Tuesday, July 31, 2012

Reseña en El Semanal Digital

Véase comentario de Carmelo López Arias en El Semanal Digital

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Sunday, July 29, 2012

Una novela dantesca



  Cuando Ramón Solís publicó su amena tesis doctoral El Cádiz de las Cortes, su prologuista don Gregorio Marañón lo animó a que novelara la época que tan bien conocía y que tan brillantemente había dado a conocer. Solís siguió el consejo y se puso a la tarea, pero ninguna de sus obras de ficción tuvo la resonancia del magistral ensayo gaditano. Un historiador que se mete a novelista cuenta en principio con una ventaja de salida, pero no es frecuente que esa ventaja se mantenga. La publicación de Suroeste, la primera novela de Bernardo Víctor Carande, me dio la impresión de una acumulación de datos y conocimientos que no tuvo paciencia de organizar en tesis y aprovechó para poner en pie una obra de ficción. Muchos años después una señora, María Dueñas, triunfaba en toda la extensión de la piel de toro con una novela cautivante a la que al final le colgaba una impresionante bibliografía como si en vez de novela aquello fuera un libro de historia. Llamo cautivante a esa novela porque a mí desde luego me cautivó y me sedujo, por más que no me enseñara demasiado como relato histórico. Sin embargo, el ritmo narrativo, la concatenación de episodios, los falsos nudos y los cabos sueltos, las pinceladas de color local, relegaban a un segundo plano lo absurdo de muchas situaciones y lo convencional de todos los juicios. No deja de tener su mérito que un relato de por sí mantenga en vilo al lector hasta el final sin salirse de las pautas de la llamada “corrección política”. No es éste ciertamente el caso de Pío Moa en su ambiciosa novela Sonaron gritos y golpes a la puerta .
Moa llega a la novela con una ya larga historiografía a sus espaldas. Esta historiografía se reduce a la guerra civil española, sus antecedentes y sus consecuentes, y aunque a él acaso no le guste el símil, Moa entra en liza con esa ametralladora que tiene por ordenador y hace frente a toda una turba de malandrines y follones más próximos de los títeres de Maese Pedro que de los molinos de viento. En tan desigual combate no está ciertamente solo, pero sí que es de todos los de su cuerda quien tiene más lectores. La prosa de Moa no es una prosa para pocos, sino para todos. Hace años llegué a escribir que había algunos, como Blas de Otero, que querían llegar “a la inmensa mayoría”, y otros que lo conseguían, como Vizcaíno Casas. A mí, que irremediablemente estoy en este punto más cerca de Otero que de Vizcaíno, no me duelen prendas en reconocer los méritos de los que, aun queriendo escribir para todos, llegan al menos a esa “inmensa mayoría”. A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Ese don divino, o esa bendición apostólica, no consiste en otra cosa para un novelista que en el éxito de ventas, máxime en una época como la nuestra, en que no hay más cultura que la cultura de masas que, como es sabido, se rige por la ley del número. Moa no les hace ascos a las masas, porque en el fondo y en la forma es un proletario; un proletario, eso sí, con unos ojos redondos y muy abiertos que descubren la perfidia sinuosa que encubre la grandilocuencia humanitaria, de cuyos mismos recursos dialécticos se vale además para desenmascararla. También he dicho alguna vez que en este mundo de la cultura como artículo de consumo sólo vende el que se vende. Los casos son legión, pero entre ellos no está desde luego Pío Moa, cuyo mérito consiste en haber jugado fuerte a la lotería literaria y haber sacado premio sin claudicar ante ningún mandarinato.
