Sunday, April 27, 2014

Ayer y siempre


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Saturday, April 26, 2014

El siglo XX en cuentas resumidas

Thursday, April 24, 2014

Humos filosofales



                                  La filosofía, el tabaco y el toreo
     La poca filosofía que yo he llegado a saber es de oídas.  No son muchos los filósofos que tienen la cortesía de la claridad que proponía Ortega y que, por llevarla a la práctica, le costó el menosprecio más o menos disimulado de todos aquellos metafísicos cuya importancia guarda relación directa con la oscuridad de sus escritos.  A mí la filosofía pura me causa como el Piyayo, un respeto imponente, y me convence sobre todo de lo limitada que es la inteligencia humana, empezando por la mía.  En general, los filósofos puros sobre los que pueda haber escrito son filósofos con los que he tenido ocasión de conversar o que al menos he escuchado de viva voz.  Alguno de ellos incluso se ha aventurado fuera de su recinto especulativo para meterse en un terreno que me es más familiar, que es el de la poesía. Uno de ellos fue don  Jesús Arellano Catalán, al que llegué incluso a prologar su obra poética, para mí insospechada, lo cual me permitió entrever algo del trasfondo de su pensamiento.   Mi primer contacto con  él fue en el examen de Estado o Reválida, cuando al comparecer ante él me dijo que le hablara del Existencialismo.  Yo me puse a hablar de los conceptos de esencia y existencia, y él me cortó sonriente para explicarme esa filosofía que entonces, primavera del 48, hacía furor en ultrapuertos.  Si me aprobó fue, no porque lo que yo supiera o ignorara, sino por darle a él la oportunidad de incitarme a aprender. Luego, ya en la Universidad, fue uno de los catedráticos que más interés se tomó por mis tentativas poéticas, aun no siendo yo nunca alumno suyo.  Precisamente en un homenaje póstumo tributado a Arellano en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla se hizo notar que su labor docente no se redujo exclusivamente a un intercambio socrático con sus alumnos, sino que estaba recogida en una voluminosa bibliografía, y al mencionar otros filósofos relacionados con él, salió el nombre de Leonardo Polo.  A los pocos días, el nombre de Leonardo Polo aparecía en la prensa junto al de Eugenio Trías, fallecidos ambos con un día de diferencia.  A Trías le oí una conferencia en un acto multitudinario de los comienzos de la democracia; ya daba sus primeros pasos el antitabaquismo, pero él advirtió que fumaría durante su intervención porque para él fumar era vivir.  Todos sabemos por Heidegger que vivimos para la muerte, pero algunos, como fue el caso de Eugenio Trías, se tomó demasiado al pie de la letra la lección del maestro de Friburgo en  Brisgovia.  A lo dicho en aquella ocasión por él y por otro joven filósofo, Diego Romero de Solís, debo un ensayito titulado La subversión de la belleza incluído en El suicidio de la Modernidad.  Diego Romero de Solís, a quien llamé entonces “filósofo en agraz”,  fue por cierto uno de los que con más nitidez supo ver a través del humo que velaba el pensamiento de María Zambrano,  otra gran fumadora.  Lo que de la Zambrano haya aprendido y lo que haya entendido de Zubiri se debe a la suerte de haber conversado con la una y de haber escuchado al otro en público. Por otra parte, los escritos de Trías me fueron muy útiles cuando me ocupaba del concepto de ciudad en Maragall y en d’Ors. A Leonardo Polo lo conocí en La Rábida cuando yo tenía diecinueve años y él cinco más que yo, aunque parecía mayor con sus grandes gafas y su pelo lacio.  Coincidimos pocos días y simpatizamos bastante. A mí me hacía gracia su manera de expresarse, su sentido del humor, como cuando un día dijo medio en serio medio en broma que tenía “un cabreo cósmico”.  Un fin de semana fuimos todos los profesores y alumnos de la Universidad de Verano de excursión a Zalamea la Real, invitados por el ganadero don José María Lancha a un tentadero en La Esparraguera.  En la placita de toros nos soltaron una becerra y a algunos nos faltó tiempo para saltar al ruedo.  Leonardo Polo se quedó entre barreras, pero me prestó una gorra de visera blanca que llevaba y yo, aprovechando que el animal pasaba cerca de mí, compuse la figura y le di un ayudado por alto. Aún estoy oyendo el “¡Ole!” de Leonardo Polo.   

