibirlos, hay que haber superado con creces la esperanza de vida o estar aquejado, al menos, de una enfermedad grave? Los premios tienen la función de divulgar en la sociedad el amor por la literatura, pero, con esa fijación por la senectud, no transmiten precisamente la idea de que las letras sean una cosa viva y emocionante.

Tampoco hay que darlos por fuerza a los jóvenes, sino premiar el mérito sin sopesar las fechas de nacimientos o los partes facultativos. Con todo, a los premios a tan provectos escritores se puede decir lo que el Doctor Johnson a quien quería apoyarle cuando finalmente era un escritor célebre: "¿Acaso es un mecenas, milord, el que contempla con indiferencia a un hombre que se afana por no ahogarse en el mar y que, cuando éste llega a tierra, le ofrece una ayuda que ya no necesita?" Y no se requiere mucho ojo crítico para premiar a autores ya consagrados. Así cualquiera acierta; y, si no acierta, al menos la piedad de todos con el venerable premiado cubre al jurado con su manto.

Otro aspecto muy llamativo de los premios es su corrección política, escorada a la izquierda. Yo, tan conservador, no me quejo de eso casi nunca. Por dos motivos: porque "la queja trae descrédito" (Baltasar Gracián) y sobre todo porque "sólo un talento evidente hace que le perdonen sus ideas al reaccionario, mientras que las ideas del izquierdista hacen que le perdonen su falta de talento" (Nicolás Gómez Dávila). Puestos a no tener talento, mejor que no te aúpen ni te pongan bajo el foco. Sin embargo, el caso de Cardenal clama al cielo al compararlo con otros dos poetas hispanoamericanos de su quinta, y también sacerdotes, aunque ortodoxos: el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa, ya difunto, y el chileno José Miguel Ibáñez Langlois, de sendas obras como mínimo tan meritorias como la del nicaragüense, si no más, pero sin un mísero premio nuestro que llevarse a la gloria.

Dicho lo cual, no me parece censurable que hayan galardonado a Ernesto Cardenal, porque, aunque la inmensa mayoría de su vasta obra desmelenada no vale la pena, su libro Epigramas sí tiene sencillos poemas verdaderos, y esto -¡tan raro es!- se merece de sobra cualquier rimbombante premio internacional. Lo malo es que se lo han dado muy tarde (Epigramas es de 1961) y con el hombre ya muy pasado de revoluciones, y quizá por eso, que sería lo peor. Una sombra de sospecha añosa y rutinaria se cierne sobre los premios literarios.

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Monday, May 07, 2012

Los siete sabios de... Ecija

(Tomado de El Alimoche)
Hablar de esperpentos en España es algo que requiere mucho esfuerzo porque, parodiando al autor del Ecclesiastés, podríamos decir que: "Sperpentorum, infinitus est numerus"; pero aquí vamos a hablar únicamente del esperpento por antonomasia de la política española. O sea, del esperpento autonómico que supera a casi todos los esperpentos que hemos estado viviendo desde que llegó esa cosa que algunos bienintencionados denominan "democracia". O sea, "democracia representativa", para ser más concreto, porque la "democracia directa" ya empezó a verse en Atenas que no podía funcionar.
Los llamados "Padres de la Constitución de 1978" fueron siete, que es un número muy especial porque siete son los dias de la semana, siete son los brazos de la "menorah", y siete fueron las plagas de Egipto. Aunque existen muchas dudas sobre si fueron siete o más. Lo que ocurre es que entre los teólogos judios el número siete es simbolo de perfección. El caso es que los siete padres de la Constitución aparecen en esta foto y sus nombres son:
 Gabriel Cisneros, Juan José Perez Llorca y  Miguel Herrero de Miñón, de pié y de izquierda a derecha. Sentados: Miguel Roca Junyent, Manuel Fraga Iribarne, Gregorio Peces Barba y Jordi Solé Tura.
Y no se nos olvide que siete son también las notas musicales: Ut, Re Mi, Fa, Sol, La, Si. cuyo nombre se creó tomando la primera sílaba de cada hemistiquio del himno de San Juan, y hasta no sabemos con seguridad si el que las nombró fué Guido d´Arezzo:
UT quaeant laxis REsonare fibris
MIra gestorum FAmuli tuorum
SOLve polluti, LAbii reatum
Sancte Ioannes.
El caso es que en la Constitución apareció la palabra Autonomía, que es un concepto nunca bien definido, y los padres de la patria se olvidaron de explicar cuales eran los límites que definían esa cosa que llamaban "autonomía". Y como también son siete los pecados capitales, y de eso sabemos mucho los españoles, no podremos olvidar nunca la frase que dijo un hombre que de tonto no tenía nada, y que se llamaba Rodolfo Martin Villa. Este hombre, que a la muerte de Franco llevaba ya diez y siete años sin bajarse del coche oficial para convertirse en  uno de los primeros ministros del Interior de la nueva democracia, se atrevió a pronunciar estas palabras: "Las Autonomías nos arrastrarán". Y nos han arrastrado. Porque es como si nos hubieran caido encima las siete plagas de Egipto.
Aquella lluvia de ranas, aquella invasión de las langostas, los tábanos, la muerte del ganado, la de los primogénitos etcétera, no han sido nada comparable a la lluvia de políticos, de funcionarios, de leyes que prohiben cosas sin ton ni son, y el saqueo de nuestros bolsillos para mantener este esperpento. Y en estos momentos ya se está "repensando" en corregir estas cosas, porque desde Bruselas nos están apretando las clavijas para que acabemos con este esperpento, a ver si empezamos a recortar el número de parados, que es el recorte que más nos interesa a todos.
Pues eso. A ver si "repiensan" menos y empiezan a actuar. Y que dediquen esas subvenciones que han estado dando a los sindicatos a quienes están capacitados para crear empleo.