Hace años, cuando vivíamos en Suiza, Eugenio de Nora le decía a José Angel Valente que había que intentar un género de antena más potente que la poesía. Nora, estudioso de la novela realista, se refería con ello al género narrativo, que ya entonces luchaba por abrirles los ojos a las masas con sus relatos de “testimonio” o de “denuncia”. Mutatis mutandis, no otra cosa pretende Pío Moa, aunque con otra perspectiva política, al dar un tratamiento novelesco a los mismos asuntos sobre los que viene escribiendo desde que empezó a ver claro lo que las masas siguen viendo turbio. Al lector familiarizado con Moa no puede sorprenderle el documentado conocimiento de una época; lo que sí le sorprende es su inventiva. Eso le permite enfocar la tragedia española y mundial – las calamidades del siglo XX que diría el aristócrata Tamarón – con una visión dantesca en tres grandes cantos, dos de los cuales no hay inconveniente en caracterizar como Infierno y Purgatorio. El tercer canto no es menos grande, pero identificarlo con el Paraíso sería excesivo en un hombre de poca fe como lo es el personaje a través del cual habla el narrador en primera persona.
Esos tres grandes cuadros o episodios en que se articula la obra son la guerra civil vivida en Cataluña entre el anarquismo desenfrenado y la quinta columna, la arriesgada gesta de la División Azul y la represión en Galicia de las guerrillas comunistas. Gritos y golpes no es una historia de buenos y de malos. Buenos y malos hay en ambos bandos, sobre todo si se tiene en cuenta la complejidad de los personajes y lo paradójico de las situaciones. No quiero decir con esto que el autor se ponga en el fiel de la balanza o por encima del bien y del mal. Ese embeleco de la “tercera España” en la que algunos hemos caído alguna vez no va con él. El personaje que lleva el hilo conductor del relato es un adolescente que presencia el sacrificio de los suyos del que escapa de milagro y sobrevive gracias a un amigo algo mayor que él que juega a dos paños y lo arrastra a toda suerte de aventuras de alto riesgo. Este otro personaje es, más que el narrador, el gran motor del relato y, como casi todos los que desfilan por sus páginas, presenta profundos claroscuros, unos claroscuros dignos de personajes de novela rusa. Es imposible interrumpir la lectura de esos tres grandes episodios del relato, no ya por la inventiva de la intriga, que es trepidante siempre, sino por esa complejidad de los personajes que a veces raya en lo paradójico. Cada peripecia cobra además una profundidad insondable en cuanto aparece una mujer, unas veces como agente y otras como víctima del destino. El nudo del drama, que es el que se desarrolla en Rusia, es el que más abunda en estas situaciones en que el amor y la muerte se confunden en un estrecho abrazo. Por otra parte, la descripción de los combates en el sitio de Leningrado, donde la diezmada División española les evitó a los alemanes un segundo Stalingrado, está a la altura por su conocimiento del terreno, de la táctica militar y de la psicología del combatiente, de algunas de las mejores páginas de Galdós en sus Episodios.
Obra en mi opinión divina, / si encubriera más lo humano, decía Cervantes de La Celestina. Otra de las razones por las que no es posible graduar de divina esta novela es porque en ella no hay nada humano sobre lo que se corra un velo. La mayor ruindad y el mayor heroísmo van juntos, lo mismo lo delicado y lo escatológico, y nadie es bueno o es malo por pertenecer a un bando o a otro. No hay horror que se nos escatime, y la guerra no es parca en ellos. Tampoco cabe hablar aquí de tragicomedia, como en el caso de Calixto y Melibea. La calamidad del siglo XX no fue comedia como no fue divina, pero sí tuvo, en el caso de España, un final feliz. Al menos ese parece ser el punto de vista del narrador, y desde luego lo es del que suscribe. Que esa felicidad fuera paradisíaca es ya otra cuestión. De ahí la desilusión de los que ponen el Edén no en el Génesis, sino a la vuelta de cualquier revuelta.
