Sunday, October 28, 2012

Monday, October 15, 2012

En su ciudad natal


Este jueves día 18, a las 19,30 h., tendrá lugar en la Cátedra de la Biblioteca Menéndez Pelayo (c/ Rubio, 6), la presentación del libro "Menéndez Pelayo, genio y figura", recopilación de tres ensayos de Aquilino DuqueCésar Alonso de los Ríos e Ignacio Gracia Noriega. Participarán como conferenciantes los tres autores.

 

Friday, October 12, 2012

12 de Octubre



                                            La Raza y la Hispanidad
No hace mucho, en el Instituto Francés de Madrid para no ir más lejos, tuve ocasión de proclamar una vez más mi deuda con la Hispanidad.  Y es que gracias a que la Hispanidad no es una entelequia, al concluir la Segunda Guerra Mundial y fundarse la Organización de las Naciones Unidas, fue la lengua española una de las cinco lenguas oficiales de la flamante Organización. Eso fue así no porque el español fuera precisamente el idioma de la España de Franco, nación entonces proscrita, sino por haber sido la “lengua del Imperio” y ser la lengua de la llamada “América latina”.  Esa América se venía llamando América hispana, Hispanoamérica o América española hasta que Adolphe Thiers, ministro del Interior de Luis Felipe de Orleáns, mandó a Méjico al Sr. Michel Chevalier, con el fin de recuperar para la “latinidad”, encabezada por Francia por supuesto, a los países americanos emancipados de España y Portugal.  Esa “latinidad” fue la cabeza de puente de la intervención de Napoleón III para imponer al emperador Maximiliano.
La idea era racial e iba dirigida contra la hegemonía anglosajona en el Nuevo Continente, pero la “raza sajona” aprovecharía el invento, por boca de Woodrow Wilson,  para esgrimirlo contra el legado hispanocatólico de sus vecinos meridionales.  Tanta fortuna hizo la nueva denominación en ese país que hubo ya en nuestros días un Vicepresidente que confesó que si hubiera sabido que tenía que viajar tanto a “Latin America”, habría estudiado latín en la escuela.  Un funcionario francés del servicio exterior, que  había estado destinado en Méjico, me comentaba el amor de los mejicanos por la cultura francesa pese a su inquina a Napoleón III, y eso me hacía pensar que a “Napoleón el pequeño” lo odiarían menos si recordaran que fue él quien remató la operación iniciada por  el hispanófobo Thiers, el mismo que aplastaría luego a la Commune, de elevarlos a ellos y a sus hermanos de habla española al rango de “latinos”.
Lo de la Hispanidad se le ocurrió en Buenos Aires al sacerdote vasco don  Zacarías de Vizcarra, y  lo del Día de la Raza también procede de Ultramar, de criollos y mestizos: Rodó, Riva Agüero, Darío, el “poeta de la Raza”. Otro, como el mejicano Vasconcelos, hablaría de la “raza cósmica”, que en el fondo era lo mismo. La Exposición Iberoamericana de 1929 influyó en el urbanismo de la ciudad y de entonces data en Sevilla la Avenida de la Raza. Como la clase política actual, sobre ser decadente, es ignorante,  pensó que eso de Raza resultaba “fascista” y tuvo la brillante idea de cambiarlo por “Avenida de las Razas”, algo así como “Avenida de las Identidades Tribales”.
Mi deuda con la Hispanidad consiste en que, gracias a ella, me he ganado la vida como traductor de los organismos internacionales, y en ellos he tenido compañeros bilingües, de castellano y catalán. Entre ellos había de todo, pero uno de ellos, que llegaría a ser jefe de la sección, al comentarle yo a comienzos del régimen actual la “normalización” del catalán en Cataluña, me contestó que eso no bastaba, que había que ir a la “catalanización” integral, porque el español era una especie de volapuk sin base real impuesto por la fuerza.  Otro, que también llegó a la cima de nuestra burocracia internacional, me dijo airadamente que el idioma español se lo habían impuesto a él.  A ambos les dije que qué idioma habían alegado como lengua materna al rellenar la solicitud de ingreso en la casa, y ambos me contestaron que lo que yo decía era muy grave. “Más grave es lo que tú haces”, les contesté al uno y al otro. 

Ahora que un ministro del Gobierno dice que hay que “españolizar” a los niños de Cataluña, protestan airadamente no ya los “catalanizadores”, sino los del partido responsable de la catástrofe pedagógica de la nación.  Y  es que el ministro se queda a medio camino, pues tendría que haber hablado de “españolizar” a los niños de todas las regiones de España, embrutecidos por no decir algo peor por cosas como la “Educación para la Ciudadanía”.  Mucho se ironiza sobre la “formación del espíritu nacional” cuando sale este tema en las tertulias del cuarto poder, no menos decadente que el tercero, el segundo y el primero.  De la Formación del Espíritu Nacional sólo se sabe que era una asignatura prescindible y superflua en tiempos del “régimen anterior”, una asignatura que nadie estudiaba, y bien que se nota. 

Wednesday, October 10, 2012

Clar i català


La Hispanidad en Sevilla

Los unos no querían ver la crisis económica y los otros no quieren ver la crisis nacional. A la España invertebrada le urge un trasplante de médula si quiere recuperar la verticalidad.