(ABC de Sevilla, jueves 24 de abril de 2014)   

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Wednesday, April 09, 2014

La cofradía de los Estudiantes

                   La Angustia y la Buena Muerte o la hermandad de los Estudiantes
    Al hablar de la Cofradía de los Estudiantes de Sevilla, yo no tengo más remedio que volver sobre los tiempos en que en Sevilla fui estudiante, cuando la Hermandad se alojaba en la iglesia de la Anunciación, paredaña con la antigua casa profesa de la Compañía de Jesús, sede en mis tiempos de la Universidad Hispalense.  De todos mis maestros guardo un grato recuerdo, y uno de ellos en especial fue para mí un estímulo y un ejemplo y en cierto modo marcó el derrotero de mi vida.  Me refiero a don  Ignacio María de Lojendio.  En aquellos años, Lojendio, cuya palabra nos embelesaba en sus breves y fulgurantes clases universitarias, había protagonizado dos acontecimientos culturales de los que habló toda la ciudad; uno, su discurso de ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el domingo 26 de noviembre de 1950, y otro, pocos meses más tarde, el domingo 4 de marzo de 1951, IV de Cuaresma, Dominica de laetare, el Pregón de Semana Santa.  Uno fue consecuencia del otro, y ambos una jubilosa meditación sobre la muerte.  La edición y la distribución del Pregón corrió a cargo de dos hermandades señeras: la de los Estudiantes y la de la Amargura, y el germen de lo que había de ser el Pregón estaba ya en el discurso de Buenas Letras, donde Lojendio, apoyándose en Séneca y en el P. Nieremberg, dice textualmente: “La materialidad de la muerte no interesa; lo que importa es morir bien o mal -…”   El discurso académico de Lojendio era un extracto de un opúsculo titulado La muerte, en el que extraía unas novedosas consecuencias del pensamiento de un filósofo entonces muy en boga: Martin Heidegger. Con el apoyo de muy vastas y varias lecturas, a partir de un substrato cultural nada improvisado, venía el profesor Lojendio a concluir que ni la vida ni la muerte eran hechos absurdos, sino que ambas se daban mutuamente sentido y razón de ser.  Lo novedoso de Lojendio era la sustitución de la nada heideggeriana por la Resurrección paulina, argumento decisivo para que la muerte sea una buena muerte. 
    Del mismo modo que ese concepto senequista, pasado por las angosturas de Kierkegaard, de Scheler, de Unamuno, de Heidegger hasta desembocar en el más moderno de todos, en Pablo de Tarso, fue el germen del canto a la fe, a la esperanza y a la caridad en que consistió el Pregón de Semana Santa de aquel joven catedrático, la cofradía de sus alumnos y compañeros, paredaña, repito, del claustro universitario de la calle Laraña, una cofradía joven, tanto por sus hermanos como por la fecha de su fundación, tenía el suyo en el Crucificado de Juan de Mesa que desde el siglo XVII estaba ya en la iglesia de la Anunciación, en una imagen que respondía precisamente a la advocación de Cristo de la Buena Muerte. Esta obra de arte de la gran imaginería sevillana del Barroco fue la imagen y el símbolo más adecuados para una hermandad fundada en el Laboratorio de Arte de la Universidad.  Desfiló procesionalmente en 1926, a los dos años de la fundación de la Cofradía, y estuvo por así decir huérfano de madre hasta 1931 en que un imaginero de la época, Antonio Bidón, tío carnal por cierto del poeta Luis Cernuda, tallara una Dolorosa bajo la advocación de Nuestra Señora de la Angustia.  No sé si se hizo a propósito esta asociación de conceptos, el de la Angustia y el de la Buena Muerte, al denominar la nueva imagen, pero sí que es cierto que el pregonero universitario de 1951 los tuvo muy presentes y los desarrolló con gran sutileza cuando habló de las “angosturas” antes mencionadas en la gran filosofía de su tiempo: desde el Angst de Kierkegaard hasta la agonía de Unamuno. 

    Las “angosturas” en que los españoles se metieron en 1931 no tenían más remedio que repercutir en las hermandades de penitencia. La separación de la Iglesia y el Estado se entendió como enfrentamiento de la Iglesia y el Estado y, dado que, según una voz dominante entonces, “España había dejado de ser católica”, el Rector de la Universidad decretó la clausura de la capilla universitaria, donde las imágenes quedaron en situación de arresto, mientras la hermandad se refugiaba en la iglesia del Salvador donde las adoraba en fotografía.  Esta angustiosa situación duró hasta 1935 en que por fin pudieron procesionar, hasta que en 1936 estuvieron a punto de dejar de hacerlo por mucho tiempo.  Muchas imágenes sevillanas se vieron obligadas a “entrar en la clandestinidad”, por así decir, a esconderse y disfrazarse para no correr la suerte que había corrido la Hiniesta y pudo haber corrido la Macarena: de arder con sus templos.  La iglesia de la Anunciación, por su proximidad al foco del Alzamiento militar, se libró de correr esa suerte y pudo luego acoger a la Macarena mientras se edificaba su nuevo templo. 

    Todo eso era historia pasada cuando yo llegué al patio de Maese Rodrigo, donde ya los estudiantes convivían pacíficamente con su hermandad.  Esa convivencia seguiría al trasladarse la Universidad a la antigua Fábrica de Tabacos, y eso que en años venideros no faltarían turbulencias no ya en  la Universidad, sino en la Iglesia misma.  Cuando hay Fe y Esperanza y Caridad importan muy poco las inevitables “angosturas”  que hacen la vida angustiosa y agónica la muerte.

ABC de Sevilla, domingo 6 de abril de 2014

N.B. La Dolorosa de Antonio Bidón fue sustituída al cabo de cierto tiempo por la de Juan de Astorga,

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