Donde la novela flojea a mi juicio es en aquellos pasajes, bien sea en las tertulias madrileñas de trasguerra o en los longs loisirs de las trincheras, en que se trata de razonar lo que pasa en el mundo o lo que a cada cual le pasa por la cabeza, lo cual da al relato un tono de novela pedagógica, de diálogo ilustrado en el mejor de los casos y, en el peor, lleva a una confusión de los tiempos, en cuanto que se habla en los “cafés de artistas” de Madrid con una desenvoltura que sólo sería posible quince o veinte años más tarde, aparte de que en esos antros siguen teniendo la batuta los grandes pícaros y bohemios de nuestras letras, por mucho tiempo que lleven criando malvas.  Esto es peccata minuta en una obra cuya gran enseñanza no está en la moraleja dialogada, sino en los hechos y en los comportamientos. En cambio, por poner un par de ejemplos, tenemos al tío Narcís, catalanista, logrero, que trafica en objetos sagrados, se hace llamar Narciso al recauchutase oportunamente como los neumáticos de la época y hace su agosto con el estraperlo, o el párroco gallego que por “mala conciencia” es cómplice y encubridor de terroristas o guerrilleros o partisanos o como se les quiera llamar.
Es curioso que lo que más incomode a estos divisionarios españoles sea el sentido de la disciplina de los alemanes. Esto tiene su explicación, y es que tanto el narrador como su mentor, amigo, futuro cuñado y rival amoroso, vienen de hacer la guerra por su cuenta en la clandestinidad de la zona roja y procuran seguir en el mismo plan si les dejan, de suerte que lo suyo es los audaces golpes de mano como cuando secuestran a la joven teniente soviética que es su manzana de la discordia o cuando toman la iniciativa y se adelantan a sus mandos en acciones que encima les salen bien a veces. La indisciplina que tan mal resultado dio a los anarquistas fue entre otras cosas lo que les benefició a ellos como quintacolumnistas y no podía dejar de imprimirles carácter. Ese carácter era tan incomprensible que motivó la ojeriza de algún suboficial, soldado competente y desagradable, que cayó antes de darles un disgusto gordo. Pero si la disciplina no la tragaban, sí hacían suyos los ideales de la guerra, hasta el punto de que al desmovilizarse la División y volver nuestro antihéroe a España, el otro, el hombre de acción por excelencia, nihilista radical, se quedó a luchar en la Legión Azul, cuando nada sorprendente hubiera sido que desertara y se pasara a los soviéticos. La cruz de hierro, aunque sea de segunda clase, gradúa de héroes a estos jóvenes de familia modesta que viven para contarlo y que como tales sienten escasa simpatía por los burgueses. Por algo dijo Sombart que el héroe es el que lo da todo a la vida y el burgués el que va a ver lo que saca de ella, aunque para ello tenga que aliarse con el demonio si es preciso.
Esta novela tiene estructura de drama, y su planteamiento, su nudo y su desenlace guardan una curiosa correspondencia, salvando las naturales distancias, con los tres cantos de la Divina Comedia, de ahí que la califique de dantesca, como dantesco fue el marco histórico en el que se desarrolla. Tiene un epílogo en el que se resume una época como la nuestra sin valores, sin ilusiones, sin grandes esperanzas en la que la edad heroica por excelencia, que es la juventud, confunde el heroísmo con la heroína. Por eso yo creo que donde el relato se cierra de verdad es en la sorprendente anagnórisis cuasi póstuma en la que se ata el cabo que quedó suelto en la terrible escena inicial. Sólo entonces encuentra el protagonista una respuesta a muchos enigmas de su condición humana.

