Thursday, August 30, 2012

Arcades ambo

Para los que no lo sepan, Armando Fuentes Aguirre (Caton) es un escritor y periodista mexicano, célebre por su sentido del humor.
  Me propongo demandar a la revista "Fortune", pues me hizo víctima de una omisión inexplicable. Resulta que publicó la lista de los hombres más ricos del planeta, y en esta lista no aparezco yo. Aparecen, sí, el sultán de Brunei, aparecen también los herederos de Sam Walton y Takichiro Mori. Figuran ahí también personalidades como la Reina Isabel de Inglaterra, Stavros Niarkos, y los mexicanos Carlos Slim y Emilio Azcárraga. Sin embargo a mí no me menciona la revista. Y yo soy un hombre rico, inmensamente rico. Y si no, vean ustedes: tengo vida, que recibí no sé por qué, y salud, que conservo no sé cómo. Tengo una familia, esposa adorable que al entregarme su vida me dio lo mejor de la mía; hijos maravillosos de quienes no he recibido sino felicidad; nietos con los cuales ejerzo una nueva y gozosa paternidad. Tengo hermanos que son como mis amigos, y amigos que son como mis hermanos. Tengo gente que me ama con sinceridad a pesar de mis defectos, y a la que yo amo con sinceridad a pesar de mis defectos. Tengo cuatro lectores a los que cada día les doy gracias porque leen bien lo que yo escribo mal. Tengo una casa, y en ella muchos libros (mi esposa diría que tengo muchos libros, y entre ellos una casa). Poseo un pedacito del mundo en la forma de un huerto que cada año me da manzanas que habrían acortado aun más la presencia de Adán y Eva en el Paraíso. Tengo un perro que no se va a dormir hasta que llego, y que me recibe como si fuera yo el dueño de los cielos y la tierra. Tengo ojos que ven y oídos que oyen; pies que caminan y manos que acarician; cerebro que piensa cosas que a otros se les habían ocurrido ya, pero que a mí no se me habían ocurrido nunca. Soy dueño de la común herencia de los hombres: alegrías para disfrutarlas y penas para hermanarme a los que sufren. 

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Sunday, August 26, 2012

Entre el ruedo y el tablado


      
Dice Goethe que la poesía consiste en captar lo eterno en lo fugaz. Nada tan fugaz como el toreo o el baile y el cante, aunque en nuestra época contemos con algo con lo que no contaba Goethe, que es la captación mecánica del movimiento y la voz.  Gracias a la película y al disco tenemos una idea de lo que fueron artistas que no tuvimos la suerte de ver u oír. Esa idea es a veces bastante completa, pero para que lo sea del todo, tenemos que poner mucho de nuestra parte. Unas de las cosas que ponemos es la memoria, que es cosa muy personal, tan personal que si es verdad que, como decía Valle-Inclán, nada es como fue, sino como se recuerda, todo es lo mismo y lo contrario, pues raro es que dos o más personas tengan el mismo recuerdo de lo mismo.  Toda memoria es selectiva, pero también lo es la función de los sentidos corporales, y en esa selección que hace la memoria o que hacen las dotes de observación, no todos ven u oyen las cosas de la misma manera. La mayoría recuerda por detalles y esos detalles raramente coinciden, pero hay algunos que evocan y recrean a partir de lo esencial, y esos son los artistas, los únicos capaces de dar permanencia a lo transitorio al captar lo eterno que hay en lo fugaz.  Por algo el poeta José Mateos - en  su libro La razón y otras dudas – nos dice que la definición platónica del tiempo como “imagen en movimiento de la realidad inmóvil” es enteramente aplicable a la poesía, “arte temporal por excelencia”,  y yo me pregunto si no es también aplicable a las otras artes.