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Sunday, May 06, 2012

En Bohemia con Ligne y Casanova

Hay personas que dan más importancia al placer que a la felicidad y otras que no saben distinguir la felicidad del placer; al fin y al cabo da lo mismo y, a la hora de enfrentarse con la verdad y tenerlo que hacer ante un folio en blanco, viene a ser como matar el tiempo haciendo solitarios, que los franceses llaman jeux de patience, en los que ya no cabe hacer trampa. Ya en el prefacio de la Historia de mi vida, Jacobo Jerónimo Casanova reconoce la facilidad con la que pongo en el papel mis razonamientos sin tener necesidad de paradojas ni de retorcer sofismas sobre sofismas hechos más para engañarme a mí mismo antes que a mis lectores, a los que no le gustaría colarles una moneda falsa a sabiendas. Casanova sabía mucho de juegos de azar y de lances amorosos, y no puede decirse que saliera bien parado de los enredos en que no tenía más remedio que meterse. De los italianos solía decir Longanesi que eran buoni a nulla ma capaci di tutto y alguna vez me he preguntado, tal vez ociosamente, si el dicho no era aplicable a Casanova. Prueba de ello es que en el ocaso de su vida fue capaz de escribir unas memorias que, a la vez que nos pintan el gran fresco de la segunda mitad del XVIII, no hubieran sido posibles sin el encadenamiento de amoríos, viajes, inventos, mixtificaciones, duelos, estafas, cuentas con la justicia, trampas, imposturas, seducciones y embelecos en que esa vida consistió. Los resortes de que disponía, que eran sobre todo el físico y la labia, una cultura más vasta que profunda y un acreditado don de la conversación, le abrieron puertas de difícil acceso para el común de los mortales, desde las del torno de una clausura a las de las grandes Cortes europeas. La gran virtud de Casanova, y lo que lo hace simpático, es que llevado por su temperamento a buscar el placer y satisfacerlo plenamente, procuró siempre que las pasiones que sintió y que encendió no destruyeran la felicidad de las mujeres que las compartieron. Dice Robert Abirached que Casanova es en ese sentido el anti Don Juan, pero también dice que es con Napoleón el único hombre de su siglo que logró en vida metamorfosearse en símbolo. La época abunda en personajes simbólicos que son entes de ficción, desde Fausto a Fígaro pasando por Julián Sorel o Rastignac o Carmen o Werther o Emma Bovary, pero la vida de Casanova era ya un libro abierto antes de que la pusiera por escrito, y hoy miramos con envidia a los testigos, muchos de ellos ilustres, de su vida y milagros, de sus arbitrios y sus amoríos, de sus proezas y sus fechorías. Hijo de la farándula como era, no tuvo más remedio que tomar a Europa por escenario y en él hacer toda suerte de números, esos números de los que tanto se reía él mismo cuando en la biblioteca de Dux los pasaba al papel.
 Yo me asomé por vez primera a las Memorias de Casanova en la biblioteca de un colegio en la Universidad de Cambridge, y como eso fue en 1955, nada de particular tendría que se tratara de la versión del profesor de Dresde Jean Laforgue, traducción, como con el tiempo se vería, algo manipulada, de la adaptación alemana de Wilhelm von Schütz, publicada unos años antes, entre 1822 y 1828 en Leipzig por Friedrich Arnold Brockhaus. Como se sabe, Brockhaus le compró en 1820 el manuscrito original de Histoire de ma vie a un sobrino de Casanova llamado Carlo Angiolini. Casanova, que siempre vivió a lo grande, o lo intentó por lo menos, manejaba el dinero con gran desenvoltura y nunca distinguía bien lo propio de lo ajeno, e incluso cuando ya estaba en Dux de bibliotecario del conde Waldstein, se lanzó a aventuras financieras, una de las cuales fue la edición por su cuenta de su novela Icosaméron, que fue un fracaso. El conde acudió al quite, como tenía por costumbre, pero al parecer esta vez le hizo firmar un documento por el que Casanova legaba al conde sus manuscritos inéditos. Lo más importante de esos manuscritos eran las Memorias, y por eso no se entiende muy bien como fueron a parar a manos de la familia de Casanova. Cabe pensar que el conde fuera con la familia tan generoso como había sido con su amigo y bibliotecario.