Thursday, October 04, 2012

Un centenario inoportuno


                                            Un centenario inoportuno
El 19 de junio de 1912 moría en Santander don Marcelino Menéndez Pelayo, a la edad de 56 años.  España convalecía más mal que bien  del Desastre del 98, digno remate de su calamitoso siglo XIX.  El retroceso, un siglo después, de nuestra patria a un estado de cosas decimonónico, no permitía augurar que se recordara como es debido a un hombre cuya obra fue un esfuerzo ingente por rescatar las opciones políticas y religiosas de los siglos XVI y XVII,  detrás de las que alentaba una manera de ser España que era preciso defender.  Mal podían los consabidos “demonios familiares” concertarse para evocar a su máximo exorcista. La exhumación del “espíritu de la Guerra Civil” o, mejor dicho de su espectro, por obra de lo que yo llamo “la memoria senil”, es lo que sin duda estuvo a punto de expulsar en fechas recientes la estatua de don Marcelino que aún se yergue al frente de la Biblioteca Nacional, y lo que hace que los que presiden la disolución de España muestren tan escaso interés por homenajear a quien tanto empeño y tanto talento puso en defenderla.
La figura de Menéndez Pelayo tiene tal envergadura que no es preciso siquiera comulgar con los dogmas de los que, según el poeta Cernuda, estaba “henchido”, para inclinarse ante él. Tengo noticia de que en la revista mejicana Letras libres apareció no hace mucho un artículo elogioso sobre don Marcelino firmado nada menos que por Juan Goytisolo, un heterodoxo a machamartillo.  Otro “heterodoxo” que también me sorprendió hablándome bien de él fue José Angel Valente en la Ginebra de comienzos de los 60.   Hay que ser muy ignorante o muy sectario para despachar como “dogmático” a don Marcelino.  Y es que don Marcelino era un hombre de Fe y a la vez un hombre de Ciencia.  El creyente acata los dogmas de la Verdad revelada. El científico sabe en cambio que en ciencia las verdades son todas provisionales y revisables. Un caso egregio es el de Alberto Einstein, que creía más en El que no juega a los dados que en la propia Relatividad.
Al día siguiente de recibir de manos del editor el libro MENÉNDEZ PELAYO, GENIO Y FIGURA[i], del que somos autores César Alonso de los Ríos, José Ignacio Gracia Noriega y el que suscribe, veo en el suplemento cultural dominical de un periódico nacional un artículo a doble página titulado Leyenda y desmemoria en el que en sustancia se dice que “el centenario de Menéndez Pelayo ha pasado desapercibido” y que “sin su legado no se entiende la Historia intelectual de España”.  Esto mismo me vino a decir César Alonso de los Ríos en septiembre u octubre del año anterior cuando me pidió que colaborase con él en el libro susodicho, a lo que accedí de inmediato ocupándome a mi vez de reclutar un tercer mosquetero en el escritor y publicista asturiano Gracia Noriega.  
El interés de las instancias oficiales sería nulo, y no  tendría nada de particular que en ello influyera la especie de que don Marcelino había sido víctima de “un descarado intento de apropiación ideológica por parte de los vencedores de la Guerra Civil”, como se afirma en el  susodicho artículo abecedario.  Venía así don Marcelino a compartir la triste suerte de la religión católica, la unidad nacional, la bandera rojigualda y la propia institución monárquica, de las que los vencedores de la Guerra Civil también, por lo visto, “se apropiaron descaradamente”. 
La “apropiación  ideológica”  de don Marcelino está muy bien estudiada en el documentado trabajo de César Alonso de los Ríos, a quien se debe la paternidad de la obra,  y ello a través de dos de sus grandes artífices, a saber, Pedro Sáinz Rodríguez y Pedro Laín Entralgo. Los otros dos también aportamos algo, cada cual desde su perspectiva, con lo que la obra tiene una saludable variedad, tanta que cabría incluirla en el género que don Marcelino llamaba de la “amena literatura”.  Muy en particular, el trabajo de Gracia Noriega incluido en este libro permitirá a las nuevas generaciones de españoles saber quién era en su condición humana y en su dimensión espiritual el gran compatriota en cuya evocación nos hemos dejado algunos las pestañas.   Gracia Noriega dice cosas como éstas: “La primera impresión que produce acercarse a la “obra gigante” de don Marcelino Menéndez Pelayo es de estupor”. “La lectura de Menéndez Pelayo es una continua sorpresa, cuando no un sobresalto.” 
España es hoy por hoy es una nación que no sabe a dónde va y si es que quiere saberlo lo primero que tiene que hacer es saber de dónde viene.  Tres españoles nos hemos juntado, uno para “rescatar” a Menéndez Pelayo, otro para deslumbrarnos con su “torrencialidad”, otro para romper “tres lanzas” por él, y así, cada cual a su manera, dejar constancia de uno de los motivos que podrían tener los españoles para estar orgullosos de serlo.
El libro por de pronto se va a presentar en Santander, en Gijón y posiblemente en Pamplona, así como en Sevilla, en el marco de unos actos menendezpelayistas auspiciados por la Real Academia Sevillana de Buenas Letras con la colaboración de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Universidad de Villanova, Filadelfia, EE.UU.  Aún no se sabe si se presentará en Madrid, donde el marco idóneo podría ser indistintamente la Biblioteca Nacional o la Real Academia de la Historia. En la nota editorial del presente libro se dice: “Entre los pueblos que se enorgullecen de haber tenido compatriotas de semejante envergadura, no está el español ciertamente solo ni es de esperar que se quede atrás a la hora de reconocerlo”.   Aún está a tiempo ese pueblo de hacer bueno  deseo tan piadoso.
                                                         



[i] MENÉNDEZ PELAYO. Genio y figura. César Alonso de los Ríos, Aquilino Duque, José Ignacio Gracia Noriega. Ediciones Encuentro S. A.  Madrid, 2012