                                                                                                       

El toreo y el baile son expresiones artísticas en las que lo fundamental es la apostura y el  movimiento, la manera de andar y la manera de moverse, y ahí es donde un artista como Pedro Serna demuestra con pulso firme cuanto yo estoy tratando torpemente de dar a entender.  Por firmeza de pulso hay que entender dominio del dibujo, un dominio que Serna difumina en la acuarela o sugiere en dos trazos de tinta china.  Ya sus paisajes o sus bodegones son instantáneas insólitas en las que vemos la evaporación de la humedad, la lejanía neblinosa, el aire  entre las hojas verdes, el agua que corre por la acequia, lo que pasa en la calle desde los cristales y los visillos de un balcón.  También son instantáneas  la del matador a punto de arrancar para el volapié, la del bailador a punto de pisar con fuerza el tablado, la de un brazo levantado o unas enaguas en revolera.  El impresionismo de Cézanne, el cubismo de Juan Gris, están en Serna implícitos y sublimados, como lo están la bruma de Turner o las sombras chinescas de Picasso.  No sé las horas de trabajo que habrá en cada una de esas instantáneas, en cada una de esas fracciones de segundo que Pedro ha sacado del tiempo como el que saca un diamante de un montón de arena; lo que sí me consta es toda la sabiduría callada de su iconografía. En estos géneros además la verosimilitud es tan importante como el parecido lo es en el del retrato. 


Hay un género en el que Serna ha combinado ambas cualidades, ambas virtudes, que es el cartel taurino.  Hace varias temporadas, pintó Serna el cartel de toros de la Feria de Murcia, un cartel que a mí me deslumbró porque en algo destinado a lo que Horacio llamaba el “vulgo profano”, había una lección magistral de conocimiento de los lances, de la anatomía del animal, y del aura, más que de los rasgos físicos, del inconfundible torero retratado.   No hace mucho hablaba con Carmen Laffón, otra de mis paletas predilectas, sobre los altibajos de la pintura contemporánea y sobre la manera en que cada artista joven rompe el cascarón académico y busca su propio camino, y yo le decía que para mí había sido Ramón Gaya quien en 1960 me había reconciliado con la pintura joven, con una pintura que había optado por trascender la realidad en lugar de destruirla y degradarla.  Esa pintura joven, representada para mí por artistas sevillanos como la propia Carmen, Joaquín Sáenz y otros que vendrían después, fue para mí un portillo de alegría vital  en el muro de Berlín de las vanguardias nihilistas. 

Con el cartel de toros de Serna me pasó algo parecido, ya que rompía con una tendencia cartelística, a mi juicio poco afortunada, promovida por aficionados cultos, pero en exceso pendientes de la opinión de los enemigos de la fiesta.  Deseosos de atraerlos a su causa o al menos de mitigar su hostilidad,  los inspiradores de la nueva cartelería volvían los ojos al susodicho “muro de Berlín”, es decir, a la estética grata a los enemigos de la tauromaquia.  Con todos los respetos, este proceder no es distinto del de ciertos eclesiásticos que halagan la ética del rebaño desmandado para ver si de ese modo vuelve al aprisco.   

La estética de los antitaurinos tiene sus antecedentes, ya remotos, en la contracultura del 68, y es una estética que hacen suya no sólo ellos, que son antitodo, sino aquellos estamentos del orden cultural establecido que, convencidos o no de la tendencia dominante, aspiran por lo menos a que se les perdone la vida. No deja de ser sintomático que los grandes premios de poesía de España hayan recaído últimamente en sendos venerables representantes ultramarinos de eso que llaman la Antipoesía.  Y quien dice Antipoesía dice Antimúsica o Antipintura, que no son otra cosa que lo que la Contracultura entiende por pintura, por música y por poesía.  



