Friday, September 28, 2012

Las grandes y amargas verdades

Véase Emilio Campmany en Libertad Digital

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Wednesday, September 26, 2012

La monserga de Nebrija




                                                 La monserga de Nebrija
Ya no queda memoria en nuestra patria de la retórica del Imperio y de la Hispanidad. Para las nuevas generaciones de españoles debe de ser algo tan arcaico, tan remoto y tan inconcebible como el patriotismo nacional, reducido a un “españolismo” vergonzante en algunas regiones españolas que preferirían no serlo.  Sin embargo, los azares de la vida me hicieron ver muy pronto, cuando tuve que ganármela, la inmensa y profunda realidad que encubrían los tropos retóricos de mi niñez y mi juventud. En un ambiente incluso más bien ajeno al vulgo profano, que diría Horacio, o al servum pecus, que diría Costa, como es el de una Real Academia, comentaba un colega, medievalista él, que aún estaba esperando que alguien le explicase qué era eso de la Hispanidad. No perdí tiempo en decirle que era algo con lo que yo me ganaba la vida, y conmigo muchos compatriotas, sobre todo catalanes y vascos, que a la hora de figurar en nómina, no vacilaban en consignar que la española era su lengua materna.  Hablo de los servicios lingüísticos de los organismos internacionales, en los que los naturales de la metrópolis no ejercían ningún monopolio, pues en nuestro caso, que era el de España, bien poco peso teníamos como para que nuestro idioma fuera, como fue, uno de los cinco oficiales de la ONU y organismos especializados.  Quiero decir con esto, que el español era lengua oficial, no porque fuera la lengua predominante en la Piel de Toro, sino porque era la lengua además de medio continente americano.  Si la lengua castellana alcanzó la extensión que tiene y gracias a Dios conserva, ello fue gracias a que España tuvo, por fas o por nefas, un Imperio , de cuyas cenizas surgió el Ave Fénix de la Hispanidad.  Pero el que un concepto derive del otro no quiere decir que sean sinónimos. Es más, precisamente Ramiro de Maeztu, el campeón de la Hispanidad, sostenía que Hispanidad no era el sinónimo de Imperio, sino su antónimo, en el sentido de que Imperio implica jerarquía, y la Hispanidad es la casa común de los que hablamos español o castellano.  El hecho de haber tenido jefes ultramarinos que guiaran mis primeros pasos es lo de menos; la suerte es que también lo fueran muchos de mis compañeros, de los que mucho aprendí, hasta el punto de tener a veces la impresión de haber vivido en algunas de aquellas lejanas repúblicas.  Digo todo esto porque no hace mucho leí en una conferencia pronunciada en Ginebra por un competente colega celtibérico que eso de Nebrija de que la lengua es compañera del Imperio es una monserga.  Si tal fuera el caso, mal veo cómo hoy hablaría “la lengua del Imperio” una parte considerable de los habitantes del planeta.
    Esa “lengua del Imperio” que me unía tanto a los hispanoamericanos como a los españoles, exiliados o no, a quienes tuve por compañeros, fue mi vínculo con Fernando Aguirre de Cárcer.  Fernando Aguirre, nieto de militar preceptor del joven rey Alfonso XIII, hijo, sobrino, hermano, primo de diplomáticos, diplomático él mismo, tuvo que rehacer su vida profesional y lo hizo con una brillantez y una intensidad inusitadas.  Su último destino fue Manila y en Manila estaba de embajador en 1980 un pariente suyo, no recuerdo si Nuño o Rodrigo, a quien nunca agradecí debidamente que me diera un pasaporte de urgencia en sustitución del que eché de menos cuando me disponía a dirigirme al aeropuerto. Tanto en Ginebra como en Roma su productividad rompió todos los baremos y llenó ceniceros a mansalva.  Era una máquina de fumar y traducir.  En los prólogos de este libro se dice mucho de él, de sus gustos literarios y de su entorno familiar, gracias al testimonio de su hermano José, fallecido cuando el libro estaba en prensa.  También es una pena que no esté entre nosotros otro compañero, de él y de mí, Manuel Barrios Trujillo, de cuyas manos recogí el original mecanografiado, rescatado por él a la muerte de Fernando. Hay algo sin embargo en lo que me gustaría insistir, y es en la compenetración que siempre tuvo Fernando Aguirre con la lengua francesa y en el amor por su literatura.  Ese amor – quien lo probó lo sabe – le llevó a poner en verso castellano una antología de versos espigados con buen gusto y conocimiento de causa.  A mí me gustaría contribuir a este amor por la poesía francesa  y al recuerdo del amigo y del colega dando lectura a algunas de sus versiones castellanas. 
Palabras leídas durante la presentación en la biblioteca del Instituto Francés .