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Tuesday, July 17, 2012

16/7/1212

Saturday, July 14, 2012

El cine y los jardines


  Durante muchos años presidió la Sociedad francesa de Amigos de los Jardines el vizconde Charles de Noailles. Charles de Noailles fue el afortunado mortal que logró contraer matrimonio con la heredera de una de las primeras fortunas de Francia: Marie -Laure Bischoffsheim. La boda se celebró en Grasse en 1923. Apasionados del arte y sobre todo de la celebridad que el arte puede reportar, los jóvenes esposos abrazaron la carrera de mecenas. Era la moda y la mayor parte de los puestos de mecenazgo estaban ya ocupados: la música la tenía la princesa de Polignac, née Winnaretta Singer; la danza Misia Sert; los bailes de sociedad y los raouts (los saraos) los Étienne de Beaumont. No quedaba más que el cine y lo agarraron por donde más quemaba, por el lado surrealista. Fueron ellos los que financiaron aquellas películas ante las que era de rigor caer en éxtasis si no se quería pasar por filisteo y retrógrado y en las que el mal gusto se da la mano con el tedio y la perversidad: Le sang d’un poète, Un chien andalou, Le mystère du château de Dé, L’ Âge d’or. A Cocteau lo conocía Marie -Laure desde los quince años cuando, ceguera de la adolescencia, se enamoró de él; la amistad sería eterna y él la llamaba Marie-Laure de Noailles, nez (que suena en francés igual que née) Bischoffsheim. Del lado judío le venía no sólo la nariz, sino la fortuna, pero sus aficiones en cambio se las atribuía a su abuela Laure de Sade, inmortalizada por Proust como Oriane de Guermantes, descendiente de la Laura del Petrarca y del marqués de Sade. La primera aventura jardinera y cinematográfica de la pareja fue el jardín cubista de Hyères, donde Man Ray rodó Le mystère du château de Dé, y el escándalo con el que el mecenazgo hizo crisis fue el estreno, en su mansión de la plaza de los Estados Unidos, de L’ âge d’or, de Buñuel y Dalí. En aquel entonces, la sociedad tenía aún reflejos y capacidad de reacción. Él, Charles, fue expulsado del Jockey Club y fue cuando, siguiendo el consejo volteriano, se dedicó a la botánica y a la jardinería; ella se lanzó a demostrar en la práctica que por algo descendía del marqués de Sade. Sus provocaciones y sus alardes hicieron época. A última hora, a alguien que la conocía bien y no se dejaba ofuscar por sus aspavientos, le confesaría que siempre le fue inaguantable el anticlericalismo de André Bretón, que le molestaban las blasfemias y que, sin tener la piedad de su madre, nunca había querido ofender a Dios. Murió en 1970, a la edad de 69 años. El vizconde presidía aún los Amigos de los Jardines en 1972. Paul Morand, después de hablar con él por teléfono, comentaba en su diario: “La dificultad para un hombre tan encantador y tan manso como Charles de vivir, o de sobrevivir, al lado de M.-L. En el fondo, por algo es el descendiente de ese vizconde de Noailles, diputado de la nobleza en los estados generales de la noche del 4 de agosto, que propuso el abandono previa indemnización de sus derechos feudales.” El matrimonio, del que hubo dos hijas, no duraría mucho, sin que la ruptura del vínculo llevara consigo la de la convivencia. A alguien que le preguntaba si a Charles le gustaban los hombres o las mujeres, Marie-Laure se limitaba a contestar: Il aimait les fleurs.

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Thursday, July 12, 2012

Entre Cádiz y Nápoles

Palabras de agradecimiento por el Premio Nacional de Periodismo José María Pemán, leídas por Juan Ignacio Varela Gilabert el sábado 26 de noviembre de 1988. El Premio lo recogieron mi mujer y mis hijos pequeños por encontrarme yo en Italia, y en Nápoles, ese mismo día. Presentes el académico Gregorio Salvador, presidente del jurado, y Rafael Alberti, titular del Premio de Poesía de su nombre.
                                                                     