Un arte como el flamenco, en el que confluyen la música, la poesía y el baile, no puede ser excepción, y esto no es ninguna novedad, pues no es de ayer o anteayer la disputa entre los llamados puristas y los que vamos a llamar evolucionistas. Las controversias y las críticas se remontan a las fechas remotas en que por obra de don Antonio Chacón el cante pasó del colmado al teatro.  No sé si alguien habló ya entonces de “agachonamiento”, pero de lo que no cabe duda es que esa apertura al gran público de algo que siempre fue un conciliábulo cuasi clandestino de pocos entendidos o iniciados, de “cabales”, culminó con la llamada “ópera flamenca”.   La presentación en sociedad, por así decir,  de la “ópera flamenca”, data de los años inmediatamente anteriores a la guerra civil y hay que reconocer que sus autores no eran unos vulgares empresarios desaprensivos, sino unos “iniciados” o “entendidos” como Sánchez Mejías, García Lorca,  Falla, José Caballero y La Argentinita.  Desde luego aún nos conmueven las canciones grabadas por La Argentinita con Federico al piano, y el género hizo fortuna y dominó los escenarios de trasguerra.  El Caracol se lanzó de cabeza al género y en primera persona con Lola Flores,  y otros como Mairena también subieron esporádicamente a los escenarios, en espectáculos como el ballet de Antonio, en los que por fuerza habían de quedar en un segundo plano. 

Me hago estas consideraciones, acaso excesivas y gratuitas, porque en ellas están las líneas de fuerza de la presente exposición.  Los toros y el flamenco son dos grandes pasiones de Pedro Serna que en ellas no distingue el arte de la vida misma. Fruto de esas pasiones no son sólo sus cuadros, sino episodios de su propia vida. Decía Rubén Darío que la mejor musa es la de carne y hueso, y Shakespeare, que estamos hechos de la misma sustancia de nuestros sueños. Lo mismo cabe decir de la obra de arte, que en el caso de Pedro Serna no se reduce a su oficio, sino que se extiende a su condición humana.  Quiero decir que Pedro Serna tiene una hija que está hecha de la misma sustancia que sus pinturas y dibujos y que nos llega a emocionar tanto como ellos a los que hemos tenido el privilegio de oírla cantar.  Cuando en los dibujos de Serna vemos un movimiento irrepetible, una expresión concentrada, una mano vuelta, un ceño fruncido, rasgos que no sólo retratan un alma, condensan una inspiración, desatan una fuerza de la naturaleza, es como si oyéramos un puntillo de guitarra o el resoplido de una res.  Cuando en cambio oímos una siguiriya o una petenera de Alicia Serna, nos llega entre los “sonidos negros” ese rumor de agua de noria que hace llevadera la canícula en los huertos de Murcia o en los jardines de la Toscana.  
Eso de los “sonidos negros” es algo que sólo se le podía ocurrir a un gitano como Manuel Torre, del mismo modo que sólo a un gitano como Rafael el Gallo se le podía ocurrir aquello de que “los toros tienen mucha química”.  Manuel Torre no creo que hubiera leído a Baudelaire ni Pedro Serna necesita ser gitano para entreverar el color y la voz, que en eso consiste su sentido del claroscuro.  Si hay un adjetivo que cuadra a la pintura de Serna es el de luminosa, pero para que la luz se aprecie, tiene que haber una sombra que juegue con ella o se le enfrente.  Pedro Serna, que sabe distinguir las luces de las sombras, las voces de los ecos y se conoce al dedillo la química del arte, nos lleva a los toros y luego a una fiesta flamenca y lo hace con la misma timidez y la misma delicadeza con que cifra en unos trazos seguros, en unas manchas alegres, en unos borrones de agua y de tinta los momentos más irrepetibles vividos en el aire libre de la plaza  o entre las cuatro paredes del tablado. 

 

(Texto para el catálogo de la Exposición de Pedro Serna Toros y flamenco en el Centro de Arte Palacio Almudi, Murcia,  del 7 de septiembre al 20 de octubre de 2011. Los artistas representados son Paula, Manuela Carrasco, Morante y Manuel Moreno "Morao")




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Saturday, August 25, 2012

La España indestructible

Un conocido mío, pianista argentino residente en San Lorenzo de El Escorial, se hallaba en Barcelona con motivo de un reciente festival estival en compañía de amigos y colegas del mundo de la música y el bel canto.  Uno de ellos, sobrino creo del tenor José Carreras, le hizo la excusa de rigor:
- ¿No te importa que estemos hablando en catalán?
- ¡Al contrario, che! ¡También allá en Argentina se habla mal el castellano!