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Sunday, September 23, 2012

Reforma y viceversa

Saturday, September 22, 2012

La modernidad y sus dogmas

 Misión, edición nº 25. Universidad Francisco de Vitoria. Pozuelo de Alarcón, Madrid

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Thursday, September 20, 2012

La gran poesía francesa

Wednesday, September 19, 2012

Las verdades del porquero













Oh, viejo cubo sucio y resignado:
desde tu corazón la pena envía
el llanto de lo humilde y olvidado.
(Rafael Morales)


Pequeño saquete de maldades

                                                               



De esa manera calificó Felipe González a Santiago Carrillo en aquellos años de la Transición tan idealizados, y que con sus polvos nos trajeron los lodos en que ahora estamos enfangados. Felipe González, por supuesto, menospreciaba al adversario y, en especial, mostraba su resentimiento consustancial hacia alguien que le podía haber causado un daño enorme.
Carrillo procedía del PSOE, donde había entrado bajo los auspicios de su padre, Wenceslao, un socialista histórico, y de Largo Caballero, el Lenin español. Sin embargo, el joven Santiago se percató desde muy pronto de que aquel PSOE no iría muy lejos en el camino de la revolución proletaria. En 1934, el retrato que aparecía, lustroso y revelador, en el despacho de Carrillo no era otro que el de Stalin, el hombre que modelaría su vida. Cuando, en octubre de ese año, el PSOE, apoyado en los nacionalistas catalanes, se alzó en armas contra el Gobierno de la República, Carrillo se hallaba entre los golpistas, pero no dio –según contaron sus compañeros de filas– muestras de valor físico. Incluso alguno se atrevió a acusarlo de haber sufrido descomposición intestinal. Fuera como fuese, Carrillo corrió a esconderse, pero acabó dando con sus huesos, brevemente, en la cárcel. Salió con la victoria del Frente Popular, y a esas alturas ya era un submarino del PCE que procedió a unificar las juventudes socialistas y comunistas bajo el control de Moscú.
De su paso por la guerra, su camarada Líster diría que "nunca asomó la gaita por un frente". Era cierto, pero no fue la suya la labor típica del emboscado. Por el contrario, convertido en el equivalente al ministro del Interior de la Junta de Madrid, llevó a cabo las matanzas de Paracuellos. El tema es discutido aún por algún apologista de la izquierda, pero hace años que Dimitrov y Stepanov zanjaron la cuestión atribuyendo directamente a Carrillo el mérito de las matanzas masivas en la retaguardia. Tampoco él lo ocultó durante años. Carlos Semprún refirió al autor de estas líneas cómo Carrillo reconocía en privado que los asesinatos en masa se habían debido a sus órdenes, aunque lo hacía sin jactancia, explicando que la guerra era así.