Que un sevillano le ponga en Cádiz el paño al púlpito viene a ser a primera vista un despropósito. Es algo así como llevar agua, si no al Mediterráneo, al Atlántico. Pero a poco que se piense, ¿qué otra cosa hace Sevilla desde que se cerró el Lago Ligustino sino llevar al Atlántico, al mar de Cádiz, el agua del Guadalquivir? Hay una Sevilla que mira a Cádiz y esa es la Sevilla marinera que se mira en el río. En esa Sevilla nací yo y por eso mi corazón siempre buscaba otros horizontes en aquellos blancos trasatlánticos de la compañía Ybarra y en aquellos delgados destructores grises – mis cenicientos galgos de los mares, como los llamaba Pemán – que se abarloaban frente a la Torre del Oro. Cuando Sevilla se me quedaba estrecha y el agua de su río me sabía a poco, fue Cádiz por donde busqué la salida y, como quiera que – ya lo dijo Juan Bautista Vico- el hombre encuentra siempre lo opuesto de lo que busca, yo estrené mi libertad al tiempo que servía a la Patria. Por la Marina vine a Cádiz y por Cádiz entré en la poesía y en Cádiz embarqué para Ultramar por vez primera. En Cádiz pude conocer a Pemán, compañero de armas de mi padre, muchos años atrás, en el cuartel de la Bomba. Pemán fue un poeta enorme – y de esto puede dar fe Rafael Alberti, vivo a Dios gracias y entre nosotros – pero un poeta discutido y por algunos negado con mezquindad. Pero hubo un género en el que nadie discutía su magisterio, y era el artículo periodístico. Por eso considero un acierto que la Caja de Ahorros de Cádiz le diera su nombre a su Premio Nacional de Periodismo. A ese premio he venido concurriendo año tras año con la perseverancia del que juega a la lotería, y debo decir que el año que más sentí perder fue el que lo hice con un artículo sobre Pemán aparecido en el Diario de Cádiz. Por fin, cuando ni el tema de mi artículo ni la publicación en que apareció me hacían concebir ilusión alguna, cambian los astros y sale mi número. Yo a Cádiz, cantera de mi obra, le debo mucho. Por si fuera poco, ahora viene y me da un premio que era yo quien tenía que dárselo a ella. Muchas gracias.

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Monday, July 09, 2012

La España de finales de los 70 vista desde Italia

                                   Tres Fernandos en números romanos
Cuando yo aún vivía prácticamente a caballo entre España e Italia, me pidieron de una revista romana de orientación democristiana, ¿Il Settimanale?, un “resoconto” de la situación literaria en la España postfranquista. El cuadro que tracé y salió estaba montado sobre tres escritores muy diversos que tenían el mismo nombre de pila. La versión castellana salió en algún periódico español troceada en cuatro artículos que titulé Cómo se nos ve en Italia, Un Fernando, Otro Fernando y Un Fernando más. Hoy, que han pasado tantos años, los titularía de otra manera, poniéndole a cada nombre un número romano, y ello sobre todo por el último, que se merecía con creces el III que le correspondía, no por rey de Castilla ciertamente, sino por santo de Sevilla. No recuerdo si la semblanza suya salió con ese título en algún periódico junto a la del II y la del I. Lo más probable es que se trate del trabajo titulado La obra escrita de un agitador literario, incluído en mi libro Metapoesía al que remito al lector interesado en esa semblanza número tres. Así comprobará que este tercer Fernando no es ni mucho menos “un Fernando más”. Lo que este Fernando hizo por mí, en momentos difíciles además, es impagable, pero tampoco de los otros dos puedo quejarme. Fernando Vizcaíno me aludió cariñosamente en más de un artículo suyo y en sus Memorias, y Fernando Sánchez Dragó me consagró dos programas consecutivos en su espacio televisivo Negro sobre Blanco.
                                                                    