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Monday, August 20, 2012

Fauna autóctona y terminología vernácula

Hace unos años presenté una recopilación de villancicos y eso me permitió hacerme unas reflexiones sobre los cantes populares y la cultura agraria de la que emanan o emanaban, que son enteramente aplicables a este Diccionario de vernáculos de fauna de Doñana de don Jesús Vozmediano*. A lo largo de treinta años largos de inmersión en el Coto, Vozmediano ha ido recopilando paciente y minuciosamente los términos con que los naturales del lugar se refieren a los numerosos ejemplares de la fauna que lo puebla. Tengo entendido que ese esfuerzo se extiende a la vida silvestre en general, y por experiencia directa me consta que la terminología vegetal, por así decir, en el mismo territorio, es tan rica y variada como la animal. Es sabido que cada región de España y, por supuesto, de Hispanoamérica, tiene nombres populares distintos para las mismas cosas y no hablemos de aquellas otras regiones en que el castellano coexiste, o coexistía hasta hace poco, con los dialectos locales. La Guía de campo de las aves de España y demás países de Europa, de Peterson, Mountfort y Hollom, traducida y adaptada por Mauricio González Díez, que de tanta ayuda me fue cuando escribía El mito de Doñana, da el nombre de cada ave no sólo en los principales idiomas que se hablan en Europa, sino en los principales que se hablan en nuestra Península, a saber, catalán, vascuence y portugués. Pero si ese libro me fue de ayuda, no menos me lo fue la tradición oral de los guardas del Coto, que además me daban el sinónimo local de cada especie, y ése es el único título que me autoriza a trasladar a la obra de Vozmediano las reflexiones que desde que tengo uso de razón poética me vengo haciendo sobre el arte popular. Ese arte popular ha ido a menos según el campo se ha ido despoblando y las máquinas sustituyendo al hombre en multitud de funciones. Vozmediano saluda con nostalgia mal reprimida la paulatina desaparición de una de las especies más interesantes del Coto, que es la de los guardas. No quisiera meterme en sociologías ni salirme de la lingüística. Antes hablé de cultura agraria, y nada más lógico que la extinción de unos modos de vida lleve consigo la extinción de unos modos de hablar. Dije en la introducción del disco y repito aquí que “al reeditar Las cosas del campo, José Antonio Muñoz Rojas se ha visto obligado a reconocer que muchas palabras que él utiliza, relacionadas con la labranza, ya nadie las conoce, pues corresponden a faenas que se hacían a mano y que hoy en día corren a cargo de las máquinas.” Es muy difícil que los excursionistas y los domingueros, o los séquitos de los personajes que van al Coto de vacaciones, recojan la antorcha de los antiguos guardas, furtivos, carboneros, vaqueros, choceros, piñeros y riacheros, cuya propia descendencia se gana ya la vida en el foro, en la medicina, en la industria, en la alta finanza o en la baja política. De ahí que Vozmediano, consciente de esta realidad, haya hecho algo que no sé si le agradecerá un día la Real Academia Española o lo que quede de ella.