Cuando concluyó el conflicto, Carrillo formaba parte de los comunistas fanatizados aún creían en que Stalin descendería como deus ex machina para arrebatar el triunfo militar a Franco. Con el despiste de no comprender lo sucedido y el ansia de ajustar las cuentas a todos, escribió una carta memorable a su padre, uno de los alzados contra Negrín en el golpe de estado de Casado, carta en la que renegaba de su condición de hijo y afirmaba que, de estar en su mano, lo mataría. Su progenitor le envió una respuesta que haría llorar a las piedras, disculpando a Carrillo y atribuyendo el episodio a Stalin. Los comunistas se habían batido como nadie contra Franco, pero, a la sazón, no pasaban de ser un montón de juguetes rotos, niños de la guerra incluidos. Stalin colocó a Pasionaria al frente del PCE, más por su servilismo que por su inexistente talento; a un desengañado Díaz se lo quitó de en medio en un episodio que nunca se supo si era suicidio o asesinato, y comenzó a buscar a alguien totalmente desprovisto de escrúpulos para encabezar el PCE futuro.
A Carrillo le tocó la lotería del dictador georgiano simplemente porque reunía todas las cualidades: amoralidad, ausencia de afectos naturales, sumisión absoluta a Moscú, disposición a derramar sangre si así se le ordenaba... Décadas después, tras un programa de televisión en que participamos ambos, Jorge Semprún me diría que Carrillo era el único superviviente de aquella generación y que se iría con sus secretos a la tumba. No se equivocó. A cambio de ser el que tuviera las riendas del poder, Carrillo firmó un pacto absolutamente fáustico con Stalin en el que la sangre la pusieron otros.
Antes de acabar la guerra mundial, Carrillo desencadenó la estúpida operación de conquista del valle de Arán pensando que podría lograr en España lo que el PCI había conseguido en Italia o el PCF pretendía conseguir en Francia. Pero Carrillo no era Togliatti y las hazañas se limitaron a fusilar a unos pocos párrocos indefensos y a llamar a la sublevación armada a unas poblaciones hartas de guerra. El fracaso, a la staliniana, tenía que contar con responsables que cargaran con él como adecuados Cirineos. Así fue. Carrillo ordenó el asesinato de los presuntos culpables del desastre a manos de sus propios camaradas. Repetiría esa conducta una y otra vez, infamando a camaradas entregados como Quiñones o Comorera simplemente para que quedara claro que él no se equivocaba y que si los resultados no eran los esperados se debía a los traidores infiltrados. Y, sin embargo, ¿quién sabe? Carrillo y sus seguidores cercanos eran tan obtusos que, quizá, en lugar de chivos expiatorios de la ambición, las víctimas sólo fueron las paganas de la roma mentalidad de los comunistas. Así, nunca se sabrá si Grimau cayó en manos de la policía franquista porque Carrillo deseaba deshacerse de él o simplemente porque el PCE no daba más de sí.
La invasión de Checoslovaquia por los tanques soviéticos enfrentó a Carrillo por vez primera con unas bases que no veían bien cómo legitimar una acción así simplemente porque derivara de las órdenes de Moscú. Apoyándose en Claudín, antiguo compañero de la guerra, y Semprún, el intelectual del PCE por eso de que, al menos, sabía idiomas, Carrillo adelantó las líneas maestras de una cierta renovación ideológica –no mucha– dentro del PCE. Semejante paso no significaba ni que fuera más flexible ni que tuviera intención de ceder el poder. En una secuencia extraordinaria de ¡Viva la clase media!, un José Luis Garci actor ponía de manifiesto cómo todos los activistas del PCE en España eran, a fin de cuentas, cuatro y el de la vietnamita, y la famosa huelga general pacífica que derribaría a Franco no pasaba de ser un delirio basado en el desconocimiento de la España que se pensaba redimir. Eran como los testigos de Jehová a la espera del fin del mundo, sólo que ellos esperaban que el paraíso vendría por la acción de unas masas entregadas al fútbol y a la televisión.