                                                                *
Decía una vez Salvador Dalí: “El mejor escritor de España es Franco; lo que pasa es que no escribe.” A esta conclusión surrealista se llega después de leer la mayoría de los reportajes que los periodistas extranjeros hacen sobre la literatura española. Evidentemente, una literatura cuyo mejor exponente no escribe es una literatura simpática, por la sencilla razón de que cualquiera puede conocerla sin tomarse el trabajo de leer nada. Es una literatura infusa al alcance de los analfabetos. Aunque ese ilustre escritor que no escribía haya desaparecido hace unos años, los señores que en la capital de España administran la cultura se resisten a darse por enterados de su desaparición y siguen repitiendo los nombres y los títulos de siempre, unos nombres y unos títulos que no sirvieron entonces para que el mundo exterior se interesara por nuestras letras, reducidas a la obra inexistente de un escritor en continua inactividad. La vida literaria está compuesta por los que hacen literatura y por los que la administran. Los personajes que en Madrid administran la literatura reciben al enviado del semanario ilustrado L’Espresso y le facilitan un esquelético organigrama de su burocracia cultural iluminado con nostálgicos claroscuros de censuras y persecuciones. El cuadro que así ofrece L’Espresso no es falso de por sí; si lo es, ello se debe a que todas sus figuras pertenecen a la época en que vivía Franco, una época en que, como ya se ha visto, no era imprescindible escribir para pasar por escritor. Del mismo modo que en Italia, en un cierto momento, la dictadura política de Mussolini hubo de convivir con la dictadura cultural de Croce, el franquismo como dictadura tuvo su réplica en una dictadura cultural que impuso ciertamente su ley en España, pero que fue incapaz de dar la batalla en Europa contra los valores de superior entidad venidos de Hispanoamérica. Los beneficiarios de esa contradictadura cultural no supieron aprovechar el cheque en blanco que Europa les daba a finales de los años 50, no porque fueran mejores o peores escritores, sino porque eran antifranquistas por activa o por pasiva. Entre estos escritores había y hay gente valiosa, pero se trata de protagonistas de una época pasada de tal modo que lo que ahora nos dice L’Espresso se diferencia muy poco de lo que Epoca o Tempo nos decían hace veinte años. La enumeración de los nombres de la cultura oficial que hoy dicta su ley en España le hace a un español en Italia, como es quien esto escribe, la misma impresión que a un italiano residente en España le haría el que un periodista español escribiera en una revista de gran difusión que los grandes poetas italianos del momento son Ungaretti y Quasimodo, Fabbri y Betti los grandes dramaturgos, Moravia y Pratolini los grandes novelistas y Luigi Nono la gran promesa de la música de vanguardia.
                                                                 **
Un Fernando
Las dos grandes revelaciones del postfranquismo son Fernando Sánchez Dragó y Fernando Vizcaíno Casas. Deben su popularidad estos dos Fernandos, respectivamente, al poder de la televisión y a la nostalgia del franquismo, dos de las fuerzas más reales de la vida española. Se trata de dos autores anticonformistas de distinto signo, aunque el primero ejerza ese anticonformismo que la sociedad permisiva tolera y fomenta para no perder su razón de ser. Joven de gran encanto personal, libre de prejuicios burgueses, ágil de pensamiento y fácil de palabra, Sánchez Dragó se instaló, a poco de morir el Caudillo, en la televisión y en los nuevos diarios de Madrid, dando en una y otra sede su nota más brillante y aguda. Desde estas envidiables plataformas lanza su Historia mágica de España con gran éxito de venta. Esta obra es en el fondo, no en la forma, claro, una nueva versión de la Historia de los heterodoxos españoles. En un lenguaje desenvuelto y periodístico, con técnica de New Journalism, Sánchez Dragó cuenta la historia de los heterodoxos al revés, es decir, desde el punto de vista heterodoxo, pues Menéndez Pelayo, como es sabido, la contó desde el punto de vista ortodoxo, o sea al derecho. El enfoque de Sánchez Dragó conecta con cierta visión historiográfica del exilio, según la cual la historia de España no es la historia de los españoles que se quedaron, sino la historia de los que se tuvieron que ir, lo cual, dicho de otro modo, significa que la verdadera historia de España no es la que es, sino la que hubiera debido ser. Es la historia futurible, ucrónica, de las