* Publicaciones del Comité Español del Programa Hombre y Biosfera de la UNESCO. Sevilla 2005

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Friday, August 17, 2012

La peana del santo

A uno que le preguntaba que si le gustaba Jorge Guillén contestaba Octavio Paz: "La que me gusta es su hija". No era para menos.
Nausett Beach, Cape Cod, 1984

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Wednesday, August 15, 2012

Poetas en Poley


(Juan Lamillar evoca una visita a Vicente Núñez en Aguilar de la Frontera)

CON VICENTE NÚÑEZ EN LOS ARENALES.
 No supe nunca –no lo sé todavía- si ese campo de olivos a unos kilómetros de Aguilar era un trozo de Grecia ni si los silos de enfrente de la venta los dibujaba Faulkner en el áspero aroma sureño de sus páginas Por su palabra, por la palabra del poeta, eran en esos momentos Grecia y Faulkner, distantes ambientes traducidos a la campiña cordobesa. Sentados bajo árboles que merecieron himnos, pisando sin saberlo mosaicos enterrados, escuchábamos de nuevo, en uno de esos encuentros demorados y rituales, la voz, las voces de Vicente Núñez, que se entretenían en la Margarita Gautier de Darío, en los caballos atenidos a su paz de Guillén, en la locura de Ofelia… Al par que levantaba la copa de Moriles, los dos soles –de la tarde, del vino- otorgando reflejos a la tumbaga y a los varios anillos del diecinueve que adornaban sus dedos, Bécquer aparecía como un letrista de tangos –“¡Qué solos se quedan los muertos!”- y la x de Aleixandre oxigenaba la poesía española de las últimas décadas… No eran ni el campo de Grecia ni el condado de nombre impronunciable, pero esos parajes cobraban una dimensión nueva. Incluso la venta modesta acentuaba su aire cervantino, de lugar de paso, de encuentros, de fábulas. Bastaba esa cercana lejanía para que su pueblo se le apareciera en sus tres sucesivas realidades: Ipagro, Poley, Aguilar de la Frontera y las tres encontraran vuelo y alcance en sus poemas. Tras desandar unos kilómetros, volvíamos a la realidad del mármol de las mesas y los saludos de los campesinos, del último moriles, ya casi en la noche, en los preludios de la despedida. Vicente había jugado durante toda la jornada con los conceptos, las imágenes, las paradojas. Barroca unión de los contrarios: quizá aún quedaran rastros de sol en Los Arenales pero sobre la plaza ochavada comenzaba a caer una lluvia tan bien medida como un alejandrino.  


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Tuesday, August 14, 2012

Aguirre & Co

Thursday, August 09, 2012

Poesía en zona tórrida

ÁMAME CON CARIBES Y PANTERAS


Ámame con Caribes y panteras,
deja que Eros cumpla su destino,
ponle caña de azúcar al camino,
dale cuerpo al futuro que tú esperas.

La noche nos dará sus lunas fieras,
el abrazo tendrá sabor marino,
y la canela excitará el felino
que ronronea bajo las palmeras.

Inúndame de tropical ternura,
acércame tu aliento, tan caliente
que puede hacer arder la tierra entera.

Démosle rienda suelta a la bravura,
superemos la gloria del torrente
y que el gozo nos lleve donde quiera.


(Foja de poesía nº 359. Círculo de Poesía. Revista electrónica de poesía. México)

Datos vitales

Beatriz Villacañas (Toledo, 1964) es poetisa, ensayista y crítica literaria. Doctora en Filología y profesora de literatura inglesa e irlandesa en la Universidad Complutense de Madrid. Miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Sus libros de poesía: Jazz (La Coruña 1991), Allegra Byron (Toledo 1993), El silencio está lleno de nombres, Toledo 1.996, Dublín ( León 2001), El Ángel y la Física ( Madrid 2005), La gravedad y la manzana (Madrid, 2011). Tiene en su haber importantes galardones literarios, entre ellos el Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Toledo” (1995) y el Premio Primera Bienal Internacional de Poesía Eugenio de Nora (León, 2000). Figura en numerosas antologías de poesía nacionales e internacionales. Ha sido figura invitada en instituciones nacionales e internacionales, entre ellos Festival Internacional de Poesía de Dingle, Irlanda, Biblioteca Nacional de España y Casa de la Cultura de Morelia, México.