En un intento de cambiar el rumbo porque era obvio que Franco se iba a morir en la cama, Claudín y Semprún realizaron un nuevo análisis marxista de lo que sucedía. Carrillo hizo que los expulsaran del PCE tras una tormentosa reunión celebrada –y grabada– en el este de Europa, y en la que tuvieron que escuchar cómo Pasionaria, que sabía leer y escribir lo justito, los calificaba, a ellos, cabezas pensantes del partido, de "cabezas de chorlito". En adelante, Carrillo –retratado magníficamente en la Autobiografía de Federico Sánchez de Semprún– se dedicó a esperar el "hecho biológico" de la muerte de Franco mientras disfrutaba de la sofisticada hospitalidad de dictadores como Ceausescu e intentaba que los prosoviéticos como Ignacio Gallego o Julio Anguita –al que con muy mala baba calificó de "compañero de viaje"– no le estropearan el festín.
De regreso a España, soñó –nunca mejor dicho– con llegar a un "pacto histórico" con Suárez que le permitiera convertir al PCE en la fuerza hegemónica de la izquierda. Pero la España de los setenta no era la Italia de los cuarenta. Estados Unidos decidió que la izquierda fetén no podía ser un PCE que propalaba un eurocomunismo cocinado en las zahúrdas del KGB y, a través de Alemania, se dedicó a financiar al PSOE de un joven abogado sevillano que respondía al nombre clandestino de Isidoro.
En su intento por lograr lo imposible y además por someter el PCE a su control stalinista, Carrillo sólo consiguió soliviantar a unos militantes del interior que, más allá del mito, encontraron totalmente insoportables a los comunistas regresados. En los años siguientes, aquellos comunistas se pasarían en masa al PSOE y al nacionalismo catalán –en ocasiones, a ambos–, buscando una iglesia más sólida y caritativa que la comunista.
Las derrotas electorales –la testarudez de los hechos que decía Lenin– obligaron a Carrillo a abandonar la Secretaría General de un PCE ya destruido –¡gracias de parte de todos los demócratas, Santiago!– mucho antes de que se desplomara el Muro de Berlín. Amagó con regresar al PSOE, insistió en que era comunista hasta la muerte y, por encima de todo, sufrió la conversión en espectro sin haber muerto. Ese fantasma, solo o en compañía de personajes emblemáticos de la izquierda como Leire Pajín, siguió apareciendo como quejumbroso contertulio de radios y engañador en memorias que, en la época de ZP, apoyó desde el pacto con los terroristas hasta la ley de memoria histórica, seguramente soñando con ganar de una vez las mil y una batallas que perdió a lo largo de su dilatada vida.
Al final, como señaló Solzhenitsyn en las páginas de conclusión de Pabellón de cáncer, desapareció de la Historia. Por desgracia, como también señaló el disidente ruso, lo hizo después de haber causado la desgracia de millares de personas.