minorías religiosas, sexuales, raciales y políticas, eliminadas, reprimidas o expulsadas en un momento u otro del cuerpo social de España. Como esas minorías son también en la España de hoy muy poderosas, y como la mayoría siempre ha sentido por ellas una mal reprimida y morbosa curiosidad, la Historia de Sánchez Dragó ha alcanzado gran difusión entre los televidentes españoles que no suelen leer libros, que son la inmensa mayoría de los españoles. En España, como en otros países de Occidente, circulan unas Guías secretas de tal o cual ciudad, muy solicitadas del gran público, y el secreto del éxito de Sánchez Dragó con ese público es el haberle dado una superguía secreta: La Guía Secreta de la Historia de España.
                                                                        ***
                                                             Otro Fernando
En el éxito popular de Fernando Vizcaíno Casas falta la dimensión intelectual a la que por lo menos aspira Fernando Sánchez Dragó, pues, entre otras cosas, Vizcaíno Casas no es un intelectual en el sentido arangúreno del término. La literatura de Vizcaíno Casas, más que literatura satírica, es crónica de sociedad. Vizcaíno Casas ha escrito los libros que les gusta leer a los españoles que no leen que son, insisto, la inmensa mayoría de los españoles. No sé muy bien si esta mayoría a la que no le gusta leer libros es la misma mayoría aquella que no suele leer libros, así que no podría determinar hasta qué punto el público de Vizcaíno Casas coincide con el de Sánchez Dragó. Trátese del mismo público o de públicos distintos, el hecho es que en Sánchez Dragó lo que ese público busca es el acceso a una realidad histórica esotérica, y en Vizcaíno Casas lo que busca en cambio es el acceso a otra realidad no menos esotérica, que es la de la de la política contemporánea. Vizcaíno Casas le dice al público franquista lo que el público franquista quiere oír, y ese público, la verdad, se conforma con poco; es decir, se conforma con que le digan las cosas como son o han sido, aunque se le digan sin brillantez literaria. La verdad es que, literariamente, Vizcaíno Casas tiene bien poca brillantez, y su mérito está en contar en lenguaje llano lo mismo que la casta sacerdotal del periodismo y la política envuelve en fórmulas hieráticas y herméticas. Su sentido del humor, de la ironía y de la sátira no es más que la habilidad de enfrentar a los personajes con sus palabras y las palabras con los actos. El resultado es digno de la Commedia dell’Arte.
No es por casualidad por lo que hablo de Commedia dell’Arte en relación con la democracia española, ya que este sistema ha sido concebido a imagen y semejanza del que impera en Italia. El régimen español es una mala traducción del régimen italiano, como puede comprobarse analizando el lenguaje de la clase política española. La lengua italiana y la española están llenas de falsos amigos, y en la clase política de uno y otro país no hay un solo amigo que no sea falso. Uno de esos falsos amigos es el vocablo consenso, que en la ciencia política italiana significa una cosa y otra en la española. En Italia, consenso es el que la nación, o el pueblo, da a sus gobernantes; en España, consenso es la componenda que, de espaldas al pueblo, o a la nación, traman los políticos de la Oposición y el Gobierno. En una mala traducción sólo se traducen bien las palabras que en la lengua original se emplean mal. Tal cosa ocurre con la palabra involución, que se emplea al revés tanto en España como en Italia. Quiero decir con esto que España atraviesa un proceso involutivo por el que la nación entera ha vuelto al siglo XIX, y algunas regiones, si las dejan, volverán a la Edad Media como Cataluña o Andalucía, o al Paleolítico Superior, como el País Vasco. Este proceso involutivo se manifiesta, entre otras muchas cosas, en una descomposición de la unidad espiritual de la nación en los múltiples elementos que a lo largo de la historia han confluido a formarla. La historia es un río en el que se mezclan las aguas de muchos afluentes, y nosotros, en lugar de navegar hacia el porvenir por un cauce cada vez más ancho que ojalá un día desembocara en Hispanoamérica o en Europa, remontamos la corriente como las truchas para buscar cada cual el angosto afluente de donde cree proceder. Conozco algún escritor catalán y algún escritor gallego que, después de haberse hecho un nombre escribiendo en castellano, se ha puesto a escribir en catalán o en gallego. En vista de eso yo, como no quiero quedarme atrás, me he puesto a escribir en alemán.