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Thursday, August 02, 2012

La vita è bella

Con tres años de retraso descubro esta crónica publicada en Clarín en mayo de 2009

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Vanguardia y metapolítica

Los artistas como intelectuales
  Alberto Buela (*)

 En una sociedad como la nuestra, de consumo, opulenta para pocos, cuyo dios es el mercado, la imagen reemplazó al concepto. Es que se dejó de leer para mirar, aun cuando rara vez se ve. Y así los artistas, actores, cantantes, locutores y conductores televisión han reemplazado a los intelectuales. Este reemplazo viene de otro más profundo; cuando los intelectuales, sobre todo a partir de la Revolución Francesa, vinieron a remplazar a los filósofos. Es cierto que siguió habiendo filósofos, pero el tono general de estos últimos dos siglos marca su desaparición pública. El progresismo, esa enfermedad infantil de la socialdemocracia, se caracteriza por asumir la vanguardia como método y no como lucha, como sucedía con el viejo socialismo. Aún existe en Barcelona el viejo diario La Vanguardia. La vanguardia como método quiere decir que para el progresista hay que estar, contra viento y marea, siempre en la cresta de la ola. Siempre adelante, en la vanguardia de las ideas, las modas, los usos, las costumbres y las actitudes. El hombre progresista se sitúa siempre en el éxtasis temporal del futuro; ni el presente, ni mucho menos el pasado, tiene para él significación alguna, y si la tuviera siempre está en función del futuro. No le interesa el ethos de la Nación histórica, incluso va contra este carácter histórico-cultural. Y esto es así, porque el progresista es su propio proyecto. Él se instala siempre en el futuro pues ha adoptado, repetimos, la vanguardia como método. Nadie ni nada puede haber delante de él, de lo contrario dejaría de ser progresista. Así se explica que el progresista no se pueda dar un proyecto de país ni de nación porque éste se ubicaría delante de él, lo cual implica y le crea una contradicción. Y así como nadie puede dar lo que no tiene, el progresista no puede darse ni darnos un proyecto político porque él mismo es su proyecto político. El hombre progre, al ser aquél que dice sí a toda novedad que se le propone encuentra en los artistas sus intelectuales. Hoy que en nuestra sociedad de consumo, donde las imágenes han reemplazado a los conceptos, nos encontramos con que los artistas son, en definitiva, los que plasman en imágenes los ideas. Y la formación del progresista consiste en eso, en una sucesión de imágenes truncas de la realidad. El homo festivus, figura emblemática del progresismo, del que hablan pensadores como Muray o Agulló, encuentra en el artista a su ideólogo. El artista lo libera del esfuerzo, tanto de leer (hábito que se pierde irremisiblemente), como del mundo concreto. El progresista no quiere saber sino solo estar enterado. Tiene avidez de novedades. Y el mundo es “su mundo” y vive en la campana de cristal de los viejos almacenes de barrio que protegían a los dulces y los fiambres donde las moscas (el pueblo y sus problemas) no podían entrar. Los progresistas porteños viven en Puerto Madero, no en Parque Patricios. La táctica de los gobiernos progresistas es transformar al pueblo en “la gente”, esto es, en público consumidor, con lo cual el pueblo deja de ser el agente político principal de toda comunidad, para cederle ese protagonismo a los mass media, como ideólogos de las masas y a los artistas, como ideólogos de sus propias élites. Este es un mecanismo que funciona a dos niveles: a) en los medios masivos de comunicación cientos periodistas y locutores, "esos analfabetos culturales locuaces", según acertada expresión de Paul Feyerabend (1924-1994) nos dicen qué debemos hacer y cómo debemos pensar. Son los mensajeros del “uno anónimo” de Heidegger que a través del dictador “se” (se dice, se piensa, se obra, se viste, se come) nos sume en la existencia impropia, y b) a través de los artistas como traductores de conceptos a imágenes en los teatros y en los cines y para un público más restringido y con mayor poder adquisitivo: para los satisfechos del