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Monday, September 17, 2012

Banderas encontradas


Estandarte del regimiento del Duque de Berwick que entró en Barcelona el 11 de septiembre de 1714


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Sunday, September 16, 2012

Palabras últimas

"¡Una España sin Cataluña y Vascongadas será una España como usted, mi general, tuerta y manca!"
(Unamuno a Millán Astray el 12 de  octubre, según André Malraux en L'Espoir)
      

"Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse."
(A Bartolomé Aragón, poco antes de morir)
                                                                         

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Friday, September 14, 2012

Bon cop de falç

Los militares tenemos algo que la mayoría de los políticos de la casta desconocen: patriotismo y honor. Ese patriotismo y ese honor nos impelen a actuar siempre bajo la exigencia del sentido del deber. Y el deber de los militares es alertar de la situación agónica que vive nuestra patria. Si, según la Constitución, somos los garantes de su unidad y de su seguridad, ¿por qué se pretende que callemos cuando se está poniendo en serio peligro tanto la unidad de la patria como la seguridad de los españoles? Eso es tan inverosímil como si se pretendiera que un médico no opinara sobre la salud de su paciente moribundo.

(Coronel Francisco Alamán) 

(Alférez de complemento Jordi Pujol)

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Sunday, September 09, 2012

Incoherencia y confusión


Hay más casos: nacionalistas pidiendo dinero al Estado para sostener hábitos soberanistas, conservadores que conservan más que nada las políticas progresistas, derrochadores que se indignan porque nadie les presta dinero… La confusión política generalizada no es más que un pálido reflejo del lío que tenemos en nuestras cabezas. 
  (Véase el resto del artículo de Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz)

Y en un pueblecito andaluz, con motivo de las fiestas patronales, el Ayuntamiento de Izquierda Unida nombra Alcaldesa de Honor de la Villa a la Patrona del lugar.  Menos mal.






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Thursday, September 06, 2012

Aviraneta de sotana

(Conocí y traté a don Alberto Onaindía en Ginebra a mediados de los años 60. Hombre comunicativo, cordial, simpático, un Unamuno con sentido del humor escapado de las Memorias de un hombre de acción de don Pío Baroja)

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Tuesday, September 04, 2012

Primavera en celo


                                                     Primavera en celo
    El 21 de marzo de 1951, Miércoles Santo, cruzaba yo la Plaza Nueva y me abordó un italiano muy expresivo preguntándome que dónde había una barbería.  Si yo tenía veinte años, él podría llevarme cinco años por lo menos. La italiana es lengua que un español más o menos entiende aunque no la hable, como era mi caso, y opté por acompañarlo a una barbería que había en la calle Barcelona.  Al irme a despedir, el italiano me dijo que no me fuera, que entrara con él y le explicara al barbero lo que quería que le hiciera, que era ammorbidire su frondosa cabellera.  A mí me parecía que la traducción más cosmética y peluquera de  ammorbidire sería “suavizar”, y el caso es que el barbero no lo entendió, hizo lo que le pareció, yo no me pude largar y el italiano me dijo ser giornalista, laureato in Filosofia e Lettere, amico di Papini, al que le había escrito una tarjeta postal que me mostró.  Quería conocer y entrevistar a un pintor importante de Sevilla y nadie más indicado que Romero Ressendi, así que nos fuimos en busca de su primo Luis Romero, que además sabía italiano por haber asistido a los cursos para extranjeros de Perusa, y que vivía en Marqués de Paradas. No lo encontramos. Dejé a Cassieri en el Hotel Biarritz, donde paraba el grupo, y nos citamos para después de comer. Ya por la tarde, totalmente per caso, nos topamos en la calle con Luis Romero. Hice las presentaciones, se saludaron con grandes aspavientos, y Luis nos explicó que su primo se había fugado con una francesa y estaban en el Hotel Oromana, de Alcalá de Guadaira, donde no recibía visitas.  Teníamos que conformarnos con ir a su casa a visitar a su mujer, que vivía frente a la catedral, junto al Colegio de San Miguel, en una casa de fachada gótico-veneciana.  Esta nos recibió de pie, lo recuerdo por sus chapines de tacón alto, muy compuesta y vestida de negro. Tenía una hermosa mata de pelo negro y estaba gordísima.  No era difícil reconocerla en un retrato de medio cuerpo y medio perfil que el marido le hizo con los hombros desnudos y el seno descubierto hasta el límite de lo permisible.  Cassieri preguntaba y Luis traducía. Ella no ocultaba su aflicción y su despecho por el reciente abandono, pero aun así nos explicó que Baldomero era un ser maravilloso, pues no sólo era un gran pintor y dibujante, sino que bailaba flamenco, tocaba la guitarra  y montaba a caballo como nadie.
  