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Thursday, July 05, 2012

Legislación "obsoleta"

Leyes promulgadas entre 1939 y 1975

 Las leyes del FUERO DEL TRABAJO Todavía en plena guerra, el 9 de marzo de 1938, Franco dicta la Ley del Fuero del Trabajo, en beneficio de los trabajadores. En base a esta ley fundamental, se aprueban las siguientes leyes:
 1 de septiembre de 1939 Ley del Subsidio familiar.
 23 de septiembre de 1939 Ley del Subsidio de Vejez.
 13 de julio de 1940 Ley de Descanso dominical y días festivos.
 25 de noviembre de 1942 Ley de Patrimonios familiares.
 14 de diciembre de 1942 Seguro Obligatorio de enfermedad. Para dar cobertura a la Ley del Seguro Obligatorio de enfermedad, se construyo una red hospitalaria, dependiente de la Seguridad Social: Residencias hospitalarias 292 Ambulatorios 500 Consultorios 425 Residencias concertadas 96
26 de enero de 1944 Contrato de Trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad para las mujeres trabajadoras y garantías sindicales.
 19 de noviembre de 1944 Paga extraordinaria de Navidad.
18 de julio de 1947 Paga extraordinaria del 18 de julio.
 14 de junio de 1950 Reforma del I.N.P. para una mejor cobertura en la acción protectora.
 22 de junio de 1956 Accidentes de Trabajo
 24 de abril de 1958 Convenios colectivos 23 de abril de 1959 Mutualidad agraria. En esta ley se encuadraron 2.300.000 trabajadores del campo, por cuenta ajena y propia.
 2 de abril de 1961 Seguro de Desempleo.
 14 de junio de 1962 Ayuda a la Ancianidad.
 28 de diciembre de 1963 Ley de Bases de la Seguridad Social.
 31 de mayo de 1966 Régimen Especial Agrario.
 2 de octubre de 1969 Ordenanza General del Campo, donde se establece la jornada laboral de 8 horas. 20 de agosto de 1970 Mutualidad de Autónomos Agrícolas.
 23 de diciembre de 1970 Ley de Empleo Comunitario.
 Así que en la ley del 9 de julio de 1976, todos los trabajadores españoles tenían cubiertas todas las contingencias por el Estado que había nacido el 18 de julio de 1936, con la Victoria del 1º de Abril de 1939. Pasamos a enumerarlas: -Seguro de Desempleo. -Subsidio de Vejez. -Invalidez permanente total. -Invalidez absoluta. -Gran invalidez. -Discapacitados y Disminuidos. -Subsidio de Ancianidad. -Enfermedad Común no laboral. -Accidente Común no laboral. -Subsidio familiar. -Protección familias numerosas. -Asistencia farmacéutica. -Asistencia médica. -Asistencia hospitalaria. -Vacaciones retribuidas. -Descanso Dominical y días festivos. -Paga extraordinaria de Navidad. -Paga extraordinaria del 18 de julio. -Pagas sobre beneficios. -Convenios Colectivos. -Representantes sindicales (liberados). -Jurados de empresa. -Representación Consejos de la administración de las empresas.

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Tuesday, July 03, 2012

El juego del ganapierde

Al margen de la Eurocopa 
"Contraoda del poeta de la Real Sociedad"
Gabriel Celaya

Y recuerdo también nuestra triple derrota
en aquellos partidos frente al Barcelona
 que si nos ganó, no fue gracias a Platko
 sino por diez penaltis claros que nos robaron.

 

Camisolas azules y blancas volaban
 al aire, felices, como pájaros libres, 
asaltaban la meta defendida con furia
y nada pudo entonces toda la inteligencia
y el despliegue de los donostiarras
que luchaban entonces contra la rabia ciega
 y el barro, y las patadas, y un árbitro comprado.




Todos lo recordamos y quizá más que tú,
mi querido Alberti, lo recuerdo yo,
porque yo estaba allí, porque vi lo que vi,
lo que tú has olvidado, pero nosotros siempre
recordamos: ganamos. En buena ley, ganamos
y hay algo que no cambian los falsos resultados.

N.B. Mi querido Alberti es licencia poética.

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