sistema. Esto es: los progres El artista cumple con su función ideológica dentro del progresismo porque canta los infinitos temas de la reivindicación: el matrimonio gay, el aborto, la eutanasia, la adopción de niños por los homosexuales, el consumo de marihuana y coca, la lucha contra el imperialismo, la defensa del indigenismo, de los inmigrantes, de la reducción de las penas a los delincuentes, un guiño a la marginalidad y un largo etcétera. Pero nunca le canta a la inseguridad en las calles, la prostitución, la venta de niños, el turismo pedófilo, la falta de empleo, el creciente asesinato y robo de las personas, el juego por dinero, "de eso no se habla", como la película de Mastroianni. En definitiva, no ve los padecimientos de la sociedad sino sus goces. El artista como actor reclama para sí la transgresión pero ejecuta todas aquellas obras de teatro en donde se representa lo "políticamente correcto". Y en este sentido, como dice Vittorio Messori, en primer lugar está el denigrar a la Iglesia, al orden social, a las virtudes burguesas de la moderación, la modestia, el ahorro, la limpieza, la fidelidad, la diligencia, la sensatez, haciéndose la apología de sus contrarios. No hay actor o locutor que no se rasgue las vestiduras hablando de las víctimas judías del Holocausto, aunque nadie representa a las cristianas ni a las gitanas. Estas no tienen voz, como no la tienen las del genocidio armenio ni hoy las de Darfour en Sudán. Así, si representan a Heidegger lo hacen como un nazi y si a Stalin como un maestro en humanidad. Al Papa siempre como un verdugo y a las monjas como pervertidas, pero a los prestamistas como necesitados y a los proxenetas como liberadores. Ya no más representaciones del Mercader de Venecia, ni de La Bolsa de Martel. El director que osa tocar a Wagner queda excomulgado por la policía del pensamiento y si no ¡que le pregunten a Barenboim! En el orden local si representan al Martín Fierro quitan la payada y el duelo con el Moreno. Si al general Belgrano, lo presentan como doctor. A Perón como un burgués y a Evita como una revolucionaria. Pero claro, la figura emblemática de todo artista es el Che Guevara. Toda la hermenéutica teatral está penetrada por el psicoanálisis teñido por la lógica hebrea de Freud y sus cientos de discípulos. Lógica que se resuelve en el rescate del “otro” pero para transformarlo en “lo mismo”, porque en el corazón de esta lógica “el otro”, como Jehová para Abraham, es vivido como amenaza y por eso en el supuesto rescate lo tengo que transformar en “lo mismo”. Es que el artista está educado en la diferencia, lo vemos en su estrafalaria vestimenta y conducta. Él se piensa y se ve diferente pero su producto termina siendo un elemento más para la cohesión homogeneizadora de todas las diferencias y alteridades. Es un agente más de la globalización cultural. El pluralismo predicado y representado termina en la apología del totalitarismo dulce de las socialdemocracias que reducen nuestra identidad a la de todos por igual. Finalmente, el mecanismo político que está en la base de esta disolución del otro, como lo distinto, lo diferente, es el consenso. En él, funciona el simulacro del “como sí” kantiano. Así, le presto el oído al otro pero no lo escucho. Se produce una demorada negación del otro, porque, en definitiva, busco salvar las diferencias reduciéndolo a “lo mismo”. Esta es la razón última por la cual nosotros venimos proponiendo desde hace años la teoría del disenso, que nace de la aceptación real y efectiva del principio de la diferencia, y tiene la exigencia de poder vivir en esa diferencia. Y este es el motivo por el cual se necesita hacer metapolítica: disciplina que encierra "la exigencia de identificar en el área de la política mundial, regional o nacional, la diversidad ideológica tratando de convertir dicha diversidad en un concepto de comprensión política", según la sabia opinión del politólogo Giacomo Marramao. El disenso debería ser el primer paso para hacer política pública genuina y la metapolítica el contenido filosófico y axiológico del agente político.

buela.alberto@gmail.com

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