(Retrato de Antonio Bienvenida por Baldomero Romero Ressendi)    
Al salir, en las sillas colocadas frente al Sagrario,  estaba el grupo con el que venía Cassieri, en el que nos presentó a un señor mayor,  que era general.  No me quedé con el nombre, pero me late, como decimos en México, que era el general De Lorenzo, por algo que pasó años más tarde, viviendo yo en Italia.   
(General Giovanni De Lorenzo)
 Luis Romero se despidió. Vimos pasar dos o tres cofradías, pero Cassieri era culo de mal asiento y lo que quería era chiavare a toda costa, palabra cuyo significado sabía yo por Luis Romero.  Traté de explicarle que era Miércoles Santo y que en un día así lo menos indicado era ir de picos pardos, pero él no me oía e insistía con tal vehemencia que lo llevé a la Europa, a las Siete Puertas, que entonces se llamaba Saratoga, y que por suerte estaba cerrado. Lo dejé en el Biarritz y quedamos para el día siguiente, Jueves Santo.
    Como Luis Romero no estaba disponible, tuve que buscarme otro trujimán, y ninguno mejor que Angelito Medina, que hablaba italiano de corrido, y quedamos en vernos por la tarde. Pasé por el Biarritz  y mi flamante amigo escribía en uno de los balconcillos de la planta baja.  Lo dejé trabajando y me fui a ver pasos.  … Después de almuerzo me fui a Canalejas (residencia Universitaria del Opus Dei) en busca de Angelito y juntos nos dirigimos al Biarritz.  Cassieri estaba eufórico y, hechas  las presentaciones, le faltó tiempo para decirme, con su amplia sonrisa y su mirada desorbitada:
    - Ieri ho chiavato! Due volte! Una cordobana!  Bellissima!
    - ¿Qué, qué dice? – preguntaba Angelito, a quien obviamente ni los jesuitas ni los del Opus habían enseñado ciertas expresiones coloquiales.
    No recuerdo bien cómo salí del paso y procuré cambiar de tema, aunque Cassieri se las compuso para decirme que un camarero del hotel le había facilitado las cosas. 
   Nos fuimos los tres y echamos la tarde, hablando ellos de poesía y de literatura y de filosofía, y yo de oyente, y por lo menos aprendí, a fuerza de oírselo a Angelito, que “catolicismo” se decía en italiano cattolicésimo.  Los dejé a las ocho y media en la Torre el Oro y me fui a ver cofradías por mi cuenta.
    El Viernes Santo no hubo noticia de Cassieri.  Angelito vino a decirme que le había perdido el rastro. Por fin el Sábado de Gloria, después de la siesta, aparecieron los dos juntos en mi casa de Alfonso XII. Nos reunimos en Canalejas, donde el Sátrapa (don Vicente Rodríguez Casado) acababa de llegar de Roma, y nos fuimos los tres al compás de Santa Clara y Torre de Don Fadrique y luego a San Clemente y, como el Santísimo estaba expuesto, nos arrodillamos Angelito y yo. Cassieri, que venía detrás, se sentó en un banco y me hizo seña de que me sentara a su lado.  Al salir, le preguntó Angelito muy serio:
    - Giuseppe, tu sei cattolico?
    - Certo! – respondió con su gran sonrisa eufórica -   Cattolico, ma non praticante!
    Hablaron de Papini, que acababa de publicar su polémico libro sobre el Diablo, y llegamos paseando hasta la placita de Santa Marta, donde nos despedimos hasta el domingo a las doce.  Esta vez fui yo el que faltó a la cita, pues el domingo a las once nos fuimos la familia a Higuera de la Sierra, así que no me pude despedir de Cassieri. 
    El curso siguiente lo pasó Angelito en Roma, en la casa matriz del Opus en el Viale Bruno Bozzi, en Parioli.  Le pregunté por Cassieri en alguna carta y Angel me dio a entender que tenía en Roma ocupaciones más importantes.