 El conde Waldstein era sobrino del príncipe de Ligne, otro gran amigo de Casanova en sus últimos años y uno de los destinatarios de algunos capítulos que el memorialista, según los terminaba, solía copiar y enviar a algunos de sus numerosos corresponsales. A Charles-Joseph de Ligne lo llama Paul Morand “un efímero de ochenta años, años que se cuentan por siglos y van de Luis XV a la Restauración.” Ligne conoció a Casanova en Dux en el verano de 1794, cuando él tomaba las aguas en Teplitz y desde entonces no dejó pasar un verano sin reunirse con él en Dux para hablar de todo lo divino y lo humano. Ligne se cartea con Casanova y es, como se ha dicho, uno de los primeros lectores de la Histoire de ma vie. Ambos, en cierto modo y con estilo diverso, habían llevado existencias paralelas antes de conocerse y prácticamente habían estado en los mismos lugares y tratado a los mismos personajes sin coincidir nunca. De ahí el interés de los escritos de Ligne sobre Casanova y de los retratos que hace de él en cartas, semblanzas y evocaciones. Nunca somos como nos creemos que somos, sobre todo si nos fiamos de la idea que de nuestro aspecto nos da un espejo. Todo espejo es engañoso, pues trastoca izquierda y derecha. Ligne tuvo en gran estima a Casanova como memorialista y como conversador, pero cuando lo retrata, como por lo demás hacía con todos sus contemporáneos, no lo hace al pastel, sino al aguafuerte. Esos aguafuertes de Ligne eran tan implacables, los claroscuros eran tan acusados, que al personaje retratado no tenía más remedio a veces que encasquetarle un seudónimo. A José II le llama Achmet; al conde de Provenza (luego Luis XVIII) Cleofás; a sí mismo Agapón y Menipo; a Casanova, Aventuros. Yo creo que la etopeya perfecta de Casanova se tiene sacando la media proporcional entre lo que él cuenta de sí mismo en sus Memorias y cómo lo ve y lo cuenta Ligne en su aguafuerte y en el relato de su vida en el palacio de Dux. De no ser por Ligne, nada sabríamos de las desventuras del ilustre bibliotecario, alguna de ellas, como la de la hija del jardinero, digna de un libreto de su amigo Lorenzo Da Ponte.
 Otra cosa son las cartas, y en una de ellas, fechada en Viena un 21 de marzo de 179…, le escribe lo siguiente Ligne a Casanova: ¡Con qué placer voy a concluir este verano mi entrañable lectura de su [manuscrito]! Hágalo imprimir todo, hágame caso, detalladamente, año por año. Envuelva en gasa sus placeres, si lo prefiere; pero no eche sobre ellos un velo. Esa cena de los curitas bonitos de Roma no es más fuerte que la de Trimalción. Sea alguna vez Petronio, usted que es a la vez Horacio, Montesquieu y Juan Jacobo. La carta sigue con unas comparaciones entre su amigo Jacobo y el Juan Jacobo ginebrino en las que éste no sale demasiado bien parado y se lleva todo el vitriolo del que Ligne nunca se priva cuando escribe.
 En los años en que me movía por Europa casi tanto como Casanova o Ligne, no era fácil viajar por su mitad oriental. Ya ir a una capital era una proeza, pero recorrer el Hinterland estaba fuera del alcance de cualquiera. El castillo de Dux era uno de esos lugares que atraían por su inaccesibilidad y que la imaginación tenía congelado en un pasado literario. Por fin, un domingo de abril que volvíamos de Dresde, nos lanzamos en su busca. No fue fácil, y hasta el “magallanes”, esa brújula mágica del moderno automovilista, parecía empeñado en extraviarnos. Yo comprendo muy bien que Casanova, “ciudadano del mundo”, echara de menos las grandes capitales europeas y se sintiera sepultado en vida en un pueblecito barroco rodeado de prados verdes, colinas amarillas de colza, arroyos bordeados de chopos, estanques bordeados de sauces, de cerezos en flor contra las jorobas azules de los Montes Metálicos. El castillo, si es que alguna vez lo fue, no lo parece, es un palacio rural que recuerda algo al que Montpensier construyó en Villamanrique. Una verja con esculturas mitológicas cierra el patio a uno de cuyos lados se alza la iglesia con sus dos torres barrocas que hace frente a la plaza en cuyo centro se alza, barroca también, la columna de la Peste. Al fondo del patio empedrado, la puerta cochera de arco rebajado entre dos delgadas columnas y dos farolas en anchas y altas pilastras, se abre al apeadero, y deja ver una terraza sobre el jardín despejado y con estanque en la trasera al que se baja por una doble escalinata. Sobre el portal encristalado, un gran balcón de filigrana con altas puertas de cristal y visillos en pabellón en cuyo medio punto aún están las armas de los Waldstein. Y sobre él, otro balcón más pequeño de torneados barrotes de mármol y otro medio punto de cristal y frontis triangular, y una profusión de ventanales enmarcados en blanco que destacan entre los entrepaños de un ocre amarillento, y chimeneas blancas sobre tejados rojos. Aunque la mansión, Renacimiento primero, barroca después, fue retocada en el siglo XIX con criterios neoclásicos en la fábrica y románticos en el jardín, su traza general no es probable que fuera muy distinta en los años en que albergó a Casanova. El interior está amueblado y decorado con gran propiedad museística, con bellos grabados en los pasillos, colecciones de armas, óleos de antepasados, aunque lo único que puede pasar por auténtico es un programa de mano del estreno en Praga de Don Giovanni o il dissoluto punito y el sillón en el que Casanova exhaló el último suspiro diciendo que si había vivido como filósofo, moría como cristiano.
Llegar al palacio de Dux es como llegar al castillo de la Bella Durmiente; hay que abrirse paso no sólo por el laberinto de carreteras comarcales y caminos vecinales de Bohemia, sino que encima de todos los obstáculos, está el del idioma, un obstáculo que ni siquiera en el interior del palacio deja de plantearse. Quien dice idioma dice moneda nacional. Comprar una postal o averiguar el precio de un cristal de Bohemia ya era una transacción laboriosa. Más o menos por señas se nos dio a entender que a tal hora había una visita guiada. Llegada la hora y formado un grupo de visitantes, apareció una señorita que debía de explicar muy bien la historia y el anecdotario de la casa. Al preguntarle yo si no sabía alemán, o inglés, o francés, o italiano, o español, me dio a entender que sólo hablaba checo. Por fortuna, había un argentino residente en el país al que hizo callar de malos modos una señora cuando sotto voce cambiaba unas palabras con nosotros. Yo le dije que nunca había tenido dificultades con el alemán en el país, en el que estuve por vez primera nada menos que en 1963, claro que las veces anteriores no salí nunca de Praga, y él me dijo que la resistencia al alemán tal vez se debía a reacción contra los vecinos Sudetes. A los holandeses siempre les pasó algo parecido, pero por lo menos responden en inglés.
En tiempos de Casanova Bohemia era parte del Imperio austriaco en el que el alemán era la lengua dominante. La última estación de su vida antes de rendir viaje en Dux había sido Viena, de lo que cabe deducir que el alemán por lo menos lo entendía, aunque la lengua que más practicara en los ambientes que frecuentaba fuera el francés. De ahí que su obra escrita lo esté en esa lengua, y que en ella se desarrollaran sus chispeantes diálogos con otro cosmopolita políglota como  Carlos José de Ligne, Charlot le Metéore. El resto de la visita a Dux lo pasé en compañía del recuerdo de ambos, imaginando las ocurrencias y las ingeniosidades que ambos podrían decir, por ejemplo sobre el nacionalismo, esa peste de nuestro tiempo.

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