   En enero del 59 fui yo a Italia por primera vez y, como es natural fui a Venecia, a una Venecia gris y húmeda sin turistas y con acqua alta, muy parecida a la Sevilla inundada por las crecidas del Guadalquivir, con pasadizos de tablas sobre ladrillos en las calles angostas.  En el escaparate de una librería o papelería y como a través de una tela metálica vi un librito, no recuerdo el título, ¿Il calcinaccio, La siesta?, cuyo autor era Giuseppe Cassieri.  Pasó el tiempo, y yo por mudanzas y avatares de todo tipo, y diez años después, en marzo del 69, llegaba a Roma para quedarme.   Algo supe de Cassieri por una breve polémica que sostuvo con Giambattista Vicari, el director de la revista Il Caffè, que vivía en Via della Croce y a quien referí la aventura sevillana.  Busqué su nombre en la guía y lo llamé y, aunque insistí en que yo era el sevillano que no hablaba italiano, dijo acordarse perfectamente de mí, entre otras cosas porque había vuelto a Sevilla, y en el escaparate de una librería había visto un libro mío con mi fotografía, de gafas y bombín.  Yo había visto recientemente una historieta suya en televisión sobre la Italia cotidiana de la trasguerra y una entrevista suya en Il Messaggero a una hija de Unamuno en Salamanca. Me dijo que Il Messaggero le había contratado un elzeviro a la semana y que con ese motivo había viajado a Salamanca para la entrevista. No sé cómo nos las arreglábamos que siempre nos llamábamos en un momento crítico de la vida conyugal, y él desde luego se ponía nerviosísimo. Estaba visto que no había manera de que nos viéramos en Roma, y quedamos en que, aprovechando unos días de vacaciones, le haríamos una visita en Minturno, cerca de Gaeta, donde él tenía una casita.  Esto debió de ser en junio del 71.  Veníamos nosotros del litoral adriático, de Rímini, de Urbino, y por fin nos encontramos.  Estaba igual que hacía veinte años y su mujer era una joven señora rubia, esbelta, simpática y, como pronto pude comprobar, algo celosa. Fuimos a cenar al aire libre, y yo pedí salmonetes, que no es pescado del Tirreno, sino del Adriático, entre otras cosas porque me acordaba de un poema de Montale traducido por Angelito Medina en el que hablaba de la triglia moribonda, y él me dijo:
    - Senti, se ci tieni, prenditi la triglia.
    Ella quería saber a toda costa la fecha del viaje de él a Sevilla y qué era lo que había pasado y, cuando yo empecé a evocar nuestro encuentro, él, muy nervioso, me interrumpía y trataba de cambiar il discorso. Por lo que deduje, ya entonces estaban casados o eran novios formales.  No sé si aludí al general De Lorenzo, que se presentaba con monóculo como candidato por el MSI a las elecciones después de haber fichado a toda la clase política como jefe del SIFAR o servicio de información y de haber tramado más tarde, como comandante general de los Carabinieri, un golpe de Estado con el Presidente Segni y la Embajada de Estados Unidos.  Por cierto, después de la labor de  schedamento de personajes por De Lorenzo, comentaba Andreotti que el único desconocido que ya quedaba en Italia era el soldado del Altare della Patria.  La señora no cejaba, sin embargo, y me imagino que al retirarnos nosotros a nuestro hotel, se reproduciría la escena de celos retrospectivos, posiblemente endémica en aquel matrimonio.  Mucho me temo que el vehemente Giuseppe hubiera regresado a Italia y a su dolce metà con algún que otro recuerdito de la bellíssima cordobana del burdel sevillano.
   Por aquel tiempo salió un libro suyo, Offerta speciale, y un par de años después, uno mío, La lanterna magica.  Lo invité a la presentación de mi novela en la Librería de Remo Croce, en el Corso Vittorio Emanuele, pero cuando le dije que el editor era Rusconi, que en aquella coyuntura de centrosinistra tenía fama de editore nero, dio muestras de nerviosismo y yo traté de tranquilizarlo. El caso es que no apareció la noche del acontecimiento.  A ella sí que la volví a encontrar, en la misma librería de Remo Croce, en la presentación de Aquilegia de Guido Ceronetti a cargo de una joven actriz: Stefania Sandrelli. 
(Stefania Sandrelli)
La  bella Signora Cassieri, sentada entre el público, me miraba de un modo enigmático y no sé si receloso. Al levantarnos para el convite, me acerqué a saludarla, creo que me reconoció y le di expresiones para il caro Giuseppe. 

(Fragmento de unas memorias